Humanicemos la globalización

Es un hecho el advenimiento de la aldea global. Los medios de comunicación y las nuevas tecnologías nos han acercado facilitando el intercambio de información y la posibilidad real de compartir los saberes entre toda la humanidad.

Es un hecho el advenimiento de la aldea global. Los medios de comunicación y las nuevas tecnologías nos han acercado facilitando el intercambio de información y la posibilidad real de compartir los saberes entre toda la humanidad. Pero este logro positivo y lleno de posibilidades corre peligro de desvirtuarse por la apropiación abusiva que están haciendo los grandes intereses económicos y financieros. Lo mismo había sucedido con la revolución industrial y con las conquistas de la técnica. No hay que amilanarse, pero es preciso conocer su dinámica para mejor servirnos de ellos en beneficio de todos los seres y de nuestro entorno. Las organizaciones humanitarias tenemos el deber de utilizar todos los medios científicos, económicos y técnicos para luchar por la justicia, por la paz y por un acercamiento entre los pueblos que facilite un verdadero mestizaje cultural. No un sincretismo estéril sino el fecundo proceso de múltiples distintos que producen un ser nuevo. Es preciso inventar el futuro para humanizar el presente. Los odres viejos no sirven más que como referencia pero nunca como imposición para contener el vino nuevo. No hay que aferrarse al pasado sino para aprender de su enseñanza y asumir el reto del futuro con toda su carga de posibilidades inéditas.

Algunas de las características de la llamada globalización o mundialización son: la apertura de los flujos de capital sin restricciones, la debilidad del Estado frente a los poderes económicos y una mayor desigualdad entre países y sectores sociales. No puede ser bueno porque padecen los más débiles y hasta peligra el Estado o las formas de organización supranacionales. Y los débiles precisan de instituciones que los defiendan de los poderosos y los ayuden para que puedan ayudarse a sí mismos. Cuando vaticinábamos el final del Estado-nación, hecho obsoleto por las nuevas tecnologías que no conocen fronteras, quizá no disponíamos del necesario repuesto institucional en forma de federación, de anfictionía o de ente supranacional para evitar el vacío.

Por otra parte, la protección de los derechos humanos, la gestión del medio ambiente o el mantenimiento de la paz afectan a la comunidad internacional y ésta debe manejarlos de forma coordinada. ¿Es posible contar con un gobierno mundial o deberemos inventar fórmulas más adecuadas para evitar el peligro del “Hermano Mayor” de Orwell? Siempre planeará sobre nuestras cabezas el correcto planteamiento de orden y de justicia, con el peligro de imponer el primero para que pueda administrarse la justicia. Las palabras de Goethe “primero orden, después justicia” pueden tener otras lecturas: “necesitamos el orden como fruto de la justicia, pues esto es la paz”.

El triunfalismo neoliberal de los años 90 ha demostrado estar vacío porque ha producido el enriquecimiento de unos pocos y la miseria de miles de millones de seres. No puede ser ese el camino, por eso debemos de buscar juntos opciones válidas para controlar el entorno social.

La nueva era nos presenta desafíos ante los cuales debemos buscar propuestas alternativas. Que no haya protesta sin propuesta viable y sostenible.

Estamos viviendo un cambio que nos lleva de la sociedad industrial a la sociedad de la información. Es preciso sustituir la “sociedad de consumo” por la “sociedad del compartir”, la sociedad de “la seguridad a toda costa” por la de la solidaridad como alternativa a una desigualdad injusta. El futuro ya llegó pero sus signos se nos escapan porque desconocemos sus códigos. Viajamos con el pie en el acelerador pero la mirada en el retrovisor. Vivimos una mutación de la que apenas somos conscientes. Pero, con Niestzsche, podemos afirmar que, a veces, “es preciso tener un caos dentro de sí para poder dar a luz una estrella fugaz”. El caos también tiene leyes que lo rigen, pero que todavía desconocemos.

La globalización está produciendo incrementos de la desigualdad en todas las sociedades y entre las distintas comunidades humanas.

La liquidación del modelo comunista aceleró el pensamiento único y la confusión entre economía de mercado y sociedad de mercado.

Los esperados dividendos de la paz que aportaría un nuevo orden internacional han dado paso a conflictos regionales por razones de identidad cultural, étnica y religiosa espantosos. Surgen nuevas formas de nacionalismo excluyente y respuestas más duras contra el temor a la imperialismo cultural que se atribuye a la globalización.

Las oportunidades son inmensas, pues la confluencia entre una política solidaria en cada sociedad nacional y en el plano internacional, puede ser fundamental para conseguir una política económica más justa y solidaria. Como sostiene un ilustre político: “Es probable que el negocio más rentable que tenemos por delante sea la guerra contra la pobreza. La propuesta debe responder, desde los principios de libertad, justicia y solidaridad, a las nuevas realidades, con actitudes no resignadas y con apertura al mestizaje necesario, como condición para abrir nuevos espacios.”

Una visión progresista y solidaria debe encontrar las fórmulas más sostenibles para la sociedad emergente. La auténtica materia prima es la capacidad de inventar el futuro. Debemos prepararnos para asumir este desafío superando los condicionamientos de una sociedad que educa para la pasividad, el despilfarro, el irremedismo y el consumismo alienante y despersonalizador.

Pero siempre es posible la esperanza, que no es de futuro sino de lo invisible.

José Carlos Gª Fajardo
Autor: Profesor José Carlos Gª Fajardo
Email: fajardo@ccinf.ucm.es