Japón: ¿Modelo para américa latina?

Paraísos de la “flexibilización laboral” o modelos de progreso industrial con mayores seguridades para amplios sectores de trabajadores; paradigmas de liberalismo económico o de fuerte intervencionismo del Estado en el desarrollo; aperturismo comercial o proteccionismo disfrazado; autoritarismo político o democracias sui generis: éstas son algunas de las preguntas con respecto a las realidades de los países de Extremo Oriente y del Sudeste asiático, y que exigen elementos de respuesta diferenciados que trasciendan a la vez la denuncia ciega y la admiración acrítica.

También en América Latina, las experiencias del Japón y de los llamados “tigres” del Asia merecen una atención creciente, en particular por las razones siguientes:
– el peso (como mercado, fuente financiera etc.) del Asia en su conjunto y más específicamente del Asia Oriental/Sudoriental, con – se supone – la llegada inminente del “siglo del Pacífico”; – el excepcional dinamismo económico e industrial de estos países en las últimas décadas, combinado con aspectos políticos, sociales y culturales más controvertidos; – las lecciones, positivas y negativas, que estas experiencias ofrecen, en particular a la América Latina desorientada, y que frecuentemente son interpretadas de manera muy superficial.
Con respecto a estas lecciones cabe preguntarse, sobre todo:
– ¿Cuál es el alcance verdadero de los éxitos mencionados, y cuáles son sus causas reales? – ¿A qué precio se consiguieron estos éxitos, o sea cuáles son sus contrapartidas indeseables o cuestionables? – ¿Pueden imitarse los -o algunos de los- aspectos positivos, sin aquellos negativos, o vienen necesariamente combinados? – Y, de ser separables, o bienvenidos aún con estos aspectos menos deseables, ¿hasta qué punto son imitables estos modelos o parte de los mismos, en un contexto sociocultural e histórico-estructural muy distinto, como el latinoamericano?

Tanto el Japón como los “tigres” que parecen seguir sus pasos, aparecen a veces como verdaderos casos de “Doctor Jekyll y Mister Hyde”. La opinión aquí expresada rechaza decididamente las visiones simplificadas de paraíso o infierno, tratando de rescatar lo positivo, calibrar lo imitable y criticar lo negativo, esforzándose de sacar las lecciones reales de estas experiencias, importantísimas para una reflexión global sobre el desarrollo.

Apuntes sobre el contexto internacional e histórico 

El contexto internacional, económico y geopolítico de esta región después de 1945 fue desde luego esencial y no debe ser perdido de vista. Para el Japón, la alianza con los Estados Unidos y su papel de máquina económica auxiliar, en la Guerra de Corea etc., fueron factores primordiales en el auge de los años 50. La ayuda militar y económica exterior tuvo un papel crucial para crear las “condiciones del despegue” en Taiwan y Corea del Sur, apoyados como diques de contención del “peligro rojo”, bases militares y cada vez más como vidriera de capitalismo exitoso. Del punto de vista estadounidense, era crucial – cuando el “campo socialista” pasó a abarcar un tercio de la humanidad – contar con el Japón como socio activo del “mundo libre”, igual que con la mayor parte de Alemania, para evitar mayores derrumbes. Por otro lado, estos países están ligados a un contexto cultural y geopolítico regional con su centro histórico en China y su polo económico contemporáneo en el Japón. Su inserción internacional actual tiene puntos fuertes y débiles, por diversos elementos de tensión en la región misma así como su dependencia energética y conflictos varios con el mundo occidental. En apenas 20 años, entre 1970 y 1990, la participación del Asia Oriental y Sudoriental en el comercio mundial pasó de 10,8 a 19,4%; el Japón de 5,9 a 7,7, los “cuatro tigres” de 2,5 a 7,0, los “cuatro países de ASEAN” (sin Singapur ni Brunei ni Vietnam) de 1,8 a 2,7 y China de 0,6 a 2,0% (Young, p. 128.) En otra parte se ha puesto énfasis en los aspectos económicos y estructurales de los éxitos del Japón y los “tigres” (Sukup, 1996), de los que recordemos aquí sólo algunos puntos llamativos:

