Ciudadanos negros son víctimas de racismo en supermercado

En la noche del viernes 04 de agosto de 2006, yo y mi compañera nos dirigimos al hipermercado Extra Montese para comprar un computador y algunos productos diversos. Después de elegir el equipamiento deseado, presenté mi tarjeta de crédito del Bradesco (cuenta salario) a la cajera para que hiciese el débito en la cuenta, al contado. Marqué mi contraseña, la transacción fue autorizada, y el comprobante impreso.

Sin embargo, la operadora lo retuvo y me informó que el sistema estaba presentando un problema y no había autorizado la compra, de modo que precisaría llamar al fiscal para que efectuase la operación en otra caja. El fiscal tomó mi tarjeta y el comprobante, que fuera impreso, pidió que esperase y se alejó.

Después de algunos minutos, él retorna y me comunica que el débito había sido duplicado, que sería necesario hacer una rectificación y que, por lo tanto, yo necesitaría esperar un poco más. Después de unos 10 minutos retorna, nuevamente, con la tarjeta y el comprobante de autorización de la transacción y me comunica que el problema fue resuelto y, por lo tanto, podía dirigirme al vendedor para recibir el producto. Mientras tanto, mi compañera efectuó la compra de un aparato de DVD e hizo el pago con débito en su cuenta corriente del Banco de Brasil. Elegimos entonces otros varios productos diversos, que pretendíamos comprar y, mientras ella se dirigía al sector de cajas, fui a recibir la computadora y a emitir las facturas fiscales de los dos productos adquiridos.

Después de recibir las facturas fiscales me dirigí a la caja donde ella se encontraba para ayudarla con los otros productos. Sin embargo, al aproximarme, fuimos abordados por tres hombres que se identificaron como policías y nos comunicaron que estábamos siendo detenidos, en flagrante delito de estelionato, pues las dos tarjetas que utilizábamos eran falsificadas. Nos secuestraron los bolsos y teléfonos celulares, así como los equipamientos que ya habíamos comprado; nos colocaron en un vehículo de policía; hicieron una serie de acusaciones y nos sometieron a un interrogatorio, con el tratamiento propio que la policía acostumbra dar a los marginales que detiene.

Para agravar la situación, habíamos dejado en casa a nuestra hija más pequeña, con seis meses de edad, cuya única alimentación es la leche materna y que se encontraba con problemas de salud, bajo los cuidados de terceros. Constreñidos, humillados y sin comprender lo que pasaba fuimos conducidos al 34º distrito policial, con la certeza expresa de los agentes de que habíamos sido detenidos in fragranti; de que había pruebas claras y que, seguramente, seríamos enviados a algún presidio.

Al llegar a la delegación de policía nos quedamos esperando en un banco de cemento por un largo período, mientras los policías conversaban en particular con el delegado. Después de la espera, fuimos conducidos a la sala del delegado, donde encontramos todo el contenido de nuestros bolsos esparcidos por la mesa y sillas de la habitación y fuimos, nuevamente, sometidos a un largo interrogatorio.

Ningún registro fue encontrado en los bancos de datos de la policía sobre nosotros. En nuestros bolsos fueron encontrados varios documentos, extractos bancarios, documentos de trabajo, comprobantes de pagos, que comprobaban la legitimidad de las tarjetas de crédito bancarias que portábamos, así como el origen de los recursos financieros utilizados. Nada nos fue presentado que pudiese poner en duda la veracidad de las tarjetas de crédito bancarias por nosotros utilizadas.

Nada fue presentado que indicase que hubiésemos cometido algún delito. En la delegación, se encontraba de guardia un profesional serio y prudente, que ejerció su autoridad policial con rectitud y, ante los hechos, nos informó que no encontraba ningún indicio de que hubiésemos cometido algún delito, sino que éramos víctimas de apremio ilegal.

Esperamos, entonces, la presencia de funcionarios del Extra Supermercados para que presentasen los hechos, a partir de los cuales se basaron para la formulación de la acusación. Después de un largo período, llegaron tres funcionarios, entre los cuales se encontraba la cajera y el fiscal que nos atendieran.

El hecho presentado: había un número impreso en el comprobante de autorización de la transacción que presentaba dos dígitos diferentes de los exhibidos en mi tarjeta.

Ahora yo les pregunto: ¿Qué tengo yo que ver con eso?! ¿Éste es el procedimiento patrón asumido por esa empresa todas las veces que encuentra divergencia en datos de los clientes o es el tratamiento exclusivo para los clientes negros?

He buscado, objetivamente, alguna explicación que justifique el hecho de que, al verificar divergencias en los datos de algún cliente, la empresa llegue a la inequívoca conclusión de que se trata de delincuentes e, inmediatamente, accione a la policía. Del mismo modo, no comprendo como la Policía Civil atiende, rápidamente, a un llamado de esta naturaleza, y sus agentes se rinden, fácilmente, a tan lamentable espectáculo, basado en evidencias tan frágiles.

Ante esta falta de objetividad que lo explique, me resta recurrir a la fluidez de la subjetividad y decir lo que siento. Tengo la sensación de haber ultrapasado una invisible barrera que se impone a lo largo de los siglos y que determina que existen lugares diferenciados. En este sistema, cada uno es mantenido en su lugar a través de fuerzas silenciosas, que se exaltan y recurren a la violencia siempre que los límites son ultrapasados. Negros y negras saben bien de lo que hablo. Ese sistema tiene un nombre y es la única explicación que me parece tener sentido: ¡RACISMO!

Traducción: Daniel Barrantes – barrantes.daniel@gmail.com