Visiones de la Guerra

Guerra en Imágenes 
Agencia internacional de periodismo poético y letras documentales.
Visiones de la Guerra, Concierto para comando televisivo en sí sostenido
Cadáveres Exquisitos 

Hay un martillo sobre las sienes del reloj y un pájaro amoratado hace fuegos artificiales en la oscuridad cúbica de la alcoba mientras la tele garabatea trazos de muerte sobre cielos relampagueantes.

Pasan 33 aviones y la noche es una ciudad ensombrecida con misiles patrióticos como moscardones. ¿Duermo? Es tarde y tabletean los dientes un terror inédito. Sobre la pantalla de la televisión abunda cierta cordura de guerra. Esa tierra quema su sangre negra a borbotones.

Rechina en las mandíbulas del televisor la palabra ejército. Mastica a oscuras destellos de mi cuerpo mareado que se refleja en la tele, yerto, helado, atento, amorfo, derrotado. El control remoto perdió la memoria. Las imágenes se atropellan entre adjetivos de humo negro. Algunas palabras se retiran de la circulación. Hay misiles enamorados del estrépito. Se besan se abrazan, bailan en simultáneo sobre el cielo y sobre el techo una danza de alacranes y arañas. El presidente de los Estados Unidos se disfraza de cangrejo y salta la página. No sé si la guerra sale o entra de mis ojos… por mis ojos.

Todo esto tiene una nota artística. (Según las notas de prensa.)

Otro cementerio está lleno a rebosar; muchos ya no encontraban sitio. Alrededor de las ninguna del atardecer, cuando colgaban más cabezas nucleares, apareció una comisión de aspecto parietal formada por cuatro ofidios con libros y pelos bajo el brazo. Se inclinaban una y otra vez. Firmaban papeles. Un cuarto señor, vía satélite, se entendía sin muchas palabras. Pronto tuvimos arcángeles batidos en sangre lodosa y viceversa, al estilo antiguo, con un gesto no carente de simpatía.

Nadie lo notó pero para muchos el primer esplendor de la juventud quedó manchado irremediablemente con sangre y petróleo. ¿De quién son todas estas voces? Sobre la bóveda del cráneo, entre rayos paitriot, hay sinápsis nuevas. Exactamente. Hay orquestas musicalizando funerales. Piezas humorísticas. Lo que más les gusta es tamborilear de arriba abajo con misiles. Los fabricantes de la palabrería se confunden con diplomáticos, los diplomáticos con periodistas, los periodistas con funcionarios, los políticos con reporteros, los reporteros con soldados, los soldados con ellos mismos. No reconozco esos ruidos. ¿Es un vals?

Una embriaguez se apodera de todo. La noche amenaza con dislocarse. Mientras tanto, en silencio, agazapadas públicamente, bajo el sigilo de lo desnudo, las bolsas suben.

Miremos los anuncios en la tele que son el único remanso de paz y humor. Tienen sílabas decididas a enamorarnos. Nos dejan enhiestos sobre un carnaval encarnizado, bien pertrechados con nuestras bolsitas del supermercado a medio llenar. Somos patéticos. Hay hipodérmicas legendarias que nos gustan mucho. Los protagonistas parecen personas de carne y hueso. La publicidad siempre comienza con gritos de parto que acaban en danzas salvajes de sombras y larvas grises entre las meninges. Lo cotidiano linda con el espanto. En la cúspide de su vida, en plena riqueza y esplendor, los anuncios publicitarios se sientan a nuestro alrededor y nos profesan cariño. Eso es todo lo que necesitamos. Aplaudan por favor.

Nadie debe declararse contra la grandilocuencia de los misiles y las publicidades. Los tomahawk son gordos, tienen estrías sobre la carne y las pupilas, recuerdan las estrellas ordenadas como esquirlas muy rigurosas, rebosantes de color rojo y poesía mostaza. Acatan la planimetría de los tanques para cambiar las auroras por ocasos. Prefieren el esquema abstracto de los esqueletos calcinados que no ignoran las complicaciones ocasionadas y no se dejan llevar por ellas.

Un sentimiento salado se esparce como tanteo sobre lápidas. Los bombarderos tienen amoríos enfáticos con el círculo, el cuadrado y las líneas bien delimitadas. Están a favor de utilizar colores nítidos, violáceos… roji-negros, y, en general, de introducir la precisión a toda costa. Defienden la división geométrica del espacio emocional.

Lloran los ojos y no es tristeza. Lo que más gusta a cada militar es su televisor, preciso, hasta en el contorno más insignificante. Piensan con romanticismo sentimental que el presidente es un televisor. Televisor delimitado frente a lo indeterminado y nebuloso. Un militar que trabaja frente a su presidente televisor no se equivoca. Como dios.