– Japón se ha convertido en años recientes en la superpotencia financiera y tecnológica de la tierra, con posiciones punteras en microelectrónica, robótica y telecomunicaciones, así como con los diez primeros bancos del mundo; – Corea del Sur, por su peso el principal de los “tigres”, aumentó su participación en la exportación de productos manufacturados de países periféricos de 1 a 18% entre 1965 y 1988, mientras la Argentina bajó la suya de 2,3 a 1,1%; – Taiwan, igualmente, se transformó en estas décadas de pobre en casi próspero, con un ingreso per capita pasando de 446 a 3.594 dólares (de 1985) entre 1965 y 1985, mientras que el de la Argentina se mantuvo estancado en unos 2.150; – Singapur pasó de puerto pobre y abandonado a pequeño emporio industrial y de servicios reconocido oficialmente como “país desarrollado” por la OCDE en 1995, con un ingreso per capita de más de 20.000 dólares, y algo similar pasó con Hong Kong, transformado en uno de los grandes centros financieros del mundo. La región Asia-Pacífico forma hoy un vasto agrupamiento, la Asian Pacific Economic Cooperation (APEC) que tiene como objetivo teórico, hacia el año 2020, un libre comercio de esta área con unos 20 Estados ribereños del Pacífico, que incluyen desde 1993-94 a México y Chile. Entre 1980 y 1992, los hasta entonces miembros de la APEC -que concentra alrededor de la mitad de la producción mundial- aumentaron su comercio recíproco en alrededor del 250% y el comercio exterior restante en el 150%, con lo cual el porcentaje del primero en el total pasó de poco menos de la mitad a casi dos tercios (Bekinschtein y Mairal, p. 32). Según el Informe Anual de 1994 del Banco Asiático de Desarrollo, los intercambios del Asia con los países de la APEC (asiáticos y otros) aumentaron de 60,1 a 70,7% del total entre 1980 y 1991.

Contrariamente a una visión simplificada, hay tal vez menos un “tercer bloque” dominado por el Japón que un “superbloque” asiático-americano en formación. Para los “tigres”, América del Norte seguía constituyendo, entre 1970 y 1990, el principal mercado, con alrededor de un tercio de sus exportaciones, contra poco más de una décima parte para el Japón y sustancialmente más para Europa Occidental, el resto del Asia y el resto del mundo: en 1990, los porcentajes eran de 30, 11, 17, 29 y 13% respectivamente. Para los “ASEAN-4”, el Japón sí era el mercado principal, con más de 30% en los años 70 y 80, pero sólo el 24% en 1990, contra 28% para el resto del Asia y 21% para América del Norte. Para esta última, Asia Oriental/Sudoriental pasó entre 1970 y 1990 de 14 a 23% de sus exportaciones, mientras que la parte de la Comunidad Europea (de 12) bajó de 25 a 21% (Young, pp. 130-1). Para el Japón, la importancia de esta región aumentó también, a más de un tercio del comercio exterior total, con 39% de sus exportaciones y 33% de sus importaciones en 1994, contra 34 y 27% para los Estados Unidos y 17% en ambos renglones para Europa (Kreft, p. 72). Queda claro, así, que existen lazos comerciales, financieros y tecnológicos estrechos entre el Japón y los otros países de la región, especialmente desde 1985 y la fuerte subida del yen que llevó a los empresarios japoneses a buscar localizaciones más baratas para transferir las partes de sus industrias intensivas en trabajo que perdían competitividad internacional. Todo este contexto debe pues ser tenido en cuenta. Pero, más aún, tal vez parece de particular interés analizar aquí como, a partir de la difícil época de posguerra y en qué contextos internos, estos países supieron realizar sus respectivos “milagros”, ya que otros países -como la Argentina o los países petroleros- tuvieron también en una época grandes ventajas económicas sin mostrarse capaces de iniciar o proseguir un desarrollo comparable.

De ser posible trasladar elementos de estas experiencias, ello tal vez podría ofrecer lecciones sumamente útiles … Serán de particular interés, en esta perspectiva, los factores institucionales, históricos, geográficos, estructurales y socioculturales, así como la organización de los procesos de trabajo, de los países involucrados. Entre otras cosas, el papel del pensamiento confuciano y de los “valores asiáticos”, particularmente de su matriz china, frecuentemente y con alguna razón puestos en relieve, y en relación a los mismos, las tendencias generales de estas sociedades industriales sui generis en cuanto a organización social y laboral, como lo describe el concepto de “toyotismo”, y las variedades de organización “flexibles” y “paternalistas” con sus diversos aspectos.
 
