De la utilidad de las efemérides

Las guerras de independencia de la América Latina desataron los nudos que sujetaban, en lo político, las antiguas colonias a la metrópoli española. Entre sus animadores e ideólogos estuvieron aquellos que, con ancha visión de futuridad, se plantearon un proyecto emancipador de profunda base popular y quienes, miopes y aherrojados a intereses personales, optaron por preservar las estructuras heredadas. La oligarquía criolla sustituyó a los enviados de España.

El inmovilismo condujo a nuevas formas de dependencia. Productores de materias primas procedentes de la agricultura y de la minería, seguimos gravitando en torno a los imperios dominantes en siglo XIX y al que emergía entonces en los Estados Unidos. Los problemas sociales se hicieron más profundos. La exclusión de los indios, los mestizos y los negros se mantuvo.

Con la revolución mexicana, el régimen de Porfirio Díaz se derrumbó como castillo de naipes. Era una extensa sublevación de las masas rurales. Proyectó hacia el mundo una imagen de indudable raigambre popular. “Si Adelita se fuera con otro” decía el célebre corrido. Desde lo polos extremos del país, las huestes a caballo de Pancho Villa y Emiliano Zapata recorrieron el inmenso territorio del antiguo virreinato. Escoltados por unos pocos intelectuales, “los de abajo” reclamaban la reforma agraria. La insurrección campesina precipitó la destrucción de la vieja oligarquía terrateniente. En la “suave patria,” entre altibajos, el sangriento combate se prolongó durante muchos años. La pérdida de las prerrogativas de la iglesia católica precipitó la guerra de los cristeros. La revolución agraria adquirió carácter nacionalista y antiimperialista. El ciclo concluyó con la nacionalización del petróleo por iniciativa del general Lázaro Cárdenas. No resuelto, el gran problema agrario subsiste en nuestros días. Sin embargo, en ese proceso se forjó el México moderno. La vieja oligarquía fue desplazada por la burguesía.

Fuente: rebelion.org