Juventud descarriada y desolada

Juventud descarriada. 

Conforme pasa el tiempo, cada vez es más evidente la fuerza que esta tomando el descontrol juvenil, moviendo los cimientos de un sistema social frágil y con errores en su estructura. Esos errores en la sociedad son los motores y catalizadores para “incitar” al joven a perderse en el mar del materialismo, destruyendo su vida… y a largo plazo, podría traer el inimaginable colapso del núcleo familiar.

El resultado sería la destrucción de la sociedad mexicana, de la cual ya emergen sus primeros efectos.

El uso inmoderado de las drogas, el licor y el sexo, junto con los sueños vacíos del materialismo, poder y la “moda”, encaminan al joven deslumbrado por las mediocres sensaciones a sentirse todo-poderoso y superior a sus superiores (padres, maestros, abuelos, adultos.) Dominante, y con el pensamiento de tener el “derecho” de vivir al máximo, con la “sapiencia” que piensan tener, se aventuran a hacer todo aquello que más aqueja a la sociedad mexicana (nótese que hago hincapié en la mexicana, y no en la global).

La culpabilidad del caos juvenil no recae esencialmente en los jóvenes, ya que el problema es la defectuosa sociedad moderna mexicana. Antes de la conquista, nuestras distintas naciones en Anáhuac tuvieron la juventud más ejemplar de todo el orbe. Nuestra verdadera sociedad veía como el máximo y mejor fin social: el alcance de una vida armoniosa con la naturaleza, con el semejante, y con la espiritualidad (no precisamente religión).

Pero desde la ocupación de 1521, el europeo pisoteo nuestro exitoso sistema social para imponernos su decadente método social, el occidental. Al ejecutarse la forma de vivir del europeo entre nosotros, vemos muchos errores y agujeros que en vez de evitar el mal comportar del joven, alimenta e incita la perdición, lo cual al mismo tiempo afecta al mismo sistema que lo provoca. Un detestable circulo vicioso que conforme pasa el tiempo, erosiona y desestabiliza la sociedad. Un ciclo que aumenta gradual y exponencialmente.

Los “valores” ilusorios son glorificados en la actual sociedad, alimentado por las costumbres estadounidenses. Estos valores erróneos provocan que los jóvenes no sientan respeto por la ecología, por sus semejantes, o espiritualidad alguna. Sumidos en la niebla, los jóvenes no perciben los males que puedan hacer, porque ellos se guían bajo los estatutos de la envilecida sociedad occidental. Las llamadas de atención del adulto no funcionarán, ya que la sociedad esta diseñada de tal forma.

Como joven que soy, he analizado el ambiente social desde una perspectiva distinta.

Para volver a tener una sociedad pujante como la de nuestros ancestros, tenemos que quitar el actual sistema colonizador, y regresar a nuestras raíces. La estructura de nuestros ancestros llevó a sus habitantes en términos sociales a la cima. El potencial del joven tan solo duerme, del cual necesita despertar los valores y tradiciones que nos legaron nuestros Viejos Abuelos; respeto a la ecología, al semejante y a la espiritualidad… encaminados por sus padres.

Juventud desolada. 

El descarrilamiento de la vida juvenil ha causado muchos pesares en el desenvolvimiento del joven ante el mundo. Al no tener un suelo seguro, sin ideales o identidad, los jóvenes son capturados por el espectro de un sistema social quimérico que engaña con imágenes holográficas de “progreso” y “bienestar” por medio del ingreso material (monetario).

El mismo sistema oxidado que produce jóvenes descarriados, también siembra la soledad mental, al estar enganchados a una cultura que no permite levantar la cabeza, porque las directrices mismas de esta cultura obligan al joven a permanecer en la corriente. Como si fuera un furioso río, la sociedad no permite al joven ir contra corriente, teniendo así una juventud con mentalidad de veleta.

El joven sin poseer una visión de futuro, y muchas veces sin esperanza, es esclavizado al sistema colonial, el cual lo “invita” a su ruina personal. Pero antes de su quiebra, existe ese momento en que el joven se encuentra naufrago en el turbio mar de la confusión. Extraviado, es blanco fácil del bombardeo materialista, y sucumbe desenfrenado a los valores falsos.

En la tenebrosa oscuridad, sin un rostro propio, el joven se afianza ciegamente a lo tangible. Muchas veces lo tangible puede ser bueno, pero en su mayoría lo físico esta gobernado por las leyes terrenales. El rango palpable incluye al dinero (esclavizado al trabajo), substancias (encadenado al licor o drogas), y la sensualidad falsa (embarazos no deseados)… y con una familia que alimentar… el ciclo del “becerro de oro” se repite de nuevo con el dinero.

Todo esto sucede porque el materialismo es elevado como el gran y único medio para tener “éxito” bajo este sistema social eurocentrico. Al joven no le importa superarse o aprender nuevas cosas (o incluso retar las establecidas), sino que en su desolación sabe que con tener dinero es suficiente. En vez de pedir salud, armonía social o sensibilidad, la juventud exige ingenuamente trabajo, trabajo y trabajo, tal como lo dicta nuestro sistema social decadente.

Sin volver retrógradamente, tenemos que regresar a nuestras raíces esenciales de Anáhuac que nos enseñan que lejos del inhumano materialismo, esta la auto superación para trabajar a fin de contribuir y mejorar nuestra comunidad. Seamos dueños de una meta positiva fija en nuestra mente desde los años más sustanciales del ser humano, para no vagar ciegamente en espiral.

El dañino cáncer ha carcomido nuestra sociedad desde sus cimientos por 500 años, pero aún tenemos la maravillosa oportunidad de cambiar de actitud. Es imposible que la juventud continúe con un sistema social europeo que declaró muerto a Dios (dicho por Nietzche), coronando al seductor dios engañoso, el materialismo, como el motor del engranaje social. Suena aterrador, pero es la realidad que nuestros jóvenes y jovencitas viven día a día, es la realidad que yo como joven aún sigo peleando en esta guerra por la recuperación de nuestra bondad.

La juventud es el futuro, con una juventud extraviada, entonces nos espera un futuro desolador.

Autor: Miguel Angel Omaña Rojas