Virgen de los mexicanos

Una de las cosas que más llama la atención cuando entramos en contacto con la historia de otros países, especialmente americanos, es que ninguno de ellos de Canadá a la Patagonia, pasando por Estados Unidos o Brasil, posee la fuerza simbólica de la profunda cultura popular mexicana.

Tal vez por ello será difícil que tengan héroes de la calidad espiritual, la valentía y la integridad, por no decir la pureza, de un Ricardo Flores Magón, de un Emiliano Zapata o de un Francisco Villa; mucho sería pedirles entonces que tuviesen algo mínimamente equivalente a nuestra Virgen morena, la que acompañó desde su serenidad inasible a los indígenas, mestizos y criollos insurrectos, en la gran guerra de independencia.

Pues desde que hice mis estudios en Ciencias Antropológicas en la ENAH, la figura, la mirada, el rostro, las manos, la historia de la Virgen de Guadalupe misma, me pareció de lo más enigmático y atrayente, dado que para dedicados estudiosos de este enorme complejo significante, la minoría criolla que habitaba lo que era la Nueva España, decidida a independizarse a principios del siglo XIX, necesitaba urgentemente de un elemento que le ligara a la masa del pueblo, y a las diversas castas de pobres que eran como hoy mayoría poblacional; por lo cual tuvo el ingenio de elaborar una ideología capaz de integrarlas en tanto dispersas fuerzas sociales, en un proyecto de nación más o menos unificado, y así poder utilizarlas en su lucha contra la corona y su ejército de ocupación.

Desde este horizonte, las revueltas indígenas que se manifestaron a los largo de cinco siglos, los curas guerrilleros a los José María Morelos o Miguel Hidalgo, o los bandidos sociales que tanto han poblado el imaginario popular, dejan de aparecer como un caos inexplicable, al depender muchos de ellos en su genealogía y evolución, de la “aparición” de cultos de carácter religioso así como de mitos capaces de aportar símbolos-fuerza, al sinuoso proceso de construcción de la identidad de los mexicanos y sus regiones, de algún modo articuladas a la poderosa irradiación que sigue emitiendo la diosa madre Tonatzin, base cultural de la Virgen de Guadalupe, veneradas ambas en el santuario del Tepeyac.

Fuente: ecosdelacosta.