Insidioso poder del racismo

Creciendo en los años cincuentas y sesentas, parecía que los programas de televisión interrumpían su transmisión muy a menudo para dar un desconcertante anuncio familiar: “Interrumpimos este programa para darles un boletín especial de noticias.” Solemne y sin adornos, aquellas palabras nunca significaban buenas noticias, y aun siendo niño, me daba cierto temor. Si las noticias ocurrían durante las horas de escuela, nuestro director hablaba inesperadamente en el micrófono.

Uno de esos anuncios se hizo el 4 de abril de 1968. Mons. Paul Morris, director de la escuela secundaria Obispo Byrne en Memphis, habló por el micrófono para informarnos que el Dr. Martin Luther King, Jr. había sido asesinado en nuestra ciudad. Su anuncio fue seguido de un silencio asombroso y, sin duda, de temor, porque empezábamos a comprender su significado y sus ramificaciones. Cuando recuerdo ese día, me pregunto cómo esta noticia se escuchó y cual fue el sentimiento que produjo para los pocos estudiantes afro-americanos en nuestra escuela, entre los cuales había un amigo muy cercano. ¿Fuimos nosotros a mostrarles nuestro consuelo y amabilidad?

Desde muy temprana edad, yo había sido consciente que nuestra ciudad del sur estaba dividida por la raza y la economía, aunque al comienzo no entendía totalmente cómo esa división injusta determinaba tantos detalles en la vida diaria.

Fuente: catholicexplorer.com