Japón: luces y sombras de un modelo único
 

El desarrollo contemporáneo de Japón constituye uno de los fenómenos más sorprendentes y significativos del mundo actual. Tiene largos antecedentes, pero se volvió realmente sensacional después de la Segunda Guerra mundial y su fin apocalíptico. Muchos autores, desde Herman Kahn a Paul Kennedy y Lester Thurow, analizaron el fenómeno japonés, generalmente con un énfasis comprensible en los aspectos macroeconómicos y psicoculturales: relación simbiótica gobierno-sector privado, cohesión nacional, sentido de superioridad japonés etc. Algunos autores se interesaron más en los aspectos “micro”, a nivel de gestión de las empresas, dónde suelen destacarse el fuerte sentimiento de “comunidad” del personal y los lazos particularmente estrechos entre asalariado y empresa con una marcada “lealtad” mutua. Menos se analizan en general los aspectos conflictivos de estas relaciones, el papel de las organizaciones obreras y las tendencias al inconformismo y a las crisis generadas por este sistema. Estas se han mostrado, sin embargo, con mayor fuerza en los últimos años: crisis financiera, voto protesta por actores cómicos, sectas asesinas etc. Y hasta como para recordar que la alianza con Estados Unidos en su tiempo despertó una violentísima oposición – llevando a cancelar la proyectada visita de Eisenhower y provocando la caída del premier Kiishi, en 1960, bajo la presión de violentas manifestaciones, concomitantes con un fuerte auge de las luchas obreras (Ichiyo, pp. 27 y ss.) -, en 1996 los votantes de Okinawa rechazaron la permanencia de las bases estadounidenses, clave de la alianza militar. ¿Existe en el Japón “lucha de clases”? Sin duda, pero sería necesario otro trabajo distinto al presente para analizarla. Sin embargo, aún más que en el caso de las sociedades occidentales, tal análisis tiene que ser complementado por otras consideraciones.

El factor religioso propiamente dicho será, en el contexto asiático oriental, poco importante en comparación con el contexto occidental y sobre todo el área musulmana, salvo si consideramos como creencia religiosa al confucianismo que constituye más una filosofía social que una religión. El factor nacional, por otro lado, será aún más importante que en estas otras áreas del mundo: tanto en China como en el Japón siempre existió, y sigue existiendo, la idea central de “aprender de los bárbaros (occidentales) para poder mejor echarlos” y encerrarse en su mundo a parte que se rige por reglas muy distintas que las sociedades occidentales europeas y sus descendientes ultramarinas. No debe olvidarse que éstas aparecieron aquí no sólo como apacibles mercaderes y misioneros, sino también, y sobre todo, como agresores imperialistas y vendedores de opio … En este sentido, la posición del Japón moderno es doblemente propicia a la esquizofrenia política: es el único país altamente industrializado de matriz cultural no europea y por lo tanto el único de la OCDE en Asia, un país del “Norte” en medio del “Sur” y de “Occidente” frente a “Oriente”. Del “Occidente” tiene hoy no sólo la tecnología avanzada sino también un sistema político sui generis aunque plenamente democrático con sus defectos habituales de clientelismo, corrupción y mediocridad, el “peor con excepción de los demás”, según la frase clásica. Pero en el plano cultural sigue siendo un país esencialmente asiático, con un mestizaje complejo de algunos elementos occidentales. Para muchos japoneses y otros asiáticos, la propia noción de “lucha de clases” constituye un contrabando ideológico foráneo, indeseable y en gran medida inaplicable a su realidad nacional.

El espíritu de la “comunidad” prevalece sobre el de la “sociedad” y la nación sobre el internacionalismo. Sin embargo, este mismo “colectivismo” de matriz confuciana, tan opuesto al individualismo occidental, también da pie a un enfoque de tipo marxista, ya que rechaza el egoísmo individual como ensalza el espíritu trabajador y emprendedor, siempre y cuando este último se ejerza dentro de un molde comunitario. Habrá más coches de marca Rolls Royce en Hong Kong que en otras partes, pero también sus dueños millonarios deben donar para obras de beneficencia social, y el capitalismo frenético de Taiwan no impide una distribución del ingreso entre las más igualitarias del mundo periférico. Sin embargo, el capitalismo suele revolucionar permanentemente las relaciones sociales y sería extraño que el Japón sólo pudiera establecer una sociedad sin conflictos. Hubo grandes luchas obreras en la posguerra y cabe suponer que el éxito posterior de la economía japonesa está ligado a las derrotas de éstas, dando lugar, mediante una productividad fuertemente acrecentada, a un nuevo modelo de dominación y de acumulación, con enormes ganancias patronales y una organización laboral más “flexible”. Esta última no sería posible sin aquellas derrotas pasadas, pero tampoco sin ventajas reales para los trabajadores -especialmente la “aristocracia obrera”- que los transformaron en socios acti-vos y “conformistas” del sistema (Ichiyo, Introd. pp. 3 y ss.). Nadie ignora que el Japón se transformó de país pobre – pero no “subdesarrollado” – en rico, con un nivel salarial superior al de la mayoría de los otros países industriales; se convirtió en la mayor potencia financiera del mundo y un líder en muchas tecnologías claves. También figura como primero en la lista de “desarrollo humano” establecida por las Naciones Unidas, delante de Canadá, Suecia etc., aunque aquí pueda haber algunas dudas …

