España y México: encuentros y desencuentros

Miguel León Portilla, insigne historiador mexicano, hace un veloz repaso de los principales momentos en que los destinos de México y España se han trenzado, a veces con docilidad y a veces con violencia, hasta llegar al día de hoy, caracterizado por la amistad y por la espuela de la economía.

Para entender y valorar lo que son hoy la relaciones diplomáticas, económicas, sociales y de mutuo conocimiento entre España y México, bueno será atender a la historia. Esta nos lleva a plantearnos una primera pregunta: ¿Cuándo y cómo se iniciaron dichas relaciones? ¿La llegada y la conquista consumada por Hernán Cortés marcó el inicio de ellas? A esta pregunta se han dado respuestas diferentes y opuestas entre sí. No han faltado quienes estén por la afirmativa. Para éstos, la relación de México con España se inició cuando Cortés invadió el imperio de Moctezuma, al que venció y sobre cuyo pueblo y territorio impuso el yugo español.

Diferente es la respuesta de otros. La relación México-España no se inició con la Conquista porque lo que hoy entendemos como México no existía aún. Los aztecas o mexicas, si bien eran tardíos herederos de la gran civilización mesoamericana con más de 2.500 años de antigüedad, eran un grupo relativamente pequeño que, por la fuerza de las armas, se había impuesto sobre un cierto número de pueblos. Muchos de ellos hablaban lenguas diferentes y tenían rasgos culturales en varios grados distintos.

Para los primeros –los que postulan una continuidad entre los aztecas y el México moderno–, la historia de las relaciones entre éste y España tuvieron un comienzo de brutal agresión, del que se siguieron toda suerte de antagonismos y rechazos. Quienes así interpretan la historia suelen asumir una actitud hostil frente a España y lo español. En cambio, para los que no reconocen la continuidad política, cultural y lingüística entre la nación azteca y el México actual, la realidad ha sido muy diferente. Coinciden muchos de ellos en que la cultura azteca y, más ampliamente, la de todos los pueblos que a través de milenios se asentaron en el territorio de lo que hoy es México, constituyen antecedentes muy estimables, más aún, admirables, que han dejado una impronta en el ser de los modernos mexicanos. Pero reconocen a la vez que en éstos existen también numerosos rasgos y elementos de origen hispánico. Entre ellos perciben la vigencia de la lengua española hablada por la inmensa mayoría; una visión del mundo de raíz cristiana, con sus fiestas y conmemoraciones, así como un sinfín de referentes de origen europeo. Se muestran además conscientes de que el México de hoy es resultado de fusiones étnicas principalmente entre indígenas y españoles y, en menor grado, con otras gentes de origen también europeo, africano y asiático.

Los que así interpretan la historia asumen que el ser del México moderno se ha ido integrando a lo largo de varios siglos, los de la llamada Nueva España y luego los del país ya independiente. Para éstos, como ocurrió con los franceses y españoles, el inicio de su ser nacional no parte de una invasión, como fue la de los romanos, con la consiguiente imposición de cuanto implicaba su imperio. Y como los modernos franceses y españoles, que ni por asomo rechazan a Julio César y su cultura, tampoco tales mexicanos recriminan a Cortés por sus conquistas y en todo caso ven en él al “menos malo” de los conquistadores. Preguntados acerca del origen de la relación México-España, su respuesta podrá ser paralela a la que darían un francés o un español acerca de su relación con la cultura de Roma y la latinidad y todo lo que de ella asimilaron, incluyendo la raíz misma de la lengua que hablan, calificada de romance.

La consideración que he expresado –y que quizás parezca a algunos una simpleza– ayudará a comprender la actitud, en ocasiones agresiva o ambivalente de ciertos mexicanos modernos ante España y lo español. Pero, por encima de esto, debe reconocerse que en el ser de un elevado porcentaje de los mexicanos contemporáneos conviven, asúmase o no, lo indígena y lo hispánico.

Ahora bien, partiendo de tal reconocimiento, que a algunos parecerá obvio y a otros quizás no tan cristalino, interesa pasar revista a otros momentos de la historia en los que se han producido encuentros o desencuentros entre España y México, no sólo el moderno sino también el que vivió los siglos de su formación novohispana.

