¿Por qué los jóvenes del mundo se están suicidando?

En México el año pasado se suicidaron 4500 jóvenes. Esto representa una señal de alarma muy grave para la sociedad y el Estado. Los jóvenes, no se suicidan porque no quieran vivir, sino por que no pueden vivir, en un mundo que los rechaza y maltrata. Porque no tienen opciones ni encuentran oportunidades. Porque no tienen valores ni paradigmas verdaderos para vivir. Pero esta situación es global, en países ricos y pobres. Los resientes estallidos sociales de la juventud se dan, lo mismo en Francia, Grecia o que en Chile.

El origen del problema nace del poder global de los dueños del dinero. En efecto, los “mercaderes” han sumido a la humanidad en uno de los procesos más oscuros y necrófilos de la historia. El culto al “becerro de oro” ha contaminado a la humanidad y al planeta. Todo se ha corrompido todo. Nos ha envenenado.

Cuando el hacer dinero es el valor supremo de lo humano. Cuando “la libertad es total y absoluta” para hacer dinero por cualquier medio, todo pierde su esencia y su significado original. El dinero hoy mueve al mundo.

Sí la alimentación es un negocio y no una fuente de energía. Sí la medicina no es un medio para generar bienestar y salud, sino dinero. Sí la educación no es un medio para formar y superar a la sociedad, sino un lucrativo negocio. Sí la organización social y la política dejan de ser el medio por el cual los seres humanos vivan en armonía y multipliquen sus posibilidades, y pase a ser un fuente ilícita para hacer dinero. Sí el Estado sirve solo para apoyar a los que tienen dinero para hacer más dinero por encima de la ley. Sí la religión es un medio para tener poder y dinero, sí los medios masivos sirven para embrutecer, enajenar y mercar. Sí el deporte y el esparcimiento pasan a ser un lucrativo negocio. En síntesis, sí todo pierde su esencias y pasa a ser solo un medio para “obtener dinero”. Y sí a todo esto se pierden los valores éticos, morales y espirituales; la sociedad y el Estado pierde su razón de ser. Las personas, las familias, los pueblos y los gobiernos viven solo pensando en “tener dinero y comprar”.

Esto no sería tan grave sí, los adoradores del “becerro de oro” les diera a todos la oportunidad de “tener dinero”. Pero como lo hemos venido constatando, el neoliberalismo y la globalización, lo único que han hecho es concentrar en muy pocas manos todo el dinero. Destruyendo a la sociedad y a la naturaleza. Contaminando el medio ambiente y contaminado espiritualmente a las personas. Y el culto al “becerro de oro” ha demostrado su fracaso con el actual colapso financiero y económico “del mundo libre”. Pareciera que su objetivo no fuera hacer dinero, sino daño a la humanidad.

Lo grave del problema es que esta dinámica ha hecho quebrar a la economía de mercado, y hoy ni siquiera ofrece la oportunidad de darle trabajo a la gente. En efecto, cada día existen menos posibilidades de encontrar trabajo y cada día los pocos trabajos ofrecidos son míseros y mezquinos, en el que la explotación y la evasión de las responsabilidades de la seguridad social es burlada por los dueños del dinero, para hacer, más dinero.

La expectativa de trabajo de un joven que ha terminado sus estudios a los 25 años es tan solo de 10 años, porque en “el mercado laboral”, a los 35 años los desecha por viejos. En México las condiciones para los jóvenes son aún más difíciles. Cada día les ofrecen más cosas que consumir y cada día les dan menos oportunidades para trabajar. Los jóvenes viven en permanente estado de frustración e insatisfacción. No tienen posibilidades de estudio, no tienen posibilidades de trabajo y cada día los medios masivos les exigen que compren y que tengan, para “ser alguien en la vida”. De los 45 millones de personas que deberían tener un puesto de trabajo en México, el 70 % no lo tiene y sobrevive en el subempleo o de plano solo ve tv. Después de Haití, México es el segundo país en América con mayor injusticia en el reparto de la riqueza, pero tenemos al hombre más rico del mundo, el libanés Carlos Slim. Se ha impuesto una cultura caníbal de explotación deshumanizada, donde la corrupción y la impunidad, tanto en el sector gubernamental como en el de la iniciativa privada, rayan en el cinismo más vergonzante.

Los jóvenes de México, que son nuestros hijos, no tienen futuro ni oportunidades, razón por la cual se están suicidando violentamente o pasivamente a través de las drogas o la vida degradada. Esa es la verdad que nadie quiere encarar. El problema del país (y del mundo) no es económico, sino de VALORES HUMANOS. Nos hemos entregado irresponsablemente al culto del “becerro de oro”. Y cuando digo, “nos hemos”, me refiero no solo a los empresarios y gobernantes, me refiero a usted y al que escribe, a los ciudadanos de este país que hemos permitido esta impune pérdida de valores… al ser, nosotros mismos, los cómplices silenciosos, los cómplices “hormiga” de esta tragedia.

Se requiere detener esta dinámica social suicida. Sabemos que no lo hará el gobierno, que está al servicio de los intereses del Mercado y el capital, menos aún los grandes empresarios y las corporaciones, que son parte del problema. Lo tenemos que hacer los ciudadanos en nuestra vida personal. Tenemos que decir ¡ya basta! al culto del “becerro de oro” en nuestra vida cotidiana. Dejar de pensar en comprar y poseer, poseer y comprar, en tener dinero. Entender la vida y el mundo de otra manera, en dejar de ver tv y dejarnos enajenar por los medios. Tenemos que volver a “nosotros mismos”, a nuestra familia, a nuestras ancestrales tradiciones y costumbres, a nuestros valores familiares y sociales con los que nos educaron nuestros padres y abuelos. Tenemos que encontrar de nuevo el camino “de lo humano”, de lo divino y sagrado de la existencia. No es un sueño, es algo posible en el perímetro de nuestra vida íntima y familiar. Sin tratar de cambiar el mundo, los sistemas o los gobiernos. Sí cambiamos en lo personal, cambia el mundo. La fuerza del Espíritu es la gran debilidad de los adoradores del “becerro de oro”. Los jóvenes de México y del mundo, nuestros hijos, merecen un mundo mejor. Más justo y humano. Debemos luchar por ellos.

Autor: Guillermo Marín
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