Independencia y aislamiento 

Esta hazaña está sin duda ligada al hecho de haber podido evitar la colonización europea y mantenerse independiente, gracias en particular a su pobreza en recursos naturales y su situación geográfica muy remota, que le valieron el desinterés de las potencias coloniales, contrariamente a China e India, llenas de recursos explotables y con mercados interesantes. Otra clave, tal vez no menos importante pero derivada de la primera, es su enorme aptitud para “copiar y mejorar” los adelantos técnicos occidentales. Como relata un autor japonés, pocos años después de haber comprado unos fusiles a los primeros portugueses desembarcados en Japón, sus habitantes ya habían adquirido la capacidad de reconstruir estos artefactos, que no conocían anteriormente, y no tenían ya interés en su compra (Kikuchi, pp. 20-21). Esta práctica de “ingeniería reversa” seguiría siendo uno de los puntos fuertes del Japón contemporáneo … La política de aislamiento radical seguida durante 220 años (1639-1859) – cuando el único punto de contacto con el mundo occidental era la factoría holandesa de la pequeña isla de Deshima, frente a Nagasaki – funcionó como protección a la industria: las ventajas comparativas del Japón estaban por entonces en la minería (plata, cobre, hierro) y la agricultura (arroz, trigo), y de este modo el libre comercio habría llevado a una especialización “a la portuguesa” y acabado con las artesanías japonesas (Morishima, p. 79), de manera análoga a lo que pasó en la India.

Cohesión nacional, consenso y empresa

Otra de las claves del éxito japonés está en su fuerte cohesión nacional y social que privilegia el consenso sobre el conflicto, enfatizando la cooperación y el “espíritu de equipo”. Hay pocas huelgas, bajos niveles de delincuencia y de desempleo etc. Este último suele ser estimado oficialmente en 2-3% y según conocedores del tema en unos 2-3 puntos más, en todo caso menos de la mitad que en Europa. Según el autor japonés ya citado:

Cuando las empresas occidentales tienen que enfrentarse a la recesión, tratan de achicarse despidiendo a los empleados que sobran. En similar situación, las empresas japonesas disminuyen o suspenden primero el pago de dividendos a los accionistas y las remuneraciones a los directivos, tratando de evitar al máximo el despido del personal. Esta realidad demuestra que las empresas occidentales existen para los accionistas, en cambio, las japonesas funcionan también para los empleados. Este hecho estimula la iniciativa del personal empleado, contribuye a aumentar la productividad, mejora la rentabilidad de la empresa y finalmente hace crecer la empresa manteniendo un razonable nivel de dividendos para los accionistas. Las empresas japonesas no se desprenden fácilmente de sus trabajadores, porque los consideran como parte de su patrimonio intelectual con tecnología y know-how propios. (Kikuchi, p. 141).
Otro autor resume varios de estos puntos clave como sigue:

Debido al empleo vitalicio, la participación en los beneficios y el salario determinado por la antigüedad, los sindicatos no se opusieron a la rápida introducción de la tecnología que ahorra mano de obra, y las empresas no se mostraron reticentes a invertir grandes sumas en la formación del personal. Dado el compromiso permanente de los administradores y asalariados con la empresa, la lealtad y la motivación para el trabajo diligente y responsable eran extremadamente altas. Debido a un elevado grado de participación en las decisiones tras amplias consultas, los trabajadores llegaron a ser socialmente conscientes, bien informados y alertas. (Oshima, p. 24).

