”Debemos enfatizar la lucha indígena” en la Independencia

A casi 200 años del inicio formal del movimiento de Independencia en México es tiempo de “equilibrar y desmitificar” la historia para dar énfasis a la otra rebelión, la de los indígenas, recordarlos, celebrarlos y darles importancia como a los próceres criollos de ese periodo histórico, considera el historiador de la Universidad de California, en San Diego, Eric Van Young, quien este jueves será reconocido como miembro correspondiente de la Academia Mexicana de Ciencias (AMC).

El investigador es autor de La otra rebelión: la lucha por la independencia de México 1810-1821, donde destaca la importancia de la participación indígena en el movimiento encabezado por Miguel Hidalgo y Costilla. En entrevista con este diario, refiere que, a diferencia de los líderes insurgentes, quienes “son la historia de bronce”, los indígenas no buscaban crear un Estado-nación, sino “defender sus pueblos, comunidades, territorios, idiomas y autonomía de las fuerzas de modernización”, como lo siguen haciendo a 200 años del inicio de esa gesta.

De origen estadunidense, Van Young es profesor de historia de América Latina en el Departamento de Historia, y decano interino de Artes y Humanidades de la Universidad de California. A partir de hoy formará parte de los 75 miembros de la AMC, por su trabajo en esa ciencia.

Especialista en historia de México

Por casi 40 años ha estudiado la historia de México. Especialistas del país y otras naciones lo consideran uno de los extranjeros que más aportaciones ha realizado a la historia de nuestro país. Su libro La otra rebelión es considerado una de las obras más importantes en el debate de la insurgencia americana, tanto por sus descubrimientos como por su “polémico y renovado enfoque”.

Diez años de trabajo de investigación de archivo y 10 más para la redacción fue el tiempo que le llevó para terminar su obra, publicada en 2001 en Estados Unidos, y cinco años más tarde en México, por el Fondo de Cultura Económica.

Al referirse a la otra rebelión aduce que en la lucha insurgente de 1810 “hubo varios movimientos: uno dirigido por varios criollos con influencia del constitucionalismo de Cádiz. Es el que busca la independencia y no la autonomía, el que se enfrenta con la dura resistencia de la monarquía para ampliar los procesos políticos a los altos niveles. Por el otro lado se presentó la otra rebelión, un movimiento difuso y sin centro ideológico, conformado por grupos populares, sobre todo indígenas, que llegaron a formar 60 por ciento de los combatientes, pero su meta fue la autodefensa de su manera de vivir y, sobre todo, de sus comunidades y pueblos contra las fuerzas de la modernización, representadas por las reformas borbónicas.

“Entonces tenemos una separación, no consciente ni formal, sino de práctica, entre los grupos de liderazgo representados por los grandes ideólogos –entre ellos muchos curas y políticos– y los grupos populares. Ambos tienen conexiones en ciertos momentos, pero sus metas son distintas. Mientras el liderazgo opta por la formación de un nuevo Estado-nación, los grupos populares van en un sentido completamente opuesto, no tienen un sentido de nacionalismo; para ellos, la construcción de un Estado no es un deseo.”

Parece, sin embargo, a 200 años del inicio de la Independencia, que esos pueblos continúan luchando por causas similares: autonomía, defensa de sus tierras, respeto a sus costumbres.

“He estudiado que hasta el inicio de la Revolución Mexicana, en 1910, hubo mucha injusticia, explotación y perjuicio racial contra los indígenas. Posteriormente, hay cierta esquizofrenia del Estado posrevolucionario, y una parte de líderes y profesionistas concentran esfuerzos para mejorar la situación de esos pueblos, pero otra quiere mantenerlos bajo explotación. Hoy tenemos movimientos fuertemente indígenas, como los zapatistas de Chiapas, que reclaman sus derechos, que no privilegios, para mantener sus idiomas, su manera de vivir, pero también quieren –en cierto sentido es una paradoja– entrar en la nación mexicana, no quedarse como un pasado exótico, sino aprovechar los beneficios de la modernidad, esto es bastante complejo y más lejos no me atrevería a ir.”

Van Young asegura que la historia de todos los países “está mitificada”, sobre todo los héroes, a fin de producir sentido de pertenencia a una nación. “Se debe alentar un imaginario común y horizontal para compaginar a grupos con diferentes intereses: clase, formación religiosa, cultura regional, etnias. Hay que forjar la patria. El Estado es el que inventa la nación: por sus guerras contra poderes externos, por los sistemas educativos, por las fiestas nacionales.”

Señala que la historia es la memoria de la sociedad, “no conocerla es un tipo de amnesia. Pasado, presente y futuro son una sola dimensión con varios momentos. Si excluimos lo que fue, la memoria, el pasado, no podríamos enfrentarnos con el futuro”.

En el contexto de la ceremonia en la que se le otorgará el grado de miembro de la AMC, Van Young, fiel a su estilo de desmitificar la historia oficial, ofrecerá una ponencia sobre el guanajuatense Lucas Alamán, “uno de los antihéroes al que tacharon de reaccionario; uno de los grandes villanos de la historia por su conservadurismo: yo no lo veo así, y deseo exponer una revalración de ese personaje”.


“Cuando un guerrero desplaza su importancia personal, en su vida cotidiana dejan de existir los odios, los enojos, los resentimientos y adquiere el desatino controlado que fluye suavemente. La marca del guerrero será la indiferencia, su desapego y su paciencia”. Don Juan Matus.
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Guillermo Marín
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