¿Conquistados o Conquistadores?

La República de El Salvador, antes del Salvador, tiene sus orígenes en el descubrimiento, conquista y colonización del antiguo mundo nahua-pipil.

El repartimiento, la encomienda y la esclavitud fueron parte de ese proceso que algunos perfilan como invasión.

Sostienen que fuimos víctimas de una raza de salvajes procedentes de la Península Ibérica. Pero no mencionan que esa raza de salvajes también fue invadida, siete siglos antes, por otra raza de salvajes procedentes de la península arábiga.

Antes de eso también fueron invadidos por godos, visigodos, romanos, griegos y fenicios.

Es decir, que cada conquista o invasión, implica otra raza de salvajes, como habrán constatado los mayas cuando fueron invadidos por los pipiles en el año 1054, mucho antes de los españoles.

Las costumbres de los nativos que habitaban Mesoamérica incluían canibalismo, esclavitud, sacrificios humanos, drogas alucinógenas y otros rituales que ahora nos parecen inaceptables, pero eran fundamentales para las teocracias hereditarias que dominaban la región.

Cuando llegaron los españoles, a principios del siglo XVI, habían dos grandes imperios nativos: el Azteca, con sede en Tenochtitlán; y el Inca, con sede en Cuzco. El sistema Maya había desaparecido y sólo quedaban las ruinas de sus ciudades estado. Los descendientes de los aztecas, que una intérprete llamó pipiles, dominaban lo que ahora es El Salvador.

Los invasores españoles cambiaron el antiguo régimen nativo por un sistema híbrido.

Tomaron parte de los hábitos y costumbres anteriores, mezclándolos con la cultura, también mestiza, de la península ibérica, principalmente el idioma castellano y la religión católica.

Hubo grandes cambios culturales, políticos y económicos, tanto en el viejo como en el nuevo mundo.

Además del mestizaje racial, las naves de los invasores transportaron cultivos y especies que no existían en uno de los lados, beneficiando y perjudicando a ambos, porque también trasladaron enfermedades.

Fue así como la papa, el maíz, el tomate, el chile, el cacao y la vainilla viajaron del nuevo al viejo mundo; mientras que el trigo, el café, la caña de azúcar, los mangos, los cocos, la vid, los olivos, las manzanas y otras plantas viajaron del viejo al nuevo mundo, junto con cerdos, caballos, vacas, gallinas, ovejas y otros animales domésticos que no existían en el mundo nahua-pipil.

Hubo una globalización. En lo político funcionó el sistema de Audiencias, que implantaron los Austrias, reyes de España desde que Juana la Loca (hija de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón) se casó con Felipe el Hermoso. En 1700 los Austrias fueron sustituidos por los Borbones, de origen francés, cuyo actual representante en España es el Rey Juan Carlos.

El cambio de dinastías trajo cambios administrativos.

Y así pasamos de las Audiencias a las Capitanías Generales. La Ilustración se trasladó a América con las reformas borbónicas, especialmente a la clase dominante, compuesta por peninsulares, criollos y mestizos.

El Imperio Napoleónico invadió España en 1808 y eso dio inicio a los movimientos independentistas en América, no tanto por el deseo de fundar repúblicas independientes, como al final sucedió, sino para sustituir la monarquía española por una criolla.

Así sucedió en México, en 1821, con Agustín de Iturbide. Y, años más tarde, con Maximiliano de Austria, Emperador de México, apoyado por Napoleón III, un sobrino-nieto de Napoleón Bonaparte, que incursionó en América.

La tendencia monárquica se mantiene con el presidencialismo, que es parte de nuestra cultura, monárquica a pesar de la República.

La República de El Salvador es eso. Pero muchos ciudadanos no logran asimilar nuestra realidad, que puede cambiar con política sincera, pero no con simulación partidista, o electorera.

Podemos seguir, en aras de la alternabilidad, cambiando de monarca, o de presidente.

Pero el ritual electorero no altera lo que muchos perciben como humillación por la conquista, así como el resentimiento colonial, que tampoco ha sido expiado por la democracia electorera.

El revanchismo clasista y su patología versión racista siguen al acecho de la frustrada república.

Según esa versión, pasamos del indio conquistado al campesino explotado, con un proletariado industrial que no progresa.

Según esa dialéctica, los culpables de nuestro fracaso fueron los conquistadores blancos y burgueses, seguidos por criollos y mestizos aburguesados.

Estos últimos nos dominaron durante la colonia y luego en la república, que cumplirá 200 años en el 2021.

Nuestra realidad, sin embargo, no es tan sencilla. Y el simplismo histórico no es la mejor forma de remediar las fracturas de una nación dividida.

No somos una sociedad solidaria, igualitaria, o democrática. Pero somos así porque no hemos podido asimilar el trauma de la conquista, interpretándola como derrota personal.

No somos individuos responsables, libres e independientes porque nos gusta sentirnos derrotados.

Y preferimos ser dependientes del conquistador, del virrey, del capitán general, del presidente, o del Estado. Como no queremos ser libres, a cambio de benevolencia aceptamos tiranía.

Pretendemos ser independientes como República, en lo colectivo; pero en lo personal, o individual, preferimos la dependencia.

No comprendemos que el Libre Mercado es para personas libres. Y que el estado republicano también es para personas libres, que responden por sus actos y omisiones.

Necesitamos un giro cultural. Y ese giro no debe significar regresión al estado de barbarie, como parece estar sucediendo.

Quizá por razones atávicas continuamos el peregrinaje a la teocracia pipil, con sus extraños rituales que disfrazamos de democracia.

Y en lo comercial, en lugar del mercado preferimos la informalidad  del tiangue precolombino, donde el trueque de escasos bienes y servicios se llevaba a cabo con cacao y con engaño.

No somos mercancía, como pretenden algunos, pero debemos ser honestos en lo público y en lo privado.

Fuente: diariocolatino.com