Hay por lo tanto buenas razones para los trabajadores de “ser fieles” a “sus” empresas, a lo cual contribuyen fuertemente el sistema de salario por antigüedad y las ventajas adicionales, importantes, de la pertenencia a una gran empresa. Sin embargo, este sistema se limita (o se limitaba, ya que se debilitó) a un tercio aproximadamente de los asalariados (Ichiyo, p. 42), los “estables” de las empresas de primera línea, mientras que en todo el resto del universo empresarial las condiciones suelen ser mucho más precarias y los salarios y ventajas varias netamente más modestos. Hubo también, como describe este autor, luchas épicas de obreros, en particular de mineros y siderúrgicos, contra las “racionalizaciones” que los amenazaban y terminaron por eliminar su poder relativamente grande de los años de posguerra. Sin embargo, el sentido de “comunidad”, de “gran familia” etc. existe, al menos en este grupo importante y privilegiado. Según un empresario japonés, sus colegas “vencerán a sus rivales europeos porque éstos “están íntimamente convencidos que las organizaciones rentables, competitivas, son aquellas en las cuales están por un lado – y en lo alto – los que piensan, y por el otro – abajo – los que ejecutan.” (citado en Coriat, p. 13). Y “Los nuevos directivos jóvenes (de la posguerra, tras la purga de los anteriores) sentían mucha más afinidad con los trabajadores que hacia el propietario de la empresa.” (Morishima, p. 207). Sin duda, en el Japón la relación laboral es muy particular: más “comunitaria” más eficiente y en algunos aspectos más humana, pero también notablemente más alienante que en una empresa occi-dental. El anticonformismo tiene pocas posibilidades.

Los “pro-blemáticos” tienen que ser rechazados: entre las actitudes “sospechosas” que definirían a éstos figuran las de “negarse a reali-zar horas extraordinarias sin tener una buena razón para ello” o “utilizar totalmente el período de vacaciones pagadas” (Totsuka, p. 124). Agreguemos que este período es todavía de unas dos semanas, menos de la mitad de las de Europa. Y cabe señalar aquí que, según un especialista alemán, los japoneses trabajaban aún 2061 horas por año según el informe oficial de 1991, pero de hecho por lo menos el 15% más (dado que no se toman en cuenta las empresas con menos de 30 asalariados, dónde se suele trabajar mucho más), contra unas 1600 horas en Alemania (Pascha, p. 42). Este espíritu “comunitario” cuando no “colectivista” está ligado estrechamente al pensamiento confuciano que en su versión japonesa enfatiza particularmente:

[…] 1) la lealtad al estado (o al señor), 2) la piedad filial, 3) la fidelidad a los amigos y 4) el respeto a los mayores. Por tanto, y de acuerdo con la ideología confuciana, era bastante natural que se desarrollase una economía nacionalista-capitalista basada en un sistema de antigüedad y estabilidad en el empleo (…) El confucianismo siempre prestó gran atención a las relaciones mutuas entre las personas, y muy poca a la valoración del comportamiento individual en base a criterios como el ‘mandamiento de Dios’; el mundo confuciano sofoca el individualismo. Sin embargo el confucianismo era inte-lectual y racional, y por tanto compatible con la ciencia moder-na. (Morishima, p. 111).

La educación, factor clave 

No cabe duda que la educación, en su sentido más amplio, fue y sigue siendo uno de los elementos cruciales del éxito japonés. Según una especialista del tema:
[…] con una de las pobla-ciones mejor alfabetizadas del mundo, con una de las fuerzas laborales más competentes, en medio de una transformación produc-tiva y tecnológica de gran alcance y con una de las tasas de desempleo más bajas del mundo industrializado, el Japón parece estar preparándose para convertirse en una de las potencias mundiales más grandes de la historia. (Fonseca, p. 315).
El porcentaje de bachilleres (92%) es muy superior en Japón al de los otros países industriales, el énfasis está puesto en las ciencias y la tecnología, y la formación práctica complemen-taria se realiza en la empresa. La experiencia japonesa, aunque única, deja algunas lecciones sin duda útiles para otros países:

En primer lugar, la estrategia de desarrollo japonesa surge a partir del autoconocimiento de las fortalezas y limitaciones del país en un contexto histórico determinado. En segundo lugar, hay en los líderes una clarísima visión nacional que supieron adaptara las circunstancias cambiantes de la situación nacional particular y del entorno internacional. El compromiso político, la voluntad de desarrollo no cesa, no es afectada por los fuertes cambios históricos y socioeconómicos sino que evoluciona en el tiempo y se adapta a los requerimientos. Esta visión de largo plazo se sostiene porque se cultiva en la población japonesa, de manera consciente, la adhesión a los valores del país y del proceso de cambio. La educación dentro de este contexto no es vista en forma instrumental. Es un elemento dinamizador fundamental que permea tanto el ámbito de las destrezas laborales como la conformación de una conciencia nacional receptiva y propicia a la implantación de cierto modelo de desarrollo. De allí derivan la ética de trabajo, el entusiasmo y la fe en el poder movilizador de la escolaridad y de la educación en el más amplio sentido. Porque en el Japón, posiblemente más que en cualquier otra cultura, la educación es tarea permanente y responsabilidad de todos. (Ibid., pp. 315-6).

