América Latina: futuro de su pasado

El profundo odio clasista y racial, y la subestimación ideológica que la revolución venezolana concita entre “los unos y los otros” (¿Chávez es militar, no?), no empezó hace 15 años, cuando los bolivarianos plantearon la urgente necesidad de impulsar la modernidad liberando sociedades y países, en lugar de capitales y mercados.

Ese tipo de odio viene de lejos, se incubó en cuatro momentos de nuestra historia común y aún es causa de sudor en los espinazos del bestiario político continental: la sublevación de Tupac Amaru en el Tahuantinsuyu (1780), el levantamiento de los comuneros en Colombia (1781), la revolución negra en Haití (1791-1804), el movimiento insurgente del cura Miguel Hidalgo en México (1810).

Avisadas de que las cosas del poder colonial se pudrían sin remedio (e inconfesablemente inquietas por los alcances sociales de la revolución haitiana), aparecieron en distintas ciudades de América jóvenes ilustrados que organizaron juntas emancipadoras que le juraron lealtad al rey Fernando VII, depuesto por la invasión de Napoleón a España.

Concedámosle, concedámosnos, el beneficio de la duda: si “nacionalismos” como el bolivariano nos están devolviendo a la frustrados momentos de nuestra historia… ¿el neoliberalismo nos proyectó al “futuro”, o en devolvernos a las excitantes aventuras de la piratería y el saqueo colonial?

Cuando se excluye el papel del nacionalismo popular insurgente; cuando se niega el papel del Estado juzgándolo por las clases que lo desnaturalizan, cuando se omite o da por muerto al imperialismo (y en particular al imperialismo yanqui), sólo resta llorar de emoción ante la tumba del hipernacionalista almirante Nelson en Trafalgar Square (¡qué bien que la hizo!), o encender los cirios que nos iluminarán en el otro mundo posible.

Autor: José Steinsleger
Fuente: jornada.unam.mx