a se sabe que la exaltación de las identidades suele acompañarse de altas dosis de cursilería. Algunos presidentes mexicanos han exhibido una especial inclinación por las fanfarrias ramplonas y entre todos ellos acaso fue José López Portillo el que llevó la cursilería a niveles verdaderamente sublimes. Y Como se sabe, el tema indígena y el de las culturas prehispánicas le llegaban al corazón. En 1980 lanzó al aire un fogoso discurso de inauguración del Centro Ceremonial Otomí en Temoaya, una de las construcciones más ridículas que hayan proyectado los ingenieros de almas de este país. En esta obra, declaró el presidente cuando se inauguró, "se encierra el profundo significado en el que se encubre el alma otomí, idéntica al alma de todos los hombres de América”, y que aspiran “a trabajar aquí, para liberarse, para ser independientes, para ser dignos, para ser ellos mismos... eso quisieron los otomíes, eso quisieron y quieren todas nuestras razas, eso queremos ahora todos los mexicanos". Pero, como se verá, unos años antes López Portillo estaba convencido de que en los americanos había unas almas más idénticas que otras.....
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