El papel crucial del Estado 

Todo esto se relaciona también con la llamativa estabilidad política japonesa. Un especialista francés resume así su trasfondo:

Los japoneses no tienen, frente al poder, la actitud de reverencia, de temor, de sumisión o, al contrario, de rebelión que adoptan tan fácilmente otros pueblos. Porque las estructuras sociales son, en el Japón, fuertemente jerarquizadas, que cada uno tiene allí su lugar y debe, para conservarlo, conformarse a lo que la colectividad espera de él, y porque, a cualquier nivel que se sitúe, cada uno tiene la impresión de estar asociado a las tomas de decisión, el poder aparece ser la cosa de todos y se encuentra, por este hecho mismo, mejor aceptado. (Robert, p. 22).

El contexto cultural confuciano, con su énfasis en el consenso y la autoridad, se relaciona también estrechamente con la acción orientadora multiforme del Estado, en particular a través del célebre Ministerio de Industria y Comercio Exterior (MITI). Y esta acción planificadora y orientadora del Estado, aun sin un sector público importante, siempre fue esencial. Con la “restauración Meiji”, el Estado creó empresas industriales, envió miles de estudiantes a Occidente, trajo a profesores, ingenieros y técnicos extranjeros para enseñar a los japoneses, creó un sistema educativo adelantado y Fuerzas Armadas poderosas y promulgó una Constitución moderna. Más tarde se privatizaron las fábricas y se reemplazaron los expertos extranjeros por japoneses. El papel del Estado siguió siendo muy importante hasta hoy, como orientador global del desarrollo tecnológico-económico. Entre los instrumentos de la política industrial hay que destacar las medidas proteccionistas, subvenciones y tasas preferenciales etc. en favor de ramas elegidas por su potencial de crecimiento y sus efectos dinamizadores. El Estado siempre favoreció la competitividad de las empresas mediante el fomento al ahorro y a la inversión y a una importante concentración de capital sin permitir demasiados abusos monopólicos. La apertura de mercados exteriores, del estadounidense en particular, permitiendo el crecimiento acelerado de los años 50 y 60, fue aquí otro factor crucial (Pascha, p. 106). En los años 50, lo prioritario fue la recuperación de la base industrial destruida hasta en un 90% en las ramas pesadas. Primero había que reactivar la extracción de carbón, ya que no había divisas para importar petróleo, reconstruir la capacidad de producción de energía eléctrica y de acero; en los años 50 los sectores prioritarios o estratégicos fueron las industrias siderúrgicas, petroquímicas, textiles, de maquinarias y de construcción naval, más tarde fueron sectores de tecnología avanzada. Los métodos fueron en particular la financiación preferencial, subsidios para investigación tecnológica, amortización especial y libre importación de bienes de capital considerados necesarios para elevar el nivel tecnológico, creación de zonas industriales con infraestructura moderna y un proteccionismo selectivo.

En tiempos recientes, la crisis del petróleo, particularmente impactante en Japón por su casi total dependencia de energía importada, fue superada gracias a esta acción de orientación estatal en cooperación dinámica con las empresas privadas, lo mismo que la “crisis del yen fuerte” en los años 80. En ambos casos, Japón logró incluso sacar nuevas ventajas de una situación muy complicada. “No hay mal que por bien no venga”, parecería ser el lema nacional entre 1945 y 1995… (Kikuchi). El Japón moderno tiene muchos puntos en común con los países de “capitalismo renano” (Albert) característico de Alemania, Holanda etc., que es muy distinto y sin duda bastante más eficiente económicamente, y mucho más aguantable socialmente, que el de tipo neoliberal. Si bien en el Japón se han acumulado algunas de las fortunas más grandes de la tierra, las desigualdades sociales son netamente menores que en Europa o Estados Unidos. La conocida expresión “Japón, Sociedad Anónima” (“Japan Inc.”) describe las estrechas relaciones entre Estado, patronal y aquel inamovible Partido Liberal Demócrata que algunos comparan con lo que sería la suma de los Partidos Demócrata y Republicano en Estados Unidos. Estos lazos simbióticos tienen un origen histórico en la época Meiji, cuando “las funciones de dirigente político, alto funcionario y empresario no se distinguían claramente” (Faure, p.110), evolucionaron obviamente después pero siguen siendo mucho más estrechos y orgánicos, menos conflictivos, que en los países occidentales.

