México mestizo

¿Cuál es la relación. Entre una nación y su cultura? Esta es la pregunta que late en el corazón del ya clásico y excelente libro de Agustín Basave Benítez, México mestizo. Históricamente, la procede a la nación, ¿Por qué? Porque la cultura, por mínima y rudimentaria que sea, es anterior a las formas de organización social. A la vez que las exige.

Familia, tribu, clan, sociedad, Estado, son organizaciones que proceden a la idea de nación, una idea que no esta inserta en el orden natural y que sólo apareció en el renacimiento europeo para legitimar ideas de unidad territorial, política y cultural, necesarias para la integración de los nuevos estados europeos nacidos de la ruptura de la comunidad medieval cristiana.

México y la América española accedieron a la idea de la nacionalidad al ocurrir otra ruptura. La del Imperio Español de las Américas. No nos balcanizamos: las fronteras de los virreinatos y las capitanías generales permanecieron más o menos iguales, aunque México perdió a Centroamérica, y Chile ganó, a expensas de Perú y Bolivia, los territorios del norte. La idea de “la nación” aparece, según Emile Durkheim, porque se pierden viejos centros de identificación y de adhesión. La nación los suple. Isaiah Belin añade que todo nacionalismo es respuesta a una herida infligida a la sociedad. La nación la cicatriza.

El nacionalismo mexicano e hispanoamericano cabe dentro de estas definiciones, pero constituye una excepción a la regla. Las naciones emancipadas de España hacia 1821 decidieron que podían hacer caso omiso de las culturas existentes ya en grados diversos (indígena, africana, europea y mestizaje de las tres) y optar por un solo modelo excluyente, el de la cultura del progreso imperante en Francia, Inglaterra y los Estados Unidos. La “imitación extralógica” denunciada por Gabriel Tarde veló la preexistencia de las culturas a la nación. Optamos oficialmente por el modelo occidental blanco y corrimos el velo sobre las culturas indígenas y negras de las Ameritas. Pero éstas, convertidas por fiat en fantasmas culturales, no tardaron en manifestarse, rompiendo la barrera del silencio a través de un suceso no sólo visible, sino mayoritario: el mestizaje.

Las naciones hispanoamericanas decidieron que ser independientes suponía poner la idea de nación por delante de la idea de cultura y obligar a ésta a seguir los dictados ideológicos de la nación democrática, progresista e, implícitamente, blanca blanqueada y filoccidental plasmada en las constituciones y las leyes. De allí que la reaparición de los huéspedes indeseados los indios, los negros –provocase manifestaciones racistas tan irracionales y rabiosas. Agustín Basave da cuenta de ellas en su libro. El indígena es un lastre, es irredimible. El villano liberal de Zavala pide educarlos (es decir, occidentalizarlos) o expulsarlos. El icono liberal José María Luis Mora es más drástico. En “México y sus Revoluciones” pide en efecto “des-nacionalizar” a esos “cortos y envilecidos retos de la antigua población mexicana”. Hay que buscar el carácter mexicano en la población blanca. Justo Sierra O “Reilly no se queda atrás en su indofobia. En 1848 pide expulsar a los indios de Yucatán por no “amalgamarse”con el restote la comunidad… ¡como si la comunidad no fuese, originalmente, indígena y los obligados a “amalgamarse” fueron los conquistadores intrusos!.

La fobia contra el indio no se limitó a México. En Argentina. Uno de sus más virulentos campeones fue José Ingenieros, para quien la Argentina es grande porque es blanca. “liberada… de razas inferiores”. Estas no eran palabras limitadas a la opinión, sino llamados a la acción racista y genocida. Las campañas del general Roca contra los indios en Argentina, las del general Bulnes contra los mapuches chilenos, las propias campañas del presidente Porfirio Días contra mayos y yaquis, en nada desmerecen de las políticas de exterminio y reducción de los indios practicadas por la expansión imperial de los Estados Unidos, del Atlántico al Pacífico.

Pero si en los Estados Unidos, salvo voces muy aisladas, no hubo oposición a la política de “el mejor indio es el indio muerto”, en México una realidad racial mucho más dinámica, fluyente, abarcadora, hacía presente nuestra raíz indígena a través del mestizo, aunque éste, a veces también se disfrazara de blanco para participar en lo que Alfonso Reyes llamó “el banquete de la civilización occidental “. Hay que tomar dos datos en cuenta. El primero es que el reino azteca no logró unificar a México. Un centro imperial rodeado de pueblos vasallos facilitó, como todos sabemos, la conquista por los españoles apoyados por indígenas descontentos España, por lo demás, traía una paradoja a cuestas. Los monarcas españoles sacrificaron el multiculturalismo en la península expulsando sucesivamente a los judíos y a los moros. Pero Fernando El Católico, desde 1514, había expedido una cédula real proporcionando el mestizaje en el Nuevo Mundo y autorizando los matrimonios mixtos. Ello no evitó la bastardía, pero, con o sin ley, la Nueva España cobró muy pronto carácter mestizo. Añádase a estos hechos la pugna en torno a la humanidad del indígena, encarnada en la disputa entre Bartolomé de las Casas y Ginés de Sepúlveda, para iluminar el mestizaje mexicano con la luz de una preocupación totalmente ausente de las colonizaciones inglesas, francesa u holandesa de las Américas. De la disputa acerca de la humanidad del indio surgió, gracias a los escritos de Vitoria y Suárez, un concepto del derecho internacional, bien llamado “derecho de gentes, fundado en el respeto a lo que hoy llamamos derechos humanos. Dicho respeto es indispensable precisamente porque es violado con la constancia que lo violaron la hacienda, la mina y los cacicazgos antes y después de la independencia.

