Inteligencia, racismo y educación

En 1969, Arthur Jensen, un sicólogo de la Universidad de California en Berkeley, utilizando los exámenes de IQ (Intelligence Quotient) propuso que la población blanca era intelectualmente superior a la negra en alrededor de 15 por ciento. También afirmó que la diferencia entre ambos grupos humanos tenía un origen genético.

Si bien el argumento de su investigación no era novedoso, el método para realizarla llamó la atención. Este académico californiano tuvo al alcance una herramienta de medición nunca antes usada para defender la teoría de la superioridad entre razas humanas a partir de la genética: los exámenes de IQ. Éstos comenzaron a practicarse a partir de 1942 y por tanto contaba con una serie de 27 años con datos analizables.

Desde el siglo XIX, otros varios contempladores de lo humano habían intentado utilizar argumentos científicos para sustentar ideas similares. Entre otros, fueron militantes abiertos del fundamentalismo genetista los escritores Louis-Ferdinand Celine, de origen francés, y H.G. Wells, de Gran Bretaña. En su día, también Emilio Zola dio cuenta de esta tendencia supuestamente progresista de los intelectuales europeos, en su novela El Doctor Pascal, última entrega de la larga serie de Los Rougon-Macquart.

Lamentablemente, muchas fueron las plumas influyentes para ayudar a que, ya entrado el siglo XX, la xenofobia se convirtiera en una ideología. La cual, por desgracia, terminó dando vigor a un amplio movimiento nacionalista en toda Europa. Sin esta influencia decimonónica, el nazismo difícilmente hubiera encontrado tan numerosos adeptos, y probablemente los campos de concentración donde los judíos fueron ejecutados no habrían existido.

Fuente: novenet.com.mx