Cruzadas

Caballeros de la quinta cruzada arriban al fuerte de DamiettaCruzadas (las) Las cruzadas fueron una serie de campañas militares sancionadas por el Papa, que tuvieron lugar entre los siglos XI y XIII, contra los musulmanes para la recuperación de Tierra Santa.

Básicamente, fueron motivadas por los intereses expansionistas de la nobleza feudal, el control del comercio con Asia y el afán hegemónico del papado sobre las monarquías y las iglesias de Oriente.

Antecedentes

La derrota bizantina en la batalla de Manzikert (1071) a manos de los turcos selyúcidas, provocó que el basileus (emperador) Alejo Comneno escribiera una carta al papa Urbano II, solicitándole el envío de mercenarios que lucharan por Bizancio contra los turcos.

Urbano II fue más allá de esta limitada expedición y, en el concilio de Clermont (1095) predicó la Primera Cruzada al grito de ¡Dios lo quiere!, con el objetivo de liberar Jerusalén de manos musulmanas (en las que ya llevaba 400 años).

La predicación de Urbano II provocó un estallido de fervor tanto en el pueblo llano como en la pequeña nobleza (no así en los reyes, que no participaron en esta primera expedición).

Primera Cruzada

Para más información véase el artículo específico sobre la Primera Cruzada

La predicación de Urbano II puso en marcha en primer lugar a multitudes de gente humilde, dirigidas por el predicador Pedro el ermitaño.

Este grupo formó la llamada Cruzada de los pobres. De forma desorganizada se dirigieron hacia Oriente, provocando matanzas de judíos a su paso. A su llegada a Bizancio, el basileus se apresuró a enviarlos al otro lado del Bósforo. Despreocupadamente se internaron en territorio turco, donde fueron aniquilados fácilmente.

Mucho más organizada fue la llamada Cruzada de los príncipes, formada por una serie de contingentes armados, procedentes principalmente de Francia, los Países Bajos y el reino normando de Sicilia.

Estos grupos iban dirigidos por segundones de la nobleza como Godofredo de Bouillon, Raimundo de Tolosa y Bohemundo de Tarento.

Durante su estancia en Constantinopla, estos jefes juraron devolver al Imperio Bizantino aquellos territorios perdidos por éste frente a los turcos.

Desde Bizancio se dirigieron hacia Siria atravesando el territorio selyúcida, donde consiguieron una serie de sorprendentes victorias.

Ya en Siria, pusieron sitio a Antioquía, que conquistaron tras un asedio de siete meses. Sin embargo no la devolvieron al Imperio Bizantino, sinoq ue Bohemundo la retuvo para sí formando el Principado de Antioquía.

Desde Antioquía se dirigieron hacia Jerusalén, conquistando algunas plazas por el camino y sorteando otras. En junio de 1099 sitiaron la capital, que cayó en manos de los cruzados el 15 de julio de 1099.

En la conquista los cruzados realizaron una terrible matanza, que no respetó a judios o musulmanes, mujeres o niños.

Con esta conquista finalizó la Primera Cruzada , con lo que muchos cruzados retornaron a sus países de origen. El resto se quedó para consolidar los territorios recien conquistados.

Junto al Reino de Jerusalén (dirigido inicialmente por Godofredo de Bouillon, que tomó el título de Defensor del santo sepulcro) y al principado de Antioquía, se crearon además los condados de Edesa (actual Urfa, en Turquía) y Trípoli (en el actual Líbano).

Tras estos éxitos iniciales se produjo una nueva oleada de cruzados, que formaron la llamada cruzada de 1101. Sin embargo, esta expedición, dividida en tres grupos, fue aniquilada por los turcos mientras atravesaban Anatolia. Este desastre apagó los espíritus cruzados durante casi 50 años.

Segunda Cruzada

Gracias a la división de los estados musulmanes, los estados latinos (o francos, como eran conocidos por los árabes), consiguieron establecerse y sobrevivir.

Los dos primeros reyes de Jerusalén, Balduino I y Balduino II fueron gobernantes capaces que extendieron el reino a todas las tierras entre el Mediterráneo y el Jordán, e incluso más allá.

