El éxito de la educación intercultural bilingüe

Más que de educación intercultural, como si las culturas fueran homogéneas, deberíamos hablar de educación para la diversidad.

La diversidad cultural no suele ser por sí misma objeto de atención en las políticas educativas, excepto cuando grupos particulares disponen de capacidad económica y respaldo político, como ocurre con la educación privada para jóvenes de ascendencia cultural extranjera, abierta también a los nacionales.

Procesos de descentralización administrativa como los que han llevado a cabo durante las últimas décadas la mayoría de nuestros países suelen ser ocasión para un relativo incremento en la valoración de características regionales y locales, así como para decisiones internas de instituciones y comunidades educativas.

Sin embargo, la experiencia centralista homogeneizante de muchos años no se rompe sólo por decisiones políticas.

Aunque la lengua no es la cultura sino uno de sus aspectos, es posiblemente el más visible y, por tanto, más allá de ella lo que se hace en relación con la diversidad suele limitarse al plano en que maestro y alumnos comparten en forma espontánea pautas inconscientes.

El relativo auge de las tendencias regionales y locales en el marco de procesos de descentralización no significa por sí mismo énfasis intercultural, especialmente cuando la diversidad no es tematizable en forma tan clara como ocurre con la lengua.

Podría también pensarse que la diversidad no tiene que considerarse, necesariamente, entre culturas regionales sino entre paradigmas como urbano y rural.

En este caso, habría que pensar en caracterizaciones más precisas que los lugares comunes, simplificaciones también homogeneizantes, del tipo “urbano equivalente a moderno y letrado; rural equivalente a arcaico y oral”.

De otra parte, las consideraciones de lo intercultural no son neutras. Cuando las relaciones socioeconómicas entre campos culturales son desiguales, y cuando se trata de políticas sociales institucionalmente definidas, existe hegemonía en las relaciones.

Entre grupos sociales el más poderoso tiende a imponer valores, actitudes y, en muchos casos, decisiones.

Finalmente, esta dinámica se manifiesta en prestigio y valoraciones inequitativas de formas de vestir, comer y comportarse, de lenguas y dialectos.

Esto es válido para la población no hablante de lenguas vernáculas, lo mismo que para los indígenas y grupos de lenguas criollas, e incluye en este caso el componente del bilingüismo.

La educación para la diversidad comprende lo referente a formación de los maestros, a planes de estudio y a formas pedagógicas, entendidas como maneras de actuar en la escuela; todo lo que en ella se hace es pedagogía, inclusive lo menos explícito, el llamado “currícul* oculto”.

Ahora bien, cuando se habla de Educación Intercultural Bilingüe, es usual que hagamos referencia, en especial, a escuelas de o para indígenas, población hablante de lenguas criollas o, en ocasiones, población afroamericana, destinadas a la educación formal de los niños y jóvenes.

Se trata de escuelas con particularidades, sobre todo curriculares, pero que conservan, en su gran mayoría, la forma convencional del sistema educativo escolar.

Esto se debe no sólo a decisiones de Estados controlados por grupos de la cultura hegemónica, sino también a que la escuela ha representado en muchos casos la conquista por los olvidados de un emblema del poder de los dominadores.

Así, es común encontrar pueblos que durante años luchan por el acceso al servicio educativo, que desarrollan o asumen de otros el discurso de la Educación Intercultural Bilingüe, y que terminan obteniendo u organizando para sus jóvenes una escuela similar a aquella implantada para los campesinos mestizos, y con frecuencia de calidad inferior.

En términos amplios, desde el punto de vista de su origen, existen en nuestros países escuelas surgidas por iniciativa de organizaciones o comunidades étnicas, lo mismo que las provenientes de la gestión ajena, estatal o privada.

La escuela de Educación Intercultural Bilingüe surgida de sus mismos beneficiarios es, posiblemente en la mayoría de los casos, fruto del sentimiento de amenaza y, por lo tanto, se encuentra con mayor facilidad entre quienes se sienten más amenazados.

Por: Javier Serrano Ruiz
Fuente: elporvenir.com.mx