Encuentros y desencuentros en los siglos de la Nueva España

Para entender y valorar lo que son hoy la relaciones diplomáticas, económicas, sociales y de mutuo conocimiento entre España y México, bueno será atender a la historia. Esta nos lleva a plantearnos una primera pregunta: ¿Cuándo y cómo se iniciaron dichas relaciones? ¿La llegada y la conquista consumada por Hernán Cortés marcó el inicio de ellas?

A esta pregunta se han dado respuestas diferentes y opuestas entre sí. No han faltado quienes estén por la afirmativa. Para éstos, la relación de México con España se inició cuando Cortés invadió el imperio de Moctezuma, al que venció y sobre cuyo pueblo y territorio impuso el yugo español.

No haré un catálogo de las diferentes y aun opuestas posturas que se dejaron sentir entre la población emergente del país, los criollos y mestizos, así como los indígenas, y los entonces llamados “peninsulares”, que en considerable número se habían establecido en México. Comenzaré recordando el aprecio muy grande que mostraron los descendientes, en todo o en parte, de origen español, al igual que los indios, respecto de los frailes, en particular los franciscanos. Bien ilustra esto una pintura mural de José Clemente Orozco en la que se ve a un indio buscando refugio a los pies de un fraile.
Se conocieron también en la Nueva España las denuncias de otros frailes, en particular deBartolomé de las Casas. Más de uno pudo leer su Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Y muchos más apreciaron en forma directa la realización de la utopía que llevó a cabo don Vasco de Quiroga con sus pueblos y hospitales para apoyo de los nativos.

Un acercamiento a la cultura que florecía en España tuvo lugar al fundarse en 1536 el Imperial Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco. Allí sabios indígenas y franciscanos fueron maestros de jóvenes nativos, y relacionaron el humanismo hispánico con los mejores logros de los antiguos pueblos de Mesoamérica. Y también fueron fecundos encuentros con la cultura de España, y de toda Europa, el establecimiento de la imprenta en México en 1539 y la fundación de la Universidad en 1551. Otro acercamiento, que merece recordarse, se debió a Fray Bernardino de Sahagún, quien, con sus colaboradores indígenas, realizó una amplia y profunda investigación para conocer y valorar “el quilate” de la cultura indígena, que en muchos aspectos se le mostró admirable.

Acercamientos siguió habiendo y en el siglo xvii se dieron, entre otros, los protagonizados por el dramaturgo Juan Ruiz de Alarcón y la poeta Juana Inés de la Cruz. Con la maravilla de su palabra enriquecieron ambos la literatura española de todos los tiempos. Y en la centuria siguiente otros encuentros se produjeron de muy grande trascendencia fruto de la convivencia de sabios mexicanos y españoles en el Colegio de Minería. Entre sus muchas aportaciones estuvo el descubrimiento del vanadio y el tungsteno. Y en el campo de las navegaciones y la cartografía, españoles y mexicanos, gracias a varias expediciones a partir del Departamento Marítimo de San Blas, completaron la imago mundi en el noroeste de América, desde las Californias hasta Alaska. Es este un capítulo olvidado de una historia en común que hizo posibles unas aportaciones más tardías de marinos de otras nacionalidades.

Desencuentros se produjeron, en cambio, al percatarse, durante el periodo novohispano, de que los altos cargos en el gobierno civil y eclesiástico recaían casi siempre en peninsulares. Y también al contemplar cómo trataban algunos de éstos a los indios en la encomiendas, las minas y los obrajes. De rechazo también fue la presencia de esclavos negros empleados como capataces para vigilar el trabajo de los indios.

Pero, por encima de todo, fue muy significativo el acercamiento y fusión de gentes, españoles, indígenas y negros, que dio lugar a una nueva sociedad, si se quiere con grandes diferencias económicas y de estatus, pero que, con el tiempo, constituyó el gran conglomerado humano del país. Ese nuevo pueblo, así como los indios marginados y disminuidos en número, de varias formas hizo suyo el cristianismo. Y tan lo hizo suyo que lo reinterpretó a su modo. Se apropió, por ejemplo, del santo que, según se decía, había dado apoyo a los españoles. Santiago se hizo omnipresente, no sólo en los templos sino también en centenares de pueblos y aun ciudades que lo adoptaron como parte de su toponimia. Más patente aún fue la apropiación del culto a la Virgen María que, según se afirmó, se había aparecido y dejado su imagen a un indio. Guadalupe ocupó el lugar de la antigua diosa madre y, al lado de Nuestro Señor Jesús, reintegró la suprema deidad dual, Nuestra Madre, Nuestro Padre, adorada en los tiempos prehispánicos.