De manera que las reacciones contra la discriminación y la violencia contra los indios no tardaron en aflorar. En México la Revolución de Ayutla, triunfo del movimiento liberal consolidado en las guerras de Reforma y la Constitución de 1857, es el parteaguas de nuestra primera independencia. Quedan atrás el capricho y la irresponsabilidad de la dictadura santanista y su terrible herencia. La mutilación de la mitad del territorio nacional. Para los liberales, no hay indios. Hay ciudadanos. Y si para muchos liberales el mejor indio no es el indio muerto pero sí el indio invisible, la visibilidad indígena de Benito Juárez, Ignacio Manuel Altamirano e Ignacio Ramírez El Nigromante lleva a éste- adelantándose a la “raza cósmica” de Vasconcelos – a decir que la sangre del “hombre del futuro” será al mismo tiempo africana, esquimal caucásica y azteca”. México, declara generosamente Vicente Riva Palacio, tiene nacionalidad propia ¿y qué es esa nacionalidad étnicamente? Es mestiza. Pues si, según Justo Sierra, los indios adolecen de una “pasividad incurable” y los criollos son apenas una “seudoaristocracia sin raíces”, los mestizos son la familia mexicana”. Pero, para activar la mezcla, se requiere una creciente inmigración europea.

Andrés Molina Enríquez nacido en 1868 –es decir, recién restaurada la República tras el triunfo de Juárez los liberales contra Maximiliano y los conservadores- crece y se educa en medio de estas tensiones irresueltas entre la nación y sus etnias, agravadas por una nueva imitación extralógica: el imperio del positivismo comtiano adaptado por los “científicos” del Porfiriato bajo otra guisa menos científica: el darwinismo social la supervivencia del más fuerte y la religión de un progreso que requiere deshacerse de las tres raciales y culturales que nos rezagan. Agudamente, Basave ve en Herbert Spencer, Más que en Augusto Comte, al verdadero filósofo detrás de la ideología “científica” del Porfiriato . Spencer no sólo acuñó el lema “la supervivencia del más apto”. Sino que aceptó la teoría darvinista de la “selección natural” y llegó a considerar que se moreno equivalía a ser bárbaro, Ello no obsta para que Spencer, al mismo tiempo, esbozara una teoría evolutiva de carácter abarcante, no excluyente en virtud de que nada es homogéneo si es activo. Sino que la actividad en sí misma es programa de diversificación.

Acaso esta dimensión del pensamiento spencerista escapó a Molina y a los “científicos”, quienes los redujeron a términos de progreso racista y excluyente. En todo caso, Molina Enríquez abandonó muy a tiempo el ferrocarril de Spencer y sus rígidos rieles industrialistas, para embarcarse en la nave de Franz Boas y sus amplios horizontes marinos. El relativismo cultural de Boas le permite a Molina romper con los positivistas y declarar que no hay sociedades atrasadas, “sino pueblos diferentes”.

Gracias a Boas Molina separa raza de cultura. Gracias a Molina, podemos ver nuestra propia cultura sin carga genética determinando “retraso” o “progreso”.

La psicología Molinista no dio fin, desde luego, a la querella de la modernidad mexicana y latinoamericana. Si el doctor mora fue capaz de corregir su racismo de 1836 proponiendo arrepentido, en 1849, la fusión de todas las razas tan tarde como Martín Luis Guzmán caracteriza al indio como “perro fiel que sigue ciegamente los designios de su amo” (La querella de México”). Pero para entonces había cobrado enorme fuerza la visión humanista latinoamericana de Euclides de Cunha de Brasil, viendo en el mestizo el núcleo de la nacionalidad.

