Goteros de la medicina náhuatl

Gotas de leche, rocío, hule, miel de abeja y maguey, excremento de lagartija licuado, jugo de frutas, hierbas curativas para oídos, nariz, labios y muelas careadas fueron algunos de los usos de los goteros en manos del tícitl, el médico azteca, en la gran Tenochtitlan.

Aunque son escasas las piezas de goteros que perduran desde tiempos de la medicina náhuatl, por su variada forma se deduce que fueron muy distintos y de diferentes materiales, prevaleciendo, al parecer, el barro.

En casos de dolor de muelas se aplicaba copal hirviendo. Y cuando había nariz averiada cambiaban las prácticas, pues si la lesión era superficial bastaba un emplasto de hierbas más gotitas de miel de abeja que servían para acelerar la curación.

Sin duda en Tenochtitlan abundaban los goteros, pues la medicina fue profesión de mucha gente; de hecho el barrio de Atempan era conocido porque casi todos sus habitantes eran médicos que en sus ratos de ocio practicaban arte plumario.

En ese barrio había también especialistas en actividades relacionadas con la medicina, como los masajistas que sobaban la espalda tendiendo al quejoso boca abajo, para masajearle parado encima de él con los pies recalentados al fuego.

Otra especialidad era la del teapatiani, experto en reacomodo de mollera en niños. Otra más era la de los curanderos medio magos que quitaban los dolores dibujando donde se producía el dolor.

DERMATÓLOGOS Y OFTALMÓLOGOS

Los oftalmólogos aztecas prescribían para la nube del ojo y cataratas ciertas gotas nauseabundas, pero efectivas, a base de excremento humano y de paloma. Pero había afecciones en que sobraban los goteros, como eran las hemorroides, en cuyo tratamiento el tícitl se valía de un carrizo que llenaba con una composición muy socorrida de hollín, salitre y chile a discreción, todo amasado con savia de árbol de hule, para luego introducirlo. Después soplaba el carrizo.

Ciertamente el gotero caracterizaba al médico, que lo traía colgado al cuello, pues su nombre, tlapilolli, significa colgajo.

La lepra fue atendida con hierba izcuinpatli o mataperros, de la que se sabe una historia muy curiosa ocurrida en territorio maya, donde se denominaba “canjura” a esa enfermedad.

Se cuenta que hubo allá un rey leproso a quien su esposa repudió por temor al contagio y tomó como amante a un jovenzuelo, por lo que los médicos decidieron ultimarlo. Pero no al amante, sino al rey, dándole mataperros pero ni untada ni goteada, sino bebida en buena cantidad, tanta, que el rey sanó y pudo recuperar a su mujer.

HERNÁN CORTÉS DESCALABRADO

Según las crónicas, en la batalla de Otumba librada por tenochcas y por las fuerzas aliadas de españoles y tlaxcaltecas, entre la lluvia de flechas y piedras que oscureció la luz del sol, una pedrada descalabró a Hernán Cortés, que fue curado en Tlaxcala según esta relación:

Lavado inicial con orina humana, también útil para la caspa.

Luego aplicación de emplasto de polvo de rocas (esmeralda, perla y cristal), agregando hierba talahuatzin, gusanos de tierra despanzurrados, clara de huevo y sangre de una sangría reciente. Y al concluir, otras gotas con crédito de acelerar la curación, las de rocío.

También el zumo de maguey era usado para cicatrizaciones rápidas y escoriaciones, como las de la boca. Pero el Códice Florentino encomia tanto este líquido, que dice que lo usaban hasta de purga.

PROTECCIÓN MÁGICA DE TLÁLOC

Los tícitls aztecas y sus colegas mayas, los h-men, solían ejercer como servidores trashumantes que llegaban a pueblos y barrios anunciándose con la ayauhchicahua, sonaja muy adornada que servía asimismo para atraer la lluvia, que el curandero convocaba al acabar la consulta o curación como signo propiciador de alivio.

Por lo demás, los médicos indígenas se agregaban gran parafernalia. Para comenzar, traían una gran capa adornada con mariposas por pertenecer al dominio de Tláloc que facilitaba las correspondencias mágicas con el beneficio de la lluvia.

Luego se hacía aire con un enorme abanico de palma que ponían en manos de algún ayudante para que los refrescara. Y de los hombros les colgaba un calabazo y un morral. En el calabazo llevaban remedios para los primeros auxilios, como el cocimiento de tabaco, profiláctico de rigor en todo el continente americano. Y en el morral cargaban trebejos para curar, desde navajas hasta espinas diversas, sobre todo de maguey, para punzar y sangrar.

Estos interesantísimos goteros pertenecen a la colección de don Ernesto Richeimer y fueron autentificados por el doctor Alfredo López Austin, autor de obras como Medicina náhuatl y Cuerpo humano e ideología.

Fuente: México desconocido No. 297 / noviembre 2001