Cartas imaginarias de los franciscanos sobre Chichén Itzá

Texto: Ana Luisa Izquierdo

Te escribo ávido lector para que corra por el mundo la fama de estos idólatras, sobre los edificios de Chichén Itzá, porque es una de las cosas más señaladas descubiertas en las Indias.

Como Diego de Landa, de la villa de Cifuentes, en la región de Alcarría que soy, debo imitar a mi hermano de orden Diego de Alcalá, que tantas almas trajo al regazo del Señor. Asimismo, debo hacer mía esta tierra de Yucatán conociéndola en toda su extensión y riqueza, porque en ella debía ser apóstol de Cristo.

Asentado en el convento de Izamal, salí a buscar la ciudad que tanta veneración y fama causaba a los indios. Después de caminar penosamente diez leguas hacia el sur, por lugar llano, encontré una ciudad fina, harto hermosa y bien edificada: llámase Chichén Itzá, que, según los indios me han dicho, quiere decir “Pozo del Itzá”. Estando ahí constaté ser verdad que habían erigido muchos y magníficos edificios que espantan de tal altura y riqueza. Éstos se levantan entre tierras muy fértiles y de muchas provincias.

Te llamo la atención sobre un edificio que es el mayor de todos, en opinión de los indios. Se llamó Kukulcán, en honor del gran señor que reinó. La construcción tiene cuatro caras, viendo cada una en dirección a las partes del mundo, y cuatro escaleras, tan inclinadas “que es muerte subirlas”. Las dichas escaleras están marcadas por dos muros estrechos, tallados con cuerpos emplumados que arrancan desde el pie del edificio “con una fiera boca de sierpe, de una pieza bien curiosamente labrada”. Perdiendo el aliento a cada tramo, subí las gradas hasta una placeta donde se asentaba un templete de cuatro capillas. A las cuatro caras y cuatro escaleras se le agregaban cuatro entradas al templete; entré por aquella cuyas puertas estaban marcadas por pilarejos, también con forma de sierpes. No he podido entenderlos bien, pero arriba de las puertas que rodean las capillas hay dibujos labrados, como escudos de armas.

Desfalleciendo, y para tomar aliento, me quedé admirando el contorno y pude ver la multitud de edificios que habían alzado los indios en esta ciudad. Luego bajé, y casi pierdo el equilibrio, aunque los escalones son como los nuestros, con la misma anchura y altura: dos pies de ancho.

Me detuve un poco alejado del gran cu para tomar descanso, e hice un borrón del edificio para que puedan comprender su figura.

Rodeando tan galana construcción se levantaban muchas construcciones fuertes de piedra seca, encima de un suelo aplanado con estuco y encalado. La cantería está muy bien labrada, sin tener en esta tierra ningún género de metal con que la pudiesen tallar.

Andando al norte y oyendo con paciencia a los indios que me acompañaban encontré dos pequeños teatros de piedra; plataformas bajas con escaleras en sus cuatro costados en que dicen representaban farsas y comedias para solaz del pueblo.

Luego seguimos por una ancha avenida donde se sentía el fresco por estar rodeada de vegetación, y ahí vi lo que más me admiró y debe ser conocido: un gran pozo, ancho, redondo y hondo. Según yo creo, fue tajado por los indios hasta el agua. En un cuarto pequeño que se levanta junto a él encontré muchos pequeños ídolos que me recordaron los del panteón romano.

Me han contado que es costumbre de los mayas, cuando había secas, echar hombres vivos y cosas preciosas, para que inmersos en las aguas verdes del cenote hablaran con los dioses y pidieran agua para fertilizar los campos.

Vi cómo habían trabajado la piedra con hermosura y pude identificar en su escultura tigres y gigantes, éstos trabajados por partes y cada uno encajado en el otro para formar una figura.

Guarda esto en tu memoria y cuenta que estos idólatras fueron muy curiosos en las artes de la construcción y de la escultura, como yo lo haré en algún tiempo.

Fray Diego de Landa
Izamal, mayo de 1554

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Te escribo estando en Mérida, yo Bernardo de Lizana, originario de la villa de Ocaña en el reino de Toledo, para que sepas de estos cuyos, cerros o mules, montecillos hechos a mano por los indios.

Te digo que los he visto y son antiquísimos, fundados hace mucho por los indios: muy suntuosos y con fachadas de mucho primor, bien labrados de figuras de guerreros armados y animales blancos. No los habitaban cuando llegaron los españoles, más bien vivían en casas de paja. Estos cuyos les servían de templos para sus falsos dioses y en ellos sacrificaban a muchos hombres, mujeres y niños. No sabemos mucho de ellos; aunque soy devoto admirador de Landa, quemó muchos de sus libros, donde hubiéramos podido conocer de las antigüedades de los indios.Aprendiendo la lengua para explicar los misterios de la fe, es que me he enterado de la existencia de la ciudad de Chichén Itzá a la cual no he podido ir por estar a seis jornadas de la ciudad de Mérida y porque estoy terminando de escribir un libro sobre la historia de la tierra y su descripción, llamado Devocionario de Nuestra Señora de Izamal y conquista espiritual de Yucatán.

Mérida, 23 de mayo de 1623

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Yo, Diego López de Cogolludo, te escribo, amable lector, cosas muy señaladas que he sabido preguntando y leyendo crónicas y papeles oficiales y privados, porque quiero tener extensas y numerosas noticias para hacer la historia de la dominación española en Yucatán. Una de ellas es la existencia de la ciudad de Chichén Itzá.

En 1527 unos señores del linaje de los Cheles le mostraron a Francisco de Montejo el Mozo el asiento de Chichén Itzá, y ahí se paró y decidió poblar porque le pareció el lugar a propósito por “la fortaleza de los grandes edificios que ahí había”. La nueva población recibió el nombre de Salamanca; sin embargo, el embate de los indios no les permitió sostenerla.

He recogido la admiración ponderosa de los escritores por aquellos edificios, que son grandísimas fábricas. Los cúes son cerros artificiales, grandes terraplenes en forma de cuadro de hasta quinientos pies y cuarenta de alto: masas inmensas de piedras sueltas que apenas se concibe cómo por fuerzas humanas han podido acumularse.

Sus sólidos templos y palacios están adornados con piedras labradas con figuras y jeroglíficos que manifiestan el gusto por lo bello. Para estas labores usaron imperfectos instrumentos de piedra y de metales suaves, ya que no conocieron el hierro.

Mis pensamientos me llevan a concluir y a hacerte saber que las soberbias ruinas de Chichén Itzá son una prueba de una cultura separada e intacta desde su origen, que hemos de atribuir a estas tierras del nuevo continente, hasta la invasión del europeo, por tener todo aspectos tan diversos al de los mundos conocidos.

Mérida, abril de 1679

Fuente: Pasajes de la Historia No. 6 Quetzalcóatl y su época / noviembre 2002