Después de la revolución liberal de 1854, es la Revolución Mexicana de 1910-1940 la que con vigor reivindica la caracterología mestiza del país. El carácter “carácter introspectivo”de la Revolución , como llama Basave, es ante todo un acto de autorreconocimiento. El Zapatista bigotudo, sombrerudo y charrasqueado tomando café en el antiguo Jockey Club de la aristocracia porfirista es sólo la imagen más llamativa del espejo desenterrado: Así somos. Somos todo esto indígenas, europeos, mestizos. Que a menudo la cultura promovida por la Revolución haya sido demagógicamente nacionalista no oculta la verdad dicha por Manuel Gamío: “Ante el arte no hay pueblos excluidos ni pueblos predilectos”. Las opciones nacionalistas de los muralistas, por ejemplo, no alcanzan a disfrazar la presencia europea del Renacimiento Italiano en Rivera, del futurismo Italiano en Sequeiros o del expresionismo alemán en Orozco. La reacción cosmopolita del grupo de Contemporáneos representó un saludable contrapunto: México estaba en el mundo y una vez más, quien aclara las cosas es el más grande humanista mexicano del siglo XX. Alfonso Reyes: México “le da color al agua latina”. La política cultural de José Vasconcelos como primer secretario de Educación de los regímenes revolucionarios abarca, en fin todas las dimensiones de nuestra cultura incluyente. Alfabetiza en la base. Publica los clásicos universales en la cima Prohija el muralismo nacionalista. Nos propone como “raza cósmica” e instala a Buda, a Mahoma, a Jesús en los patios de la Secretaría de Educación Pública.

Pero la grieta histórica como la llama con acierto Basave, en esa falla sísmica entre el Porfiriato y la Revolución , el que construye el puente, inestable, de tablas en el medio aunque de mármol en las orillas , es el inquieto, inquietante contradictorio del Andrés Molina Enríquez. Aun en los años cincuenta. “los grandes problemas nacionales” era la lectura obligatoria para todos- estudiantes y maestros- en la facultad de Derecho de la UNAM. Molina es mestizófilo, pero con adornos positivistas de Comte y Spencer, Cae en estereotipos. El México indio es melancólico. El México criollo es triunfalista. El México sintético o ideal es el mestizo. ¿Por exclusión? ¿Por malas razones? ¿Por una especie de “pioresnada” congénito? Molina lucha por no llevar vicios y virtudes preconcebidos a las razas. Pero es él, al cabo, quien nos endereza y perfila hacia una concepción de la variable étnica en México y de la correlación entre raza y clase. Aa pesar de su linaje positivista. Molina nos impulsa a superar los índices puramente biológicos. La variable étnica no explica los fenómenos humanos. Las polarizaciones culturales son peligrosas e inútiles: hispanofilis, incluso mestizofilia. Molina nos coloca a las puertas de la más actual de las filias: el multiculturalismo como signo de la modernidad globalizada. El respeto a todas las razas y a todas las culturas.

En México en este sentido la cultura puede y debe ser occidental., india y mestiza. Pero, en términos étnicos, no existe ya un México puramente occidental ni puramente indígena. Hay entre nosotros una dinámica de la mezcla racial que, dice Basave, no necesita gestores. Pero como siguen existiendo etnias indígenas sojuzgadas, rezagadas, olvidadas, la justicia impone una obligación al mestizaje: proteger a las minorías indias, liberarlas respetarlas. O como lo dice lúcidamente Luis Villoro: “Al buscar la salvación del indígena, el mestizo se encuentra a si mismo”.

Molina no era un socialista. Su darwinismo social lo llevó a admitir la sociedad con clases. Pero su conciencia social lo llevó a proponer una nación sin castas. La justicia social y la justicia racial se confundieron en él. Pues por más que dijese que las diferencias de clases eran tolerables cuando no se combinaban con las diferencias raciales, decirlo revela ya que, en México existe una intolerable correlación entre raza y clase. Ser indio es ser pobre más allá de este prejuicio y de su suerte de fatalidad. México es hoy un país de cien millones de habitantes y por lo menos la mitad- todos los indios y la mayoría de los mestizos- vive en la pobreza.

El mestizaje se ha identificado con la nacionalidad en México. Eso está bien, siempre y cuando no signifique, en un extremo, darle la espalda al mundo con actitudes xenofóbicas y chovinistas que afloran a cada rato. Y en el otro extremo, celebrar a los indios en los museos y despreciarlos en las calles. La rebelión en Chiapas, con todos sus discutibles dichos y hechos, tuvo el inmenso mérito de hacer visible, de nuevo, al indio invisible y de proponerle al mestizo, identificado con la nacionalidad, que ésta es injusta, es excluyente y que carece de futuro si carece de pasado. El, indio, hasta cierto punto, puede bastarse a si mismo si es respetado. Pero al mestizo le corresponde por su propio bien, atender al indígena, no por anacronía, no por antioccidentalismo ni por folklore, sino por tener presente una de las vertientes de nuestra cultura y de nuestra existencia nacional, y “entre velar lo mejor de ella a su contraparte en un plano de igualdad”, escribe luminosamente Agustín Basave.

“Existen tantos modelos de modernidad como pueblos capaces de concebirlos”, dice con precisión y autoridad humanistas el autor. Su mensaje, a los doce años de los fastos del Quinto Centenario, a ocho años del levantamiento zapatista y a dos años de la renovación democrática de México, es mas que nunca pertinente: nuestras etnias portadoras de ricas culturas y de proyectos validos deben estar dispuestas a “Una apertura recíprocamente enriquecedora, condicionada al propósito de producir algo mejor”.

Ese “algo mejor” es vernos a todos, indígenas, blancos y mestizos, como ciudadanos Mexicanos.

Autor: Carlos Fuentes
Fuente: Diario Reforma