Factores que cambian las bases de la soberanía mundial

Hoy el escenario mundial ha cambiado y son un pequeño grupo de tecnologías estratégicas las que aseguran la independencia real de las naciones. Las bases de la soberanía de un Estado ya no son el nivel de vida, el producto interno bruto o la capacidad exportadora. Ni siquiera su capacidad nuclear, pero la experiencia científica requerida para trabajar en estos campos y el volumen de las inversiones necesarias impedirán a muchos países permanecer en la carrera tecnológica.

Por ello el lanzamiento de programas para las naciones que quieran permanecer en la cresta del desarrollo resulta indispensable.

Y dado que el nivel de vida, el producto interno bruto o la capacidad exportadora ya no garantizan la independencia y la soberanía de un Estado, entonces para poder existir en un mercado ultracompetitivo, que se ha convertido en mundial o global, un Estado debe poseer y desarrollar una excelencia tecnológica permanente en algunos campos cruciales asegurando sus suministros.

Esta capacidad de controlar los aspectos clave y las nuevas tecnologías va mucho más allá de la defensa y de la seguridad, incluye también las tecnologías de la información, de la transmisión del saber, la robótica, las energías del futuro, las nanotecnologías, la genética, el medio ambiente y muchas otras actividades.

Es más, el desarrollo de estos sectores de vanguardia alimenta una potente corriente de creación de empleos de muy alto valor agregado y genera al mismo tiempo un aumento de la productividad y de la competitividad.

En un mundo en evolución cada vez más rápida, es preciso superar el nivel de desarrollo de la investigación científica, de la política industrial o del liberalismo absoluto, y tomar conciencia de que los desafíos son culturales y sociales.

El conocimiento que proporciona poder estratégico, el país que sea el líder de la revolución de la información, será el más poderoso de todos.

Desde hace más de quince años por ejemplo, los americanos tienen una estrategia clara y perfectamente identificada, invierten sin descanso en las tecnologías de la información, así como en el desarrollo del conocimiento y del saber, elementos que están en el núcleo de la potencia y de la independencia modernas.

Animados por su Estado, los industriales americanos no dudan en establecer alianzas y en comprar empresas, en el mundo entero, cuando quieren adquirir una tecnología, completar su experiencia o neutralizar a un competidor.

Es preciso señalar que la inmensa mayoría de los países incluyendo a los del mundo desarrollado, no han sabido identificar estos campos tecnológicos clave cuyo control integral es indispensable, por lo que necesitan políticas coherentes, coordinadas y de largo alcance.

En el campo de la información y del conocimiento, los países no han sabido dotarse a tiempo de la independencia que les permita coordinare como lo han hecho anteriormente en el terreno nuclear, en el aeronáutico y en el espacial.

Si observamos por ejemplo que Francia, que se había quedado atrás, ha decidido a través de su Primer Ministro lanzar una política pública que pretende movilizar las energías para poner en funcionamiento el concepto de Inteligencia Económica.

Esta acción voluntarista va a permitir, después de una fase de sensibilización y de la definición de sus campos esenciales, lanzar programas de formación y optimizar la vigilia tecnológica, industrial y competitiva.

Se trata de movilizar a las administraciones para ayudar a las empresas francesas a batirse en igualdad de condiciones con sus competidores. Esto supone el control y la protección de la información estratégica mediante la utilización de medios seguros de los que es preciso impulsar su realización y desarrollo.

Solo que una nueva mutación tecnológica se anuncia, en los próximos años se verá la convergencia de las nanotecnologías, las biotecnologías, las tecnologías de la información y de las ciencias cognitivas.

La compenetración entre estos campos amplificará el impacto, la experiencia científica requerida para trabajar en ellos y el volumen de las inversiones necesarias impedirán a muchos países permanecer en la carrera tecnológica.

A pesar del dominio reconocido de los franceses en algunas de estas tecnologías, no podrán permanecer solos, el lanzamiento de programas comunes a nivel de naciones resulta indispensable. Hay que ser consciente de que si los países no invierten masivamente, y de forma voluntarista, en el dominio de estos procesos indispensables para su crecimiento, su independencia será cuestionada y su soberanía quedará comprometida.

El problema es que todos estemos convencidos de que la soberanía tecnológica es un imperativo absoluto si quiere alcanzar la potencia y credibilidad. La preservación de la independencia de un país exige una estrategia autónoma, generosa y no hegemónica, que le permita disponer de los medios necesarios para su propia seguridad.

En este contexto, cada país o grupo de países deben tener entre sus objetivos el asegurar la protección de sus empresas sensibles contra las tomas de control extranjero cuando entrañen dependencias tecnológicas que tengan como efecto la pérdida de sus capacidades de decisión.

Por eso todos los países deben actuar en esta materia como lo hace Estados Unidos y adoptar las medidas legislativas y reguladoras correspondientes. Este interés debe orientarse al mantenimiento de una base industrial fuerte y competitiva a través, principalmente, del desarrollo de la investigación científica, de la evaluación y la preservación de los conocimientos, que son los únicos que pueden garantizar la independencia tecnológica, base de una real independencia política.

Esto es lo que permitirá a los países comportarse con los Estados Unidos como socios solidarios, respetados y autónomos, al mismo tiempo que estando dispuestos a la competencia multipolar con otras potencias en el respeto de un equilibrio multilateral y de una ética pacífica.

Fuente: Coloquio Independencia de Europa y Soberanía Tecnológica