El ‘grito de dolores’ de México

El cura Miguel Hidalgo (1753-1811) tenía el rostro afilado y las facciones pronunciadas. La nariz aguileña, los ojos grandes, vivos y verdes, ligeramente achinados, y los pómulos marcados. El pintor mexicano Joaquín Ramírez lo retrató mucho después, en 1865, delgado, casi esbelto, en edad avanzada, con muy poco pelo, todo blanco, que le nacía debajo de la coronilla y se dejaba caer tras el cogote.

En un lienzo sobrio nos muestra al padre de la patria mexicana como un hombre de Estado, no tanto como un exaltado o un revolucionario. Esta es la imagen que, además de ajustarse mejor a la realidad, trascendió un siglo después de sus hazañas, cuando los revolucionarios que lucharon contra Porfirio Díaz -eran los de los tiempos de Zapata o Pancho Villa- recurrieron a glorificar a iconos de la lucha por la igualdad y la patria. Las estatuas ubicadas en Coyoacan o en Dolores Hidalgo nos muestran a ese otro Hidalgo, el de la arenga revolucionaria, el gran héroe de la independencia mexicana.

INDIGENAS Y CRIOLLOS

Hasta México, entonces virreinato de Nueva España, llegaron las noticias de la invasión napoleónica en julio de 1808. Las tensiones entre indígenas y criollos, y entre criollos y españoles se acentuaron. Iturrigaray fue el primer virrey en caer. Antes, trató de apaciguar los ánimos criollos -que aspiraban a ver reflejada en la estructura política su fortaleza económica- nombrando a algunos de ellos para puestos civiles y militares. Además, les permitió participar en el poder de los ayuntamientos. La demanda criolla venía de lejos. Era una cuestión de prestigio y reconocimiento social. Ya en 1771, los criollos de la ciudad de México manifestaron su deseo de tener en exclusiva el derecho a ocupar cargos públicos.

Fuente: elmundo.es