Al ocurrir la independencia y el primer siglo del país que se llamó México

Seré aquí muy breve, a pesar de que habría mucho que decir. El enfrentamiento de los insurgentes con los ejércitos realistas se prolongó más de diez años. Hubo muchas muertes y enormes pérdidas materiales. La independencia se consumó en forma extraña. Un general realista, Agustín de Iturbide, hijo de español, y un caudillo rebelde, Vicente Guerrero, concertaron la paz y la independencia del país. Un virrey que llegó por esas fechas, Juan de O’Donojú, reconoció los hechos consumados y aceptó por su cuenta la independencia de México. Como se diría, “lo salvó la campana”, pues murió pronto de pulmonía sin retornar a España, donde es de pensarse que le habría ido muy mal.

España, que se había debatido en su propia guerra de independencia en contra de Napoleón, se mantuvo firme y no aceptó la de México. Hasta cinco años después de consumada ésta conservó un bastión, el fuerte de San Juan de Ulúa, inmediato al puerto de Veracruz. Al final, asediado el fuerte por tierra y por mar, tuvo que rendirse. Quienes tomaron el fuerte, dejaron salir con honores a los españoles, que fueron transportados a Cuba en navíos mexicanos.

Cuatro años después, España intentó “reconquistar” a México y envió una expedición al mando del brigadier Isidro Barradas. Sus tropas fueron derrotadas. En México, como reacción, se decretó la expulsión de los residentes españoles. Muchas familias quedaron desgarradas. Y, siendo verdad que no pocos de los expulsados regresaron más tarde al país en donde habían nacido sus hijos, quedó la herida del rechazo.

Acción muy diferente fue la del general Juan Prim, el cual, en 1861, comandó la escuadra española que, junto con las enviadas por Francia e Inglaterra, se presentó frente a Veracruz para exigir el pago de las deudas de México con dichas potencias. Al percatarse Prim de las intenciones de los franceses enviados por Napoleón III, en el sentido de invadirlo e intervenir en sus asuntos internos, retiró su escuadra. En la ciudad de México hay una céntrica calle que ostenta su nombre.

Aunque no en grandes números, durante el siglo XIX y años siguientes se mantuvo una corriente de inmigrantes españoles que llegaban a México “a hacer la América”, es decir en busca de fortuna. La gran mayoría de éstos se arraigó para siempre, consolidó vínculos familiares y, con su ingenio y trabajo, contribuyó a la prosperidad del país. Recordación de esto la ofrece la mansión que existe en Colombres, Asturias, el “Museo Indiano”, que conserva testimonios de la presencia de asturianos que, con montañeses, gallegos, vascos y otros, se asentaran en México, renovando vínculos de acercamiento.
La Revolución Mexicana de 1910 interrumpió ese flujo. Para muchos españoles que vivían en México trajo tiempos difíciles. No pocos, dueños de haciendas y ranchos, perdieron sus propiedades. Sin embargo, esta vez no salieron del país. Los años que siguieron a la Revolución les permitieron recuperarse. Algunos de ellos, como el leonés Pablo Díez y el asturiano Carlos Prieto, crearon grandes empresas y apoyaron a sus paisanos. Una muestra de ello es el Sanatorio y la Beneficencia españoles, que hasta hoy perduran sirviendo por igual a “peninsulares”, a sus descendientes y a muchos mexicanos.

Al tiempo de la Guerra Civil Española y de lo que a ésta siguió

Lázaro Cárdenas era entonces presidente de México. Al estallar el levantamiento franquista, su gobierno mantuvo las relaciones con la República Española. Incluso la apoyó proporcionándole armas. A diferencia de Alemania e Italia, que sentaron banderas con Franco, y a diferencia también de Francia e Inglaterra, que se lavaron las manos declarándose neutrales, México se comprometió con la causa de la legalidad en España.