Rápidamente se integraron en el cambiante sistema de alianzas locales y así pudo verse un enfrentamiento entre la alianza de un estado cristiano y uno musulmán corntra la alianza de otro estado cristiano con otro estado musulmán.

Sin embargo, a medida que el espíritu de cruzada iba decayendo entre los francos, cada vez más confortables en su nuevo estilo de vida orientalizante, entre los musulmanes iba creciendo el espíritu de jihad, principalmente entre la población, movilizada por los predicadores contra sus impíos gobernantes, capaces de tolerar la presencia cristiana en Jerusalén e incluso de aliarse con sus reyes.

Este sentimiento fue explotado por una serie de caudillos que consiguieron unificar los distintos estados musulmanes y lanzarse a la conquista de los reinos cristianos.

El primero de estos fue Zengi, gobernador de Mosul y de Alepo, que en 1144 conquistó Edesa, liquidando el primero de los estados francos.

Como respuesta a esta conquista, que puso de manifiesto la debilidad de los estados cruzados, el papa, a través de Bernardo, abad de Claraval (famoso predicador, autor asimismo de la regla de los templarios) predicó en 1146 la Segunda Cruzada.

A diferencia de la primera, en esta sí participaron reyes de la cristiandad, encabezados por Luis VII de Francia (acompañado de su esposa, Leonor de Aquitania) y por el emperador germánico Conrado III.

Los desacuerdos entre franceses y alemanes, así como con los bizantinos, fueron constantes en toda la expedición.

Cuando ambos reyes llegaron a Tierra Santa (por separado) decidieron que Edesa era un objetivo poco importante y marcharon hacia Jerusalén.

Desde allí, para desesperación del rey Balduino III, en lugar de enfrentarse a Nur al-Din (hijo y sucesor de Zengi), eligieron atacar Damasco, estado independiente y aliado del rey de Jerusalén.

La expedición fue un fracaso, ya que tras unos solo una semana de asedio infructuoso, los ejércitos cruzados se retiraron y volvieron a sus patrias.

Con este ataque inutil consiguieron que Damasco cayera en manos de Nur al-Din, que progresivamente iba cercando los estados francos.

Más tarde, el ataque por parte de Balduino II a Egipto, iba a provocar la intervención de Nur al-Din en la frontera sur del reino de Jerusalén, preparando el camino para el fin del reino y la convocatoria de la Tercera Cruzada.

Tercera Cruzada

Las intromisiones del Reino de Jerusalén en el decadente califato fatimí de Egipto, llevaron al sultán Nur al-Din, a mandar a su lugarteniente Saladino a hacerse cargo de la situación.

No hizo falta mucho tiempo para que Saladino se convirtiera en el amo de Egipto, aunque hasta la muerte de Nur al-Din, respetó la soberanía de éste. Tras su muerte, sin embargo, Saladino se proclamó sultán de Egipto y de Siria, dando comienzo a la dinastía ayyubí.

Como Nur al-Din, Saladino era un musulmán devoto y decidido a expulsar a los cruzados de Tierra Santa. El Reino de Jerusalén, ya rodeado por un solo estado, y regido por un rey leproso, Balduino IV, se vio obligado a firmar frágiles treguas seguidas por escaramuzas, tratando de retrasar el inevitable final.

A la muerte del rey leproso, el estado se dividió en distintas facciones, pacifistas o belicosas.

El fin del Reino de Jerusalén vino provocado por las acciones de Reinaldo de Châtillón, bandido con el título de caballero que no se consideraba atado por las treguas firmadas. Saqueaba las caravanas e incluso armó expediciones de piratas para atacar los barcos de peregrinos que iban a La Meca. El ataque definitivo fue contra una caravana en la que iba la hermana de Saladino, que juró matarlo con sus propias manos.

Declarada la guerra, el grueso del ejército cruzado, junto con los templarios y hospitalarios, se enfrentó a las tropas de Saladino en los Cuernos de Hattin el 4 de julio de 1187.

Los ejércitos cristianos fueron aniquilados, dejando el reino indefenso. Saladino mató con sus propias manos a Reinaldo de Châtillon.

Saladino procedió a ocupar la mayor parte del reino, salvo las plazas costeras, abastecidas desde el mar, y en el mismo año conquistó Jerusalén.

