Qué es el mestizaje cultural

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Cuando en el II Congreso de estudios mayas alguien me preguntó qué entendía yo por mestizaje cultural, empecé explicándole qué era lo que “no” entendía por eso, y le dije que, para mí, mestizaje cultural no significaba ladinización ni asimilacionismo ladino de los indígenas; tampoco una propuesta falsamente conciliatoria que postule un hermoso ser mestizo perfectamente balanceado, homogéneo y sin diferencias ni diversidades culturales, armoniosamente nacional y feliz, ni mucho menos una “raza cósmica” destinada a dominar el mundo.

No, eso no es el mestizaje cultural que yo propongo como eje de la reflexión sobre la nación y la identidad nacional.

Lo que yo entiendo por mestizaje cultural parte de la noción de que Guatemala es un mosaico o ensamble de diferentes culturas, énfasis y especificidades culturales que conviven en el mismo territorio pero de manera conflictiva por razones económicas y de prejuicios étnicos históricamente gestados. Ningún grupo social está exento de tener prejuicios étnicos y culturales, como lo prueba la feroz enemistad entre quichés y cakchiqueles, de orígenes precolombinos. Pues bien, esta convivencia multi e intercultural tiene infinidad de puntos de contacto que originan hibridaciones culturales e identitarias (como el actual Rabinal Achí, el culto a Maximón y San Simón, la televisión por cable y los videojuegos en las comunidades indígenas) que son las que precisamente conforman los espacios del mestizaje cultural. Son estos innumerables puntos de contacto de la convivencia interétnica y multicultural lo que, a mi modo de ver, caracteriza al país (y a América Latina), y no las diferencias magnificadas en las cuales insisten los gruidos culturalistas y esencialistas.

Mi propuesta va en la dirección de partir de estos puntos de contacto, de estos espacios de hibridación y mestizaje cultural para pensar la nación multicultural y la identidad nacional, y no partir de magnificar y reivindicar supuestas diferencias bipolares porque eso nos divide cada vez más. El movimiento mayista magnifica y reivindica las diferencias y no enfatiza los mestizajes que, yo considero, son más grandes y significativos que las dichosas diferencias. Estoy convencido de que los espacios de mestizaje cultural posibilitados por la convivencia interétnica y multicultural conflictiva expresan y caracterizan mucho más al país que un conjunto de diferencias que separan a los grupos de distinta especificidad cultural. De modo que si buscamos un punto de convergencia, un denominador común que nos identifique como nación y como ciudadanos de esa nación multicultural, el mestizaje intercultural es un eje más expedito que la diferencia, para lograrlo.

Esto es lo que yo entiendo por mestizaje cultural, y esto es lo que propongo repensar para contribuir a la democratización étnica que, pienso, debemos alcanzar por medio de una negociación interétnica.

Indios y ladinos, “mayas” y mestizos son abstracciones a las cuales remitimos nuestras identidades híbridas y mestizadas. No existe el indio o el “maya” ni el ladino o el mestizo químicamente puros.

Según Eric Wolf, en el siglo XVIII ya no había “indios puros” en Mesoamérica. Fuentes y Guzmán, por su parte, se refiere al creciente mestizaje biológico y cultural que vuelve ladinos (a falta de otro término) a los habitantes de los barrios de la ciudad de Santiago de Los Caballeros de Guatemala. Y Batres Jáuregui indica que ya en siglo XVIII, ladino era un término que se usaba para referirse a cualquier persona que no se identificara como indio (aunque lo fuera, me imagino), y en él se incluía a los negros.

Situémonos en los espacios de hibridación y no en polaridades arquetípicas para inventar una nación interculturalmente democrática y ya dejémonos de esencialismos, fundamentalismos, puestas en escena, victimizaciones y oenegés.

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