La emancipación iberoamericana

En otra de sus geniales intuiciones, el gran Julián Marías establece notables diferencias entre las dos formas principales de acción europea en América desde su descubrimiento, recurriendo para ello a una brillante metáfora y aplicando a la realidad social e histórica americana dos conceptos tomados de la botánica: trasplante e injerto. Según Marías, en los territorios americanos en los que se establecieron pueblos ajenos a la Península Ibérica –holandeses, ingleses y franceses– se puede hablar de un trasplante: sociedades europeas se trasladaron a otro continente, se establecieron en suelo americano, fundaron sociedades también europeas, que sólo tenían que ver con América el hecho de vivir en ella.

Por el contrario, en el caso de españoles y portugueses es mejor recurrir a la noción de injerto. Así, cuando españoles y portugueses llegaron a América encontraron pueblos indígenas de los que no se aislaron, se mezclaron con ellos, convivieron –unas veces con lucha, otras en paz–, establecieron sociedades no exclusivamente europeas en constante relación con las poblaciones americanas, a las cuales modificaron y transformaron.

Por eso habla de injerto, porque se produjo algo parecido a la introducción en una planta de un elemento vivo y fecundo de otra, de manera que la que lo recibe incorpora nuevos elementos y da frutos distintos, incluso mejores que los iniciales.

Afirma Marías que las sociedades del Nuevo Mundo descubierto y poblado por españoles no eran “españolas” sino “hispanizadas”; sus habitantes eran indios, mestizos y españoles; después africanos llevados allí como esclavos, y pronto también mulatos y todas las innumerables formas de mestizaje.

Esta diferencia entre lo que hoy son los Estados Unidos y el Canadá, frente a la América hispánica desde México hasta el Cabo de Hornos, es para Marías la clave principal de lo que son en el presente los dos grupos de países. Y la diversidad entre los últimos responde en gran parte a la variedad de formas y proporciones de ese injerto, condicionado primariamente por el tamaño de la población y el grado de desarrollo cultural de las sociedades receptoras. En definitiva, en la América del Norte hubo trasplante; en la América Central y del Sur, injerto.

Los países que conforman hoy esa América Central y del Sur se preparan ahora a celebrar sucesivamente –comenzando en 2008– los bicentenarios de la consecución de su independencia. Un proceso emancipador que tiene buena parte de sus raíces en las teorías europeas que abogaban por los derechos y las libertades y en favor del constitucionalismo democrático. Un movimiento que también arraigó con fuerza en mi país a comienzos del Siglo XIX y que culminaría en la Constitución de Cádiz de 1812, hito esencial del liberalismo europeo y americano. En este sentido, no está de más recordar que el artículo 1 de esa Constitución de Cádiz establecía que “la nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios” y, como consecuencia, consideraba españoles tanto a los habitantes de España como a los que poblaban los vastos territorios del hemisferio americano.

Las luchas en España entre liberales y conservadores a comienzos del XIX tienen muchos paralelismos con las luchas en territorio americano entre liberales partidarios de la independencia y conservadores favorables al Antiguo Régimen. Un mismo enfrentamiento se produce a ambos lados del Atlántico. Un mismo impulso ideológico anima por tanto el liberalismo de la Constitución de Cádiz –con influencia en todo el mundo– y el movimiento emancipador americano. Por eso España se dispone a conmemorar esa efeméride en compañía de todos los países de Iberoamérica, con los que hoy conforma la Comunidad Iberoamericana de naciones.

Esta filosofía inspira la reciente creación en España de una Comisión Nacional para la Conmemoración de los Bicentenarios de la Independencia de las Repúblicas Iberoamericanas, naciones con las que queremos celebrar como propios los acontecimientos que cada una de ellas celebrará como suyos.

Hoy, más de cinco siglos después del Encuentro de los dos mundos y del inicio del gran mestizaje americano, y a casi 200 años de la singular gesta emancipadora, deseamos impulsar con este motivo un amplio y ambicioso programa de iniciativas y actividades políticas, culturales y de todo tipo para fortalecer nuestra determinación de caminar juntos en el futuro con los países iberoamericanos miembros de nuestra Comunidad. Y queremos aprovechar esta oportunidad histórica para profundizar una rica y sólida relación que es prioritaria para nuestra política exterior y que es abrumadora y mayoritariamente compartida por la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas de la España actual.

*Embajador de España en El Salvador