Racismo mexicano

Ha existido desde tiempos inmemoriales. Ha sido causa de bárbaras agresiones, de exterminios y esclavitudes inenarrables. Pueblos enteros —judíos, gitanos, negros y un largo etcétera— han sido brutalmente zaheridos por ser y parecer diferentes.

En México tenemos antecedentes en la era prehispánica y en el virreinato. Los aztecas abusaron de las etnias que conquistaron, y los españoles cometieron todo tipo de atropellos con las civilizaciones indígenas. De hecho, la existencia de dos grandes grupos raciales, europeos e indios, fue fuente de preocupación para la intelligentsia de este país. Durante mucho tiempo se creyó imposible forjar una nación a partir de semejante heterogeneidad, y se prescribió el mestizaje como condición sine qua non para solucionar los problemas políticos y las turbulencias sociales del país.

Con todo, el mestizo también padeció discriminación racial. La Colonia legó al siglo XIX mexicano un laboratorio racial en el que se probó la resistencia de la pirámide: los peninsulares discriminaban a los criollos, los criollos a los mestizos y los mestizos a los indios. La situación quedó en una infame dicotomía: la marginación de la mayoría “de color” a manos de la minoría blanca. Por eso, porque confirmó la regla, la figura de Benito Juárez es tan emblemática como excepcional. Ni el único Presidente indio que hemos tenido pudo sustraerse a la injusta realidad étnica: la Ley de Desamortización hizo un enorme daño a las comunidades indígenas. Y cuando la Revolución Mexicana provocó el vuelco introspectivo del mexicano sobre sí mismo, cuando nuestra sociedad dejó de confundir el espejo con la ventana y empezó a aceptarse como era, las viejas castas sólo recibieron una efímera permeabilización. El México mestizo se adueñó de los murales y de los libros de texto, pero no del bienestar social.

Fuente: exonline.com.mx