Comparada con la toma de 1099, esta fue casi incruenta, aunque sus habitantes debieron pagar un considerable rescate y muchos fueron esclavizados. El reino de Jerusalén había desaparecido.

La toma de Jerusalén conmocionó a Europa y el papa Gregorio VIII convocó una nueva cruzada. En esta participaron los reyes más importantes de la cristiandad: Ricardo Corazón de León de Inglaterra, Felipe II Augusto de Francia y el emperador Federico I Barbarroja.

Este último al mando del grupo más poderoso siguió la ruta terrestre, en la que sufrió numerosas bajas. Cerca de Siria, sin embargo, el emperador murió de congestión en un río, y su ejercito se desbandó. Solo una pequeña parte llegó a Palestina.

Los ejércitos inglés y francés llegaron por la ruta marítima. Su primer (y único) éxito fue la toma de Acre, el 13 de julio de 1191, tras la cual Ricardo realizó una matanza de varios miles de prisioneros.

Felipe II Augusto estaba preocupado por los problemas en su pais y molesto por las rivalidades con Ricardo, por lo que regresó a Francia, dejando a Ricardo al mando de la cruzada.

Este llegó hasta las proximidades de Jerusalén, pero en lugar de atacar prefirió firmar una tregua con Saladino, que permitía el libre acceso de los peregrinos desarmados a la Ciudad Santa.

De esta forma, con un nuevo fracaso, se cerraba la Tercera Cruzada , dejando sin esperanzas a los estados francos. Era cuestión de tiempo que desapareciera la estrecha franja litoral que controlaban. Sin embargo, resistieron aun un siglo.

Cuarta Cruzada

Tras la tregua firmada en la Tercera Cruzada y la muerte de Saladino, en 1193, se sucedieron algunos años de relativa paz, en los que los estados francos del litoral se conviertieron en poco más que colonias comerciales italianas.

En 1199 el Papa Inocencio III decidió convocar una nueva cruzada, para aliviar la situación de los estados cruzados. Esta Cuarta Cruzada no debería incluir reyes e ir dirigida contra Egipto, considerado el punto más débil de los estados musulmanes.

Al no ser ya posible la ruta terrestre, los cruzados debían emplear la ruta marítima, por lo que se concentraron en Venecia.

El dogo Enrico Dandolo se coaligó con el jefe de la expedición Bonifacio de Montferrato, y con un usurpador bizantino, Alejo IV Angel, para cambiar el destino de la cruzada y dirigirla contra Constantinopla, al estar los tres interesados en la deposición del basileus del momento, Alejo III.

Inicialmente, los cruzados fueron empleados para luchar contra los húngaros, en Zara, por lo que fueron excomulgados por el Papa. Desde allí se dirigieron hacia Bizancio, donde consiguieron instalar a Alejo IV como basileus en 1203.

Sin embargo, el nuevo basileus no pudo cumplir las promesas hechas a los cruzados, lo que originó toda clase de disturbios.

Fue depuesto por los propios bizantinos, que coronaron a Alejo V. Esto provocó la intervención definitiva de los cruzados, que conquistaron la ciudad el 12 de abril de 1204.

El saqueo de la ciudad fue terrible. Miles de cristianos (incluyendo mujeres y niños) fueron asesinados por los cruzados. Desvalijaron y destruyeron mansiones, palacios, iglesias y la propia basílica de Santa Sofía.

Europa occidental recibió un aluvión de obras de arte y reliquias sin precedentes, producto de este saqueo.

Con ello llegaba a su fin el Imperio Bizantino, que se desmembró en una serie de estados, algunos latinos y otros griegos. De estos, el llamado Imperio de Nicea conseguiría restaurar una sombra de Imperio Bizantino en 1261.

Los cruzados establecieron el llamado Imperio Latino, organizado feudalmente y con una autoridad muy débil sobre la mayoría de los territorios que supuestamente controlaba (y nula sobre los estados griegos de Nices, Trebisonda y Epiro).

La Cuarta Cruzada asestó un doble golpe a los estados francos de Palestina. Por un lado, les privó de refuerzos militares.

Por otro, al crear un polo de atracción en Constantinopla para los caballeros latinos, produjo la emigración de muchos que estaban en Tierra Santa hacia el Imperio Latino, abandonando los estados francos.

Las cruzadas menores

Tras el fracaