Desigualdad, voto y racismo – México

Nada más elocuente para explicar lo que está pasando que el mapa que preparó el IFE para indicar con colores a las entidades de la República cuyos electores votaron por el PAN y a los que votaron por la coalición Por el Bien de Todos. En realidad, los colores no sólo diferencian a los partidos políticos de la contienda electoral sino a la geografía del contraste entre la pobreza y la riqueza de nuestra población. Si a esta diferencia le agregamos los matices del color de la piel de sus mayorías, también encontraríamos a uno de los factores que la han producido; es decir, el racismo de los mexicanos. Esa ideología que heredamos de la Colonia y que ha conducido a la discriminación de aquellos con color de piel más morena, por los de color de piel más blanca. Me consta que a muchos les choca no sólo reconocer el racismo como uno de nuestros problemas sociales más graves, sino tratar el tema como si fuera algo que no existiera o que pertenece sólo a las realidades de otros países.

La realidad es que, la más clara demostración de ese racismo estilo mexicano está en las cifras que distinguen a la población indígena de la no indígena, en cualquiera de los indicadores que usa el INEGI para definir las diferencias en desarrollo socioeconómico de los mexicanos. Sin hacer una lista exhaustiva, me refiero a indicadores tales como: ingreso per cápita, niveles nutricionales, mortalidad infantil, esperanza de vida, analfabetismo, etcétera. La diferencia entre ambas poblaciones no es un hecho de la naturaleza. Es algo hecho históricamente por quienes habitamos este país y demuestra la discriminación que los mexicanos hemos perpetrado en contra de otros mexicanos distinguibles por el color de su piel. Cierto que ese racismo tiene mucho de clasismo. La diferencia entre uno y otro concepto es que, el racismo es una ideología y el clasismo es una conducta. Esa ideología ha servido para justificar la discriminación y para construir una impunidad respecto de la violación de los derechos humanos de aquellos que parecen más indígenas por el color de su piel. Las investigaciones, mías y de otros, sobre la migración de México a Estados Unidos demuestran que, detrás de la relativa indiferencia de los mexicanos respecto de los problemas y del trato que reciben los mexicanos en Estados Unidos, se encuentra ese racismo estilo mexicano. Para nuestra desgracia, también se encuentra en la visión de los que se distinguen partidariamente con el color azul, respecto de los que lo hacen con el color amarillo. No soy el único sociólogo que ha visto en el mapa a colores del voto de los mexicanos, una geografía de la desintegración de la sociedad civil mexicana.

El principal problema de una sociedad racista no es sólo la carencia de bases objetivas para tratar a un grupo social como inferior al propio, sino los extremos pasionales, que incluyen al odio, por aquellos que son vistos como inferiores. Debemos ser conscientes de lo que implican las expresiones de odio que fueron utilizadas en las campañas políticas, sobre todo de los partidos que terminaron como punteros en la contienda electoral. Esos elementos de odio están detrás de la mentalidad de quienes manifiestan como irreconciliables las posiciones partidarias propias respecto de las de los contrincantes. De aquellos que quieren ganar “a como dé lugar”. De aquellos que han pasado del desprecio, al odio por “los otros”. Es de ésos que debemos de cuidarnos, porque es de ellos de quienes puede surgir la violencia. No caigamos en la inocencia de creer que ésos están sólo en uno de los partidos. Si bien la violencia es un resultado no deseado por la gran mayoría de los mexicanos (de los más de 40 millones de nosotros que expresamos nuestra preferencia por la vía electoral para decidir sobre nuestros gobernantes), la posibilidad existe, tanto como es cierto que en nuestra sociedad existe la desintegración, la desigualdad y el racismo.

Sería un error pensar que la paz social que nos permitió lograr una jornada electoral sin violencia es un producto de la naturaleza. Mi hipótesis ha sido que esa paz social existió porque fue financiada con los 20 mil millones de dólares que los migrantes enviaron a la economía mexicana por vía de sus remesas. Quien quiera que nos diga el Trife que será el próximo presidente de México, verá bajo su sexenio variaciones, con tendencia a la baja, de las remesas que recibe la economía nacional de parte de los migrantes desde Estados Unidos. La audiencia pública que el Partido Republicano celebró la semana pasada en San Diego mostró claramente que el odio antiinmigrante emblematizado por la propuesta Sensenbrenner sigue retroalimentando a la ideología que se justifica en el antiterrorismo, las violaciones a los derechos humanos y laborales de los más de 15 millones de ciudadanos mexicanos que residen en Estados Unidos.

Autor: Jorge A. Bustamante, Reforma.