Desde poco antes de la derrota de la República, miles de españoles de diversas ideologías, pero opuestos a la posturas fascistas de los seguidores de Franco, comenzaron a salir de su país. Sólo huyendo podrían salvar sus vidas. El colapso final de los republicanos incrementó esa salida. Muchos de los que así escaparon entraron en Francia. Allí fueron internados en campos de concentración. La Segunda Guerra Mundial iba a poner de nuevo en grave peligro sus vidas.

Una acción ejemplar de encuentro se produjo entonces. El presidente Lázaro Cárdenas, aconsejado por varios intelectuales y colaboradores suyos, decidió abrir las puertas de México a cuantos exiliados españoles fuera posible. Como lo escribió en su diario, llegó a pensar en recibir a medio millón de españoles. Con el patrocinio del gobierno mexicano y el apoyo de algunas organizaciones republicanas, miles de españoles pudieron embarcarse con destino al puerto de Veracruz.

Los exiliados españoles, “los refugiados” que se establecieron en México, fueron cerca de veinticinco mil en un principio, y luego su número aumentó hasta cerca de 35,000. La mayoría pensaba que su exilio sería transitorio. El paso de los años los convenció de que su estancia iba a ser duradera. Muchos adoptaron la nacionalidad mexicana y se consagraron al trabajo con arreglo a sus profesiones y capacidades.

México, manteniendo su lealtad a la República Española, no sostuvo relaciones diplomáticas con el gobierno franquista. Por el contrario, siguió reconociendo a la República en el exilio y aun llegó a ser sede del gobierno de la misma por algún tiempo. Esto, que a algunos podrá parecer una ficción, ha tenido significación como un símbolo de enorme acercamiento.

Entre los exiliados había buen número de hombres y mujeres con títulos universitarios en disciplinas científicas y humanistas. La mayor parte de ellos se incorporó a instituciones mexicanas, universidades y dependencias públicas. Integraron el grupo que se ha llamado de “los maestros del exilio español”. Su presencia ha dejado honda huella en el país. Sería largo recordar aquí sus nombres. Baste con decir que eran portadores de la crema cultural de España. Su patria había invertido grandes recursos en formarlos. Los perdió entonces y México se enriqueció con ellos. En este país se les recuerda con cariño y admiración. Nueva forma de encuentro ha sido el establecimiento de una cátedra del exilio español gracias a un convenio entre las universidades de Alcalá de Henares y la Carlos III con la Universidad Nacional Autónoma de México. Esa cátedra sesionará a ambos lados del Atlántico, y enriquecerá la memoria de un encuentro con perdurables consecuencias.

En la actualidad, son muchos miles los descendientes de esos exiliados que se sienten plenamente mexicanos y a la vez vinculados con España. La presencia de sus padres y abuelos y la de ellos mismos difiere de la de los españoles que llegaron para “hacer la América”. La mayor parte de éstos, llegados con escasa preparación escolar, trabajó en tiendas de abarrotes y panaderías, o como artesanos, obreros, empeñeros y empleados de bares, hoteles y plantaciones. Cierto es que no pocos de esos españoles, apodados desde el Virreinato “gachupines”, lograron superarse, se fundieron con el resto de la población y contribuyeron al desarrollo del país.

Las relaciones de México y España en la actualidad

Sin que haya contado mayormente la filiación política de los gobernantes de uno y otro país, puede afirmarse que, desde que se reanudaron las relaciones diplomáticas tras la muerte de Franco, éstas han sido excelentes. De hecho, México y España han colaborado en diversos foros internacionales. Cuando se conmemoró el Quinto Centenario del primer viaje de Colón, México propuso que se enmarcara tal efeméride como el “encuentro de dos mundos”. La intención era tomar también en cuenta a los pueblos indígenas. Aunque los españoles se sorprendieron al principio, y aun algunos rechazaron la propuesta, a la postre las comisiones conmemorativas de ambos países y de otros muchos la adoptaron.

