Tercer sector: la sociedad civil organizada u organizable

En el sentir común más ampliamente utilizado y generalizado hoy, la “sociedad civil” viene a identificarse con la sociedad sin más; adjetivarse con referencias localizadas: sociedad civil nicaragüense, española, sociedad civil europea, alemana. Pero también sigue ampliándose su teorización sin decir referencia a ningún espacio concreto, incluso no siempre se identifica con el Tercer Sector y su carácter.

La primera discusión que surge hoy se refiere al contenido que se le está dando al calificativo de “civil”. Acentuando esa especificación se está queriendo precisar su composición y calidad como nuevo sujeto de un conjunto de modos de hacer, con sus características atribuciones también nuevas que nacen o se ajustan a las surgidas en los años 90 tras los duros embates del neoliberalismo, amenazando y provocando la crisis de la sociedad o del Estado del bienestar.

Por ello no es vano recurrir a los significados que los diccionarios dan al término “civil”: como la “condición de ciudadano”, “persona de la civitas”, de la ciudad, de la “polis”, en el mejor sentido clásico del derecho romano y de la democracia griega; también encontramos que “civil” se refiere a lo “propio de la ciudadanía”, de la civilidad, del civismo, de la convivencialidad.

Y se diferencia por oposición de “lo militar”, “lo político”, “lo religioso”, “lo mercantil” y “lo incivil” que, en cierto modo, pueden parecer sus contrarios pero que, en  todo caso, nos ayudan a ir concentrando sus espacios y el valor que puede -y quizás deba- tener lo civil, sobre todo en la cultura democrática. Por ahora lo utilizaremos para distinguir la sociedad civil de los otros Sectores.

La gente, en su vida diaria “en sociedad”, cumple distintos papeles o tareas que la definen como productora, consumidora, contribuyente y electora. Sin referirnos a los niveles o grados desde los cuales se ejecutan dichos papeles, funciones o dimensiones de la persona y de los colectivos, grupos o clases sociales, podemos agrupar y definir esas funciones como sigue:

  • Como contribuyente y electora, la sociedad civil es la base de sustentación y la legitimadora del Primer Sector, su soporte, la raíz de toda soberanía y la fuente única del poder y sus recursos. Posteriormente, el Estado y sus aparatos usan, gestionan, gobiernas o administran como propio, a veces en contra y casi siempre al margen de “sus fuentes” y de “su razón de ser”.
  • En cuanto productora y consumidora, la sociedad civil es el soporte  básico, insustituible, para la existencia del Segundo Sector; lo que no significa que sea la sustentadora del poder económico que, desde hace mucho tiempo, se construye al margen de ella y, en la mayoría de los casos, en su contra.

Esas dimensiones sociales y públicas son el fundamento del Estado (Primer Sector) que se da la sociedad a si misma y del  Mercado (Segundo Sector) que debería estar al servicio de esa misma sociedad. Es claro que la persona, incluso individualizada, no queda disociada por el ejercicio de dichas funciones que son cumplidas de manera simultánea sin ningún tipo de esquizofrenia mental ni ejercicio de sus derechos y de sus responsabilidades dentro de la Sociedad.

Pero con sus dimensiones no ésta agotada la gran condición fundante de los Derechos Humanos: la ciudadanía. Podíamos decir que aún sin agotar todo el sentido que tiene -entre otras cuestiones porque estamos en proceso creciente de descubrirlo- la ciudadanía, además de un título por el se nos reconoce “ser de una entidad superior” (Estado, nación, “institución”, corriente de pensamiento o acción, donde se reclama la pertenencia hablando de reconocimiento de “su carta de ciudadanía en…”), es en la actualidad una potencialidad a desplegar en el descubrimiento de nuevos espacios de derecho y libertad para las personas ciudadanas. Es decir, la ciudadanía forma parte de la ciudad y la civilidad, que es la expresión del modo de vivir convivencial y organizadamente con los demás en los actuales asentamientos humanos, constituidos en unidades de socializad, orden y derecho común.

La condición plena de “ciudadanía organizada” se sitúa, frente o contra  los otros Sectores, en tanto en cuanto los poderes ejercidos por el Estado o por el mercado no sirvan a sus derechos y libertades, que es lo mismo que decir cuando

– no satisfagan sus necesidades y demandas,
– no respondan a sus ideales y aspiraciones,
– no compartan sus ideas y valores,
– no garanticen la seguridad de su vida en cada circunstancia,
– no posibiliten el proceso de creatividad desde su propia, hija de sus tradiciones y cultura y proyectada hacia el futuro que va abriendo.

Porque la razón profunda del Estado democrático-la auténtica “razón de Estado” en todas sus múltiples formas y dimensiones -y la del Mercado- en todas sus formas y dimensiones, también-no puede estar fuera del servicio a la sociedad civil que los sustenta y justifica haciéndoles ser lo que son.

En ese nivel hemos de situar a la sociedad civil, sus organizaciones y movimientos sociales; también el sentido de la solidaridad: son los grupos conscientes de personas ciudadanas organizadas-así como las mismas organizaciones-quienes deben ir ampliando y profundizando (exigiendo) el espacio de conciencia y de afirmación de sí mismas como sociedad civil, conscientes de que ésa es una difícil tarea que hay que construir (conquistar) en las próximas décadas y que requiere mucha constancia.

En ciertos continentes -fundamentalmente en América Latina- y por determinados grupos-en especial de mujeres, de pueblos indígenas y movimientos campesinos, de “educación  popular”, de vecinos y pobladores y de algunas ONG  vinculadas con dichos colectivos-se está avanzando hacia la conquista de una ciudadanía más consistente desde donde se ganen espacios y formas de “empoderamiento” civil, ético y social con proyección y sostenibilidad  futuras. El movimiento no es suficientemente fuerte, si bien ya han comenzado a ser reprimidos y descalificados por las cúpulas del poder de las democracias nuevas que -¡pesadas herencias pasadas!- aún no se han creído que la única manera de consolidarse como democracias está en que crezcan y se fortalezcan los tejidos sociales de sus sociedades civiles con  conciencia de ciudadanía “empoderada” y lista para inaugura prácticas de democracia directa y participativa en los ámbitos de lo local (municipios, unidades comerciales, unidades “culturales” identificadas y definidas, hasta la misma Nación).

La gran cuestión que hay que descubrir y construir, que hay que potenciar hasta límites insospechados en estos momentos, es la referida al “poder civil”. Es decir, al tipo de poder que la sociedad civil deberá encarnar, ejercer y expandir no sólo para controlar -¿someter?- a los poderes del Estado y del Mercado, sino para instaurar para siempre las condiciones y el derecho, que de forma creciente y creativa institucionalicen -sin cosificarlo ni burocratizarlo, sin apropiación indebida ni corrupciones- el poder o los poderes que en ella radican. Tales poderes, radicados en la sociedad civil, han de ser gestionados democrática y democratizadoramente, dialogantemente, culturalmente, transparentemente, tolerantemente, humildemente -sin arrogancia-, eficaz y creativamente. (Según todos los analistas, para esta  gran tarea, reto o desafío, es imprescindible la corporación masiva y “empoderada” de las mujeres y sus organizaciones defensoras radicales de todos sus derechos en todas las esferas de la vida y del mundo.) Dicen que el siglo XXI será el siglo en el que este sueño se realice.

Autor: Carmelo García, “Solidaridad, sociedad civil y derechos humanos”.
Extracto del libro Radicalizar la democracia, Foro “Ignacio Ellacuría”