Otro elemento esencial es el elevado nivel de ahorro, en parte sin duda derivado de un sistema muy pobre en términos de “Estado de bienestar social” a la europea, lo que obliga a ahorrar más para la vejez y el a acceso la vivienda, que es muy costosa. Podemos considerar la tasa de ahorro como resultante de varios factores socioculturales y también económicos. Como enfatiza un autor japonés, los trabajadores se encuentran explotados, aun fuera de la empresa propiamente dicha, y triplemente si se toman en cuenta el papel de la mujer, notoriamente discriminada y “apoyo” del marido estresado, las bajas tasas pagadas para los ahorros y el altísimo costo de la vivienda (Ikeda), lo que en conjunto equivale a un importante ahorro forzoso. Desde luego, el costo de la vida, incomparablemente más elevado que en el resto del mundo, relativiza en buena parte los altos índices de renta per capita. Así vemos distintos aspectos “Doctor Jekyll y Mr.Hyde” del sistema japonés: eficiencia notoria y competencia feroz -que se convierte en gran medida de interempresarial en competencia entre asalariados, como enfatiza Ichiyo-, sentimiento de “comunidad” y solidaridad, pero con pérdida de personalidad -de allí tal vez también el auge de aquellas sectas demenciales-, bienestar material pero viviendas minúsculas y tránsito monstruoso, “adición al trabajo” con importantes ventajas salariales y otras, pero implicando una suerte de esclavitud dorada y plenamente interiorizada… Obviamente, los conflictos de clase y otros existen bajo la superficie, y los inconformismos aumentan.

Perspectivas 

En su reflexión prospectiva sobre el siglo XXI, Paul Kennedy encuentra en el Japón algunas debilidades, como el envejecimiento de la población y su vulnerabilidad estratégica que resulta de un entorno geográfico tenso y de una fuerte dependencia de importaciones energéticas y otras. Pero constata que aquí también se buscan y encuentran respuestas como la robótica (cerca de tres cuartas partes de los robots del mundo están en Japón), el interés en la biotecnología (que puede reducir la dependencia de alimentos importados) y los avances en la producción con mayor eficiencia energética que Japón ya mostró en los últimos 20 años. Quizás exista la posibilidad de que Japón pierda su “cultura industrial”, un poco como la Gran Bretaña de hace un siglo, advierte Kennedy, o que conozca un retroceso similar al de los Estados Unidos en los años 80; la fuerte tendencia al conformismo se combina con la insatisfacción creciente de los jóvenes en una sociedad “adicta al trabajo” etc. Se ha hablado en años recientes de muertes por “sobredosis de trabajo” que pueden estar ligados al estrés de los superiores agravado por la menor disponibilidad de los jóvenes a plegarse a su ritmo (Pascha, p. 43). También está claro que el Japón, por sus características culturales singulares, difícilmente podría cumplir un papel mundial en el siglo XXI como Estados Unidos en el actual o Gran Bretaña en el XIX. Sin embargo, su supremacía tecnológica y su enorme capacidad de adaptarse a los cambios son elementos que siguen favoreciéndolo frente a sus rivales. Estaría reformando todavía su sistema educativo para preparar a sus científicos de mañana, fomentar una mayor creatividad individual y adaptarse mejor a la globalización (Fonseca, p. 314). La recesión de los años 90, en todo caso, fue un golpe duro. Saskia Sassen, profesor de la Colombia University, enfatiza en 1992 las brechas crecientes de ingreso entre “nuevos ricos” y “nuevos pobres”, entre salarios obreros estancados y altos sueldos de los ejecutivos así como entre trabajadores de jornada completa y los de jornada parcial.

Hay menos seguridad y un mayor estrés asociado con el trabajo. Muchos trabajadores padecen fatiga crónica y enfermedades vinculadas con la actividad laboral. Desde 1989, un promedio de 10.000 trabajadores por año murieron de hemorragias cerebrales causadas por la tensión laboral. Muchos japoneses nunca tendrán una casa propia. Ahora hay hipotecas a 90 años, lo cual le da a la gente la posibilidad de comprarse una casa que pagarán tres generaciones. (Una costosa fractura social, Clarín, 26-5-92).