Las relaciones sociales y culturales entre España y México parecen hoy también excelentes. Existen intercambios de muchos géneros y son cada vez más numerosos los que, desde la Península, visitan México y los que de este país van a España. Y siguen siendo muy numerosas las familias emparentadas a ambos lados del Atlántico. Sin embargo, los mexicanos y muchos otros latinoamericanos echamos de menos un interés más amplio y profundo entre los españoles en lo referente a Iberoamérica. Cierto es que se han venido celebrando “cumbres” en las que participan los jefes de Estado y de gobierno de los más de veinte países en que se habla español y portugués. Pero en España, que es ya miembro de la Unión Europea, no sólo se conoce poco a los iberoamericanos sino que parece que hoy se los mira con desdén. A veces se les llega a llamar “sudacas” y, a los de varios países, para entrar a España, se les exige visado. Y aunque México escapa a ésta y otras restricciones, la atmósfera que se percibe en España es la de que muchos en ella, considerándose país del Primer Mundo, miran de arriba abajo a los otros, con quienes han tenido tantos vínculos.

Y entremos ya en el campo de las relaciones económicas. Muchos miles son ahora los latinoamericanos que marchan a España no como turistas sino como trabajadores. Esto ocurre sobre todo con ecuatorianos, colombianos, peruanos y argentinos. En contraposición, son sólo centenares los españoles que marchan a México y al resto del continente no ya para “hacer la América” al modo de antes. Son ahora empresarios, banqueros, industriales, diríamos que “ejecutivos” enviados por sus centrales en España. Los que así se establecen transitoriamente en México y otros países latinoamericanos llegan a administrar grandes bancos, plantas industriales y energéticas, corporaciones dedicadas a las comunicaciones o a la fabricación de tales o cuales productos.

Grandes empresas españolas tienen hoy día puesto el pie en México y el resto de Iberoamérica. Algunos bancos, como el Santander y el Bilbao Vizcaya, y empresas como Iberdrola, Fenosa, Telefónica, Gas Natural y Meliá han hecho inversiones muy grandes en todo el continente. De ellas obtienen ganancias fabulosas de las que dan cuenta los reportes económicos en diarios y revistas. España parece haberse volcado a una nueva especie de conquista, no ya para extraer oro sino recursos mucho más sustanciosos a través de sus bancos y otras empresas.

¿Es justo o injusto hablar de una nueva conquista en tierras americanas? Si muchas veces el que esto suceda es consecuencia de incapacidad o de corrupción en México y otros países, ¿no es acaso pertinente que los españoles reflexionen sobre lo que está ocurriendo? Pensemos en casos como los de las aerolíneas argentinas o el más reciente de Repsol en Bolivia, o en el de los bancos españoles que son ya dueños de gran parte de los más importantes que existían en México, y enterémonos de las ganancias que obtienen año con año.

¿No convendrá replantear las relaciones económicas entre nuestros países? ¿Habrá de continuar la extracción desmesurada de ganancias? ¿Cómo podrá enderezarse este proceso? Una larga historia de encuentros y desencuentros ha entretejido las relaciones entre países que hablan una misma lengua y mantienen seculares vínculos de cultura.

¿Carece de sentido pensar en la organización de empresas binacionales con una equilibrada participación económica y de personal, concebidas y organizadas con base en acuerdos? ¿Podrían explotarse así recursos como los que ofrece la pesca a modo de grandes minas marítimas a lo largo de miles de kilómetros en los litorales mexicanos? ¿Y no son viables proyectos, también binacionales, para la producción de energía y maquinaria, o simplemente para el fomento de la agricultura en campos como los de los viñedos y las plantaciones de olivos?

Todo esto y mucho más habrá de plantearse más allá de posturas líricas como las que han postulado encuentros meramente fraternales o, peor aún, de relación con “la madre patria”, al modo de una anacrónica hispanidad. Existe en México un dicho que tal vez pueda aplicarse a la situación que prevalece: “Si hoy tomo tequila, mañana tomo jerez.” Esto se decía cuando el tequila era una bebida de poco valor y el jerez era costoso. La historia trae consigo cambios impredecibles: si hoy los españoles son prósperos, tal vez mañana los mexicanos y otros iberoamericanos puedan serlo más. ¿Entonces qué relaciones habremos de mantener?: ¿serán ellas de encuentro o desencuentro?

Fuente: Letras Libres