Proviene culto guadalupano de los aztecas

En su libro “Tonantzin Guadalupe”, el historiador mexicano Miguel León-Portilla muestra, de hecho, la relación que Guadalupe tiene con el antiguo pensamiento náhuatl.

Objeto de una fe y veneración que traspasa generaciones y fronteras, este 12 de diciembre se festeja el día de la Virgen de Guadalupe, culto que según los historiadores se remonta a la época anterior a la llegada de los españoles, cuando los aztecas dominaban la ciudad de Tenochtitlán.

Símbolo inequívoco de la religiosidad mexicana, en la guadalupana se funden dos tradiciones que forman parte de la idiosincrasia de este país, pues su imagen evoca el sincretismo entre la deidad de los antiguos mexicanos, Tonantzin, y María, la virgen madre de El Redentor, de la religión católica.

Como parte de la cosmovisión precolombina, señalan algunos autores, Quetzalcóatl y Cihuacóatl representaban el origen de la vida y de todas las cosas; en su pasado eran inseparables y aparecen ligados como las dos caras del principio dual, hembra y macho, donde Tonantzin representa la parte femenina.

Cronistas como Fray Bernardino de Sahagún refieren que los nativos de esta tierra venían a rendirle culto en el cerro del Tepeyac a la diosa Cihuacóatl, llamada también Tonantzin, que significa “Nuestra madre”, de lo cual hay testimonios de los misioneros del siglo XVIII.

“En este lugar que se nombra Tepeyácac tenían un templo dedicado a la madre de los dioses, que la llamaban Tonantzin, que quiere decir Nuestra Madre. Allí hacían muchos sacrificios a honra de esta diosa.

Y venían a ellos de más de 20 leguas de todas las comarcas de México y traían muchas ofrendas”, señala el cronista.

“La historia general de las cosas de la Nueva España”, escrita por Sahagún, relata que “venían hombres y mujeres, mozos y mozas a estas fiestas. Era grande el concurso de gente en estos días y todos decían Vamos a la fiesta de Tonantzin.

Y ahora está allí edificada la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, también llamada Tonantzin”.

A la llegada de los españoles y con el proceso de adoctrinamiento, los evangelizadores construyeron templos católicos sobre los que consideraban paganos, y utilizaron las mismas costumbres con fines de devoción cristiana; así, los lugares de peregrinación se conservaron y sólo fueron sustituidas las imágenes.

Conservando elementos fundamentales, los nuevos iconos se adaptaron a la nueva visión del mundo, ejemplo de ello es el color verde-azul del manto de la Virgen de Guadalupe, idéntico al azul jade de Quetzalcóatl y color fundamental de la religión mexicana.

En su libro “Tonantzin Guadalupe”, el historiador mexicano Miguel León-Portilla muestra, de hecho, la relación que Guadalupe tiene con el antiguo pensamiento náhuatl: “con el simbolismo de la flor y el canto se pinta y matiza esta otra realización del encuentro de dos mundos”.

En su texto, donde realiza una interpretación del Nican Mopohua o relato náhuatl que significa “Aquí se refiere…”, y donde se da cuenta de las apariciones de la virgen, León-Portilla expone la estrecha relación de la Virgen de Guadalupe y Tonantzin.

“Ha llegado a la tierra florida, la de nuestro sustento, ha hecho suyos los cantos, las flores; sabe ya, sobre todo, que la noble señora celeste es su madrecita compasiva, es Tonantzin Guadalupe”, describe el historiador a partir del texto antiguo.

Con el paso de los años, “la lupita” como se le dice de cariño, se convirtió en objeto de devoción oficial y popular en la Nueva España, que se sustentó en la historia de las apariciones al indio Juan Diego, representando la dignificación e incorporación de esa raza, excluida por los recién llegados a la Nueva España.

De esta forma, criollos, mestizos e indios se unieron en la devoción común y la virgen ayudó a limar diferencias de castas unidas por el fervor religioso y nacional.

La Virgen de Guadalupe se convirtió en la representación colectiva del pueblo mexicano y también en símbolo de independencia sobre España y sus representaciones sagradas.

Guadalupe ha sido para México quizás el más fuerte polo de atracción y fuente de inspiración e identidad que se vislumbra en el significado que ha tenido, en catástrofes como hambrunas, pestes, inundaciones durante el virreinato, y el papel predominante que jugó a lo largo del movimiento independentista y el revolucionario.

Es por todos conocida, la imagen del cura Miguel Hidalgo, Padre de la patria, cargando un estandarte con la imagen plasmaba de la guadalupana, al igual que la de José María Morelos, mientras llamaba al pueblo a la rebelión, más tarde el caudillo Emiliano Zapata enarbolaría también una bandera con la efigie de la Virgen Morena.

Ha sido así como la Virgen de Guadalupe se ha mantenido presente en la vida de los mexicanos, ya sea en las esquinas de los barrios donde se construyen nichos para adorarla, en la imagen que cuelga de los retrovisores de los automovilistas, o en los hogares de las familias mexicanas.

Es común observar en la ciudad también muros donde la “morenita” ocupa un lugar sustancial, o ahora convertida en un elemento “chic” de la cultura mexicana, bordada en algún vestido o bolso de un diseñador famoso.

Bautizando la tienda de la esquina, la tortilleria o el taller mecánico, el nombre de Guadalupe es además uno de los más populares entre las familias mexicanas, quienes lo eligen para llamar así a alguno de sus vastagos.

Símbolo de lo sagrado y lo profano, de lo humilde y majestuoso, de lo esplendoroso y lo más pobre y llano, la Virgen de Guadalupe o Emperatriz de América, es un emblema de lo nacional por el que cada año se levantan clamores al cielo, se caminan kilómetros de distancia y se enarbolan banderas de México en todo el mundo.

Fuente: Notimex