Vino el remolino y nos alevantó

La Revolución en la tierra de Emiliano Zapata es imagen representativa, memoria grabada a fuego en el imaginario colectivo. Nunca mejor aplicado el término que en la sucesión de rostros en los que se reflejan con nitidez las tres sangres que corren por la venas de los mexicanos, que integran la formidable corriente del mestizaje que nos hace el pueblo que somos, que nos hizo nación, que fue torbellino en los llanos y montañas del norte, huracán en el sur tropical, fértil, árido, verde, seco y estéril de Guerrero, Puebla y Morelos.

Sobre todo el de Morelos, reflejo de la fusión de razas, de los indios que persistieron y los negros que se fundieron desde su arribo a los cañaverales que evolucionaron de tierra de encomenderos a hacienda de pretenciosa y avasalladora modernidad en el vuelco finisecular del Porfiriato que lucía sus galas al aproximarse el Centenario de nuestra Independencia.

De Fototecas trata el encuentro y quizás nada hubo que dejara más firme impronta del agitado tiempo del desencuentro de tradición y modernidad, de las haciendas que devoraban las tierras ejidales, comunales, “de los pueblos” impulsadas por la inercia positiva de la modernización agroindustrial y la vieja avaricia, gemela esta última del insaciable apetito financiero de los neoconservadores fascinados por el dogma del mercado que se alivia a si mismo y corrige toda desviación, toda irregularidad si necesidad de regulación alguna. Estalló la burbuja del ego gigantesco y estamos en recesión que acelera y frena en trance de una depresión tan grande como la de 1929-1931. Y del desencuentro de calpulelque de Anenecuilco con el positivismo de levita y el progreso.

Fuente: lajornadamorelos.com