“En los últimos 20 años han surgido aproximadamente un millar de nuevas sectas”, dice el agregado de prensa de la Embajada de Japón en Buenos Aires. La tensión social, la competencia excesiva, el escaso contacto entre amigos y vecinos son posiblemente los principales factores que incidieron en el crecimiento de las sectas. (Japón, Cielo e infierno, Clarín, 3-4-95). Es por lo tanto mucho lo que pueden aprender del Japón otros países, pero también es evidente que sus éxitos se dieron en un contexto mundial particularmente favorable y en condiciones internas muy específicas, no siempre dignas de imitación y difíciles de repetir en otros momentos y otras regiones. Sobre todo a partir de 1995 el país mostró varias grandes debilidades que motivaron titulares como “Un coloso de finanzas de barro” y “Le Japon en panne” (Le Monde diplomatique, octubre de 1993 y julio de 1995), o “Sombras sobre el Japón” (Frankfurter Allgemeine Zei-tung, 2-8-95) en importantes periódicos … En el penúltimo de estos editoriales leemos entre otras cosas lo siguiente:

La edad de oro terminó. El mito de la excelencia también. Hay algo de podrido en el archipiélago de Nipón. Varios de los pilares en los cuáles se sustentó su éxito extraordinario han sido corroídos seriamente. Todo el edificio amenaza con derrumbarse. Una situación alarmante, pues lo que sucederá en los próximos tiempos en la superpotencia Japón tendrá repercusiones en toda la economía mundial … Queda también la gran hipoteca de las relaciones nada amistosas entre el Japón y sus vecinos. En octubre de 1995 todavía, el primer ministro Murayama causó escándalo en Corea
[…] cuando dijo en el Parlamento de Tokio que el Tratado de Anexión de 1910 habría sido legalmente válido. Esto reflejó el viejo argumento del Japón, pero sorprendió porque el señor Murayama había aparecido como uno de los pocos líderes políticos japoneses que lamentaba genuinamente el militarismo japonés pasado. Es posible argumentar que el acuerdo de 1910 haya sido legal en el sentido estrecho de que fue firmado por un primer ministro coreano, pero éste era una marioneta del Japón. Y los libros de historia están virtualmente unánimes en que esto fue impuesto a Corea por medios militares. El Japón había asesinado antes a una reina coreana y obligado al país por presiones militares a convertirse en su protectorado… (International Herald Tribune, 12-10-95).
Desconfianza es sin duda la palabra que más define las relaciones del Japón con sus vecinos. Entre las críticas dirigidas a sus empresas en estos países figuran la explotación por los bajos salarios, los intercambios desiguales, la promoción del consumo suntuario, las limitaciones de la transferencia de tecnología, la exportación de la contaminación y el desequilibrio de los intercambios. Estas críticas, admite un autor japonés, son justificadas en la mayoría de los casos, aunque se podrían dirigir por igual a las empresas norteamericanas. Se perdonan menos a ellas, dice, porque son vistas como continuadoras del imperialismo japonés. Pero, agrega, hay dos otros motivos de rechazo:

La segunda razón es de orden cultural. Los japoneses no pasan desapercibidos y son frecuentemente ruidosos, particularmente cuando viajan en grupo. Pero, psicológicamente, los asiáticos, en su alma profunda, consideran a los japoneses como unos nuevos ricos y los comparan desfavorablemente a los antiguos colonizadores europeos, calificados de “elegantes”.Se puede decir que estos asiáticos siguen aún prisioneros del colonialismo del pasado. La tercera razón es la relación estrecha que mantiene el gobierno japonés con la clase dirigente del país huésped. El Japón, mediante la ayuda al desarrollo, apoya a los regímenes autoritarios del Asia. Por eso el movimiento antijaponés en estos países es un movimiento antigubernamental… (Takayanagi, p. 131). (Y viceversa, obviamente.)
Kenzaburo Oe, ganador del Premio Nobel de Literatura, manifestó por su parte en una entrevista a la revista alemana Stern (22-6-95):

[…] los japoneses son seres esquizofrénicos. No pertenecemos realmente a ningún lado. En Asia también estamos muy aislados, en los campos cultural, artístico, político, social. A veces pensamos haber huido de Asia y llegado a ser miembro de la civilización europea, pero obviamente no es así. No pertenecemos realmente ni a Europa ni al Asia …


REFERENCIAS
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La Plata y Tandil, especializado en temas del desarrollo, integración regional y relaciones económicas internacionales. Autor de El peronismo y la economía mundial. Modelos de inserción económica internacional del peronismo, 1946-55, 1973-76, 1989-?, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1992.
Fuentewww.mononeurona.org
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