Brasil: Ahora que ya no hay negros

Está científicamente demostrado que las razas humanas no existen, así que muchos ya se han lanzado a propagar el siguiente silogismo que, en nombre del rigor conceptual, da cobertura a sus propias ideas políticas: si no hay razas, entonces, en buena lógica, tampoco tiene sentido hablar de racismo.

En realidad, en Brasil algunos aprovechan para decir que este país vanguardista ya había descubierto esa simple verdad hace mucho mucho tiempo, allá cuando los primeros “senhores de engenho”, los terratenientes de la caña de azúcar o del café, decidieron salir a hurtadillas de la casa grande para darse un revolcón en la “senzala” con aquella graciosa morena traída de África, que insistía en contonearse provocativamente mientras servía la mesa. Posiblemente, el gusto por el mestizaje fecundo ya se manifestaba en todo su esplendor en aquellas escenas domésticas del Brasil colonial, cuando bebés rubiecitos y rechonchos se colgaban ávidos de los enormes pechos nutricios de su ama de cría, y mamaban allí la negra leche blanca que los mantendría fuertes y relativamente a salvo de enfermedades tropicales.

El mito del Brasil como país mestizo, como “democracia racial”, se encuentra en la misma fundación de su identidad nacional, y me parece que tiene alguna responsabilidad en el hecho de que durante tanto tiempo se desconsideraran las terribles consecuencias sociales causadas por siglos de esclavismo (que sufrían, no es necesario aclararlo, los de piel oscura, traídos a la fuerza de lo que se conocía como “África negra”). Ese mito también debe tener alguna relación con el hecho de que Brasil fuese uno de los últimos países del mundo en prohibir la esclavitud.

Fuente: peripecias.com