Detrás se ve, entre la imagen de mi cuerpo transparente tatuado en la pantalla, un fusilamiento que lanza retazos de vida a otro televisor que mastica apurado. Los pies se enfrían. El reloj perdió momentáneamente la memoria.

Entretener al público con episodios de guerra empuja de forma estimulante a lo ininterrumpidamente ingenuo. Así somos los televidentes. No puede decirse que la guerra en los últimos veinte años haya sido precisamente aburrida, ni que los soldados modernos no sean muy entretenidos y populares. Una cosa es segura: la guerra sólo es alegre cuando no rechaza la abundancia. La recitación en voz alta se ha convertido en piedra de toque para cada disparo coleccionista de países y personas vivas. Todo militar entretiene, amenaza y tranquiliza a la vez. Uno empieza a reír de sí mismo por temor.

Un señor, a quien disparan desde temprano presentó dos esquirlas humorísticas en el cráneo lleno con canciones populares. Una señora desconocida sacó de sus heridas 7 poemas militares. Despegó del portaviones un aplauso atronador. Los avisos tuvieron raiting. Sobre las calles cada persona se transforma en escombro. Un señor distinguido hizo honor a la libertad del lugar. La bandera de la cruz roja nos hizo bajar la mirada. Han quedado en el oído algunas frases de metralleta.

Sobre un teatro de operaciones bélicas se reblandece el aire de vez en cuando. Esto anima a los espectadores. Se le considera arrogante y tiene aspecto de serlo. A un buen militar le tiemblan las aletas de la nariz y las cejas se le arquean. La boca escupe una contracción irónica, está cansada y sin embargo serena. Canta su himno acompañado de quejidos, bramidos, crujidos de huesos, tableteos de metralleta. No perdimos detalle.

Todo es terror… todo es terrorismo. Un par de aviones inauguró otra ruta hacia las avaricias. Se hicieron trizas los hierros, los colores y los cristales; el cemento escurrió como gotas blandas desplomadas pesadamente. Los sonidos jamás oídos se precipitaron. Desde entonces gritan las gargantas hinchadas con absolutos. Desde entonces persiguen como lebreles los colores de todas las tierras jamás vistas.

Los soldados recogieron la totalidad de este tiempo innombrable con sus comodidades malignas y locas, se hizo un ruido sordo de estrépito, una melodía esclarecida. Por eso sonríe un portaviones Medusa tierra aire. Muchos puntos de audiencia.

Cuando disparan introducen simetrías y ritmos. Una pincelada de NAPALM colorea los campos con tintes históricos nuevos que son la alegría de nuestras clases medias. Celebramos en simultáneo una bufonada y una misa de difuntos.

La boquita de un cañón tira besos de muerte y algunas otras cosas graciosas. Mientras el éxtasis no se adueñe de todo Irak el sainete no habrá logrado su objetivo. El ejército necesita descanso. El salir a escena diariamente agota, desmoraliza. En medio del trajín asalta un temblor en todo el cuerpo. Cuando no puedan ver las noticias dejen todo y huyan.

Por primera vez los encabezados de prensa muestran a un soldado que enfermó de profundidades inexplicables e inabarcables. Su hipersensibilidad clarividente fue su punto de fuga. No pudo sustraerse a las impresiones ni refrenarlas. Sucumbió a los poderes subterráneos. Es que los estilos de invasiones en los últimos veinte años se dieron cita ayer. Tres o más voces simultáneas bombardean, hablan, cantan, silban y cosas similares, de tal modo que sus misiles forman el contenido elegíaco, divertido o extraño de la guerra. En tales bombardeos simultáneos se expresa de forma drástica la tenacidad de una voz, una gran voz, una única voz.

Es el valor de la voz. La voz humana representa el alma, la individualidad, en su vagar entre escombros demoníacos. Los ruidos representan el telón de fondo, lo inarticulado, fatal, determinante. Enmarañamiento mecánico que tanto asusta a los delfines. De forma abreviada, el televisor presidente muestra el conflicto con las armas de destrucción masiva, que nadie encuentra, y que hacen ruido de páginas periodísticas y noticieros. Cadena de ruidos exquisitos.

Un niño iraki estaba especialmente preparado. Fue ejecutado en túnicas negras y con temblores exóticos, grandes y pequeños, ante un tribunal de metralletas. Proporcionó las melodías para el fusilamiento nuestro estimado canal de televisión. Hubo también bailarinas. Un enviado especial ya entrado en años, que hace las delicias de muchos miles de personas con sus reportajes objetivos y encantadores, aparece siempre con un abrigo negro de esclavina amplia, y al pasar entre los muertos, roza con ella los charcos de sangre. ¿Alguien lo vio?

Con donaire los soldados ignoran que hay un cielo desaparecido. ¿Cómo es posible? ¿Que no son idénticos la muerte y el demonio? Y quienes han muerto, ¿ha vivido realmente? El presidente discute a gusto, aunque, o porque, en el fondo no escucha en absoluto las explosiones. Sabe demasiado, por instinto, como para hacer caso de palabras e ideas. Eso incluye a la verdad. Discute las teorías militares de las décadas últimas, y lo hace en un sentido que atañe a la esencia dudosa del propio Dios, a su completa anarquía, a sus relaciones con el público, la raza y la cultura de la sangre. Se puede decir que la guerra no es un fin en sí mismo –para ello sería necesaria otra tanda publicitaria-, sino un estilo épico nuevo. Esto último no parece en absoluto una cosa tan fácil como en general se tiende a creer. ¿Qué significa un épica nueva tan heroica y armónica, si nadie la ve por televisión porque no puede encontrar comentaristas con la sensibilidad de la época? La guerra es sólo una ocasión, un método. Con Visa, Master Card o American Express.

¿De dónde iban a venir la calma y la sencillez, si no de la épica nueva? También el estilo cortés y peripatético de la guerra es sólo apariencia. Ella se almacena diariamente en millones de barriles. La mascarilla mortuoria lo revela, del optimista no puede apreciarse mucho en estos casos. Una investigación honrada no podría disimularlo. El odio, la terquedad, la pedantería, la alegría instintiva, el mal ajeno y el deseo de venganza, todo esto como capacidad racial, fisiológica, superiores como los soldados… muestra nuestra televisión. Pero si uno no llega a ver el carácter amoroso y auténtico de esta guerra, el carácter específico, pese a todo el tanteo y la búsqueda, ¿cómo va a poder amarla y cuidarla?

Un palimpsesto de desfiguraciones. Es posible que nuestras inversiones permanezcan intactas aunque todo se complique aún infinitamente. En su fantasía, que procede del escepticismo consumado, la guerra de nuestro tiempo tiene que ver sobre todo no con Dios, sino con el televisor presidente.

A eso de las doce de la noche viene otro noticiero. La guerra interrumpirá a la publicidad. Cada misil cuando estalla susurra: “esta época es nuestra”. Cámaras y micrófonos logran capturar esos instantes. ¿Qué otra cosa puede ser más respetable e imponente?

¿Echan de menos a los posos petroleros? Sin publicidad la televisión no puede producirse ni hacerse perceptible. La publicidad es petróleo aéreo. Hace funcionar la vida de dos formas: como un triunfo moral y como sacerdocio. Un periodista debe aspirar a eso por su época y su entorno con una actitud igualmente conciliadora hacia la forma y hacia los hidrocarburos. Los periodistas están ante la puerta de un mundo “on line”. En efecto, su existencia ya fue demostrada por el paisaje y por la palabra dinero. Pero también muchos envejecieron por animar la guerra sin orgasmos. En las encrucijadas de los cielos las luces de la guerra, vigilantes y atentas, espían los sueños de los periodistas que lamen su gloria en el hocico de la barbarie.

Toda acción de guerra es parto de funerarias que decentemente, como crisantemos lavados, son base única del entendimiento. No importa si refunfuñamos. La guerra a nadie ignora y a aquellos que sepan interesarse por ella recibirán, con sus caricias, una buena ocasión de poblar el país con periodistas.

Se mezclan los colores en cada destello de misiles que pintan el cielo con pólvora. El soldado aprecia al jefe. Es feliz si se le insulta: eso es como una prueba de su coherencia. El soldado elogiado por los periódicos, comprueba la utilidad de su obra y cubre los andrajos de la brutalidad con microbios tipográficos. Decretamos dureza contra toda inclinación a las lágrimas. Cualquier debilidad no será más que diarrea almibarada. Alentar una guerra semejante significa obras fuertes, rectas, precisas y, más que nunca, definitivas y renovadas. La lógica de esta guerra es guiar a las naciones rumbo a los bancos internacionales. Es su incesto, que fornica consigo y nos devolverá soltura, entusiasmo y la alegría de los plazos fijos con esa inocencia que nos hace bellos. Casi sutiles como los dedos que resbalan sobre un revólver liquido.

Sobre el firmamento de las estrellas polares un solo chorro de gas mostaza puede ser la verdad nueva. La deificación de esta gesta causa el carácter nuevo de la televisión como apéndice de una moralidad de soldado que debuta en la vida con un don espontáneo de publicista, alentado por un ambiente simpático que podría llegar a ser algo verdaderamente grande y maravilloso. Cerca del final de esta guerra, es decir, llegada la hora de la escena académica, en unas sillas de ruedas, se dictarán conferencias de oráculos profundos y consejos de redacción. Volvimos a ver hoy la matanza y es realmente divertida. Los domingos hay resúmenes con lo mejor de la semana.

En este momento hay una inmensa cantidad de militares. Llueven frases ingeniosas. Sus cabezas giran e irradian fulgores etéreos. Hay un partido de los intelectuales, una política del intelecto, algunas sutilezas hacen difícil la transmisión vía satélite. Hay cinturones intelectuales, botones de camisa intelectuales, los periódicos rebosan de intelecto. Si esto sigue así, la estrella de esta guerra, la estrella de muchas noches de guerra entre misiles, arbusto en flor, revivirá canciones de cuerpos tendidos sobre las calles de Bagdad ya debilitada por el dolor.

Si nos descuidamos, una seriedad melancólica dará al bombardeo aires de desdén y solemnidad distinguida. Así son los cadáveres. Se necesita más ironía para arreglárselas con la época. Hay gestos de gladiadores en algunos muertos banquete raído y reseco. Como ningún tipo de guerra, política o confesión parecen poder contener este desbordamiento, lo único que falta son chistes y sangre nueva. Un sorbito.

Las personas resultan baratas. Hay rebajas por liquidación de las filosofías. Hay una secta cuyos adeptos están, todavía, embriagados con sangre vietnamita y se hacen envolver en banderas con estrellas. Para ser exactos: dos tercios de las balas producen sonidos a los que ninguna sensibilidad puede resistirse, son los conjuros más viejos del plomo. El uso de palabras voladoras en la tele nos llena de magia, poder hipnótico, irresistible y fluido. Son estas las veladas de una sola palabra o frase que, indolente o apática, opone poca resistencia a la muerte.

Mientras miro mi reflejo en destellos sobre la pantalla del televisor, adueñado de lo que queda de mi cuerpo, el desolladero crece y se aferra al prestigio de la grandiosidad militar. Se hace posible lo imposible, reina un ambiente que no puede ser perturbado ni por el parpadeo de los ataúdes.

Por momentos los soldados parecen avestruces en un camposanto. Esta es la diferencia. Sólo una cosa es importante: Participar en una campaña militar. Otra ojiva quirúrgica se abre paso entre la fuerza ciega. Una pregunta aparece donde se presenta lo irremediable. Entonces los soldados meten la cabeza en el agujero de los muertos.

Mis piernas están en la caja azul y brillante que me ciñe la cadera, los anuncios publicitarios hacen sobre mi pecho una llaga púrpura, fuera de foco, y, sujeta al cuello, una congoja bien apretada. A la penumbra se une un sombrero en forma de chistera alta con rayas azules y blancas. Hubo un estruendo auténtico, la transmisión vía satélite se interrumpió por instantes eternos. Tuvimos curiosidad y terror. Como no pude huir me hundí en la oscuridad.

Algunos anuncios se hicieron más pesados, aumentaron su énfasis a medida que se agudizaron los bombardeos. Me doy cuenta de que quiero salir de aquí (y lo quiero a toda costa), me sobrepongo aturdido. Me doy cuenta de que mi voz, a la que no le quedaba otra salida, adoptó la cadencia del noticiero sacerdotal. No sé qué me inspira esta situación eclesiástica ante el púlpito televisivo. Arrebato a la pantalla mi rostro pálido y desencajado que se incendia entre misas de difuntos y coroneles anhelantes, como boca del fusil. Trato de pegar mi rostro rescatado sin que se noten los pliegues… fracaso tres veces y me resigo a un rostro que ya no me expresa porque no puede. Entonces se enciende, como estaba programada, la radio despertador que también trae noticias y anuncios. Me abraza otra nausea. ¿Estoy despierto? A las 5 de la mañana bajo de la cama como un obispo ebrio de petróleo y cubierto de sudor televisivo.

“…no pueden pretender que nos traguemos con gusto el desagradable pastel de carne humana que nos sirven. No pueden exigir que nuestra nariz temblorosa aspire con entusiasmo el hedor a cadáver. No pueden esperar que confundamos con heroísmo el embotamiento y la insensibilidad que cada día se revelan más funestos. Tendrán que admitir que hemos reaccionado de forma muy comedida, incluso conmovedora. Los panfletos más penetrantes no han alcanzado a arrojar suficiente desprecio y sarcasmo sobre la hipocresía generalizada”. Hugo Ball

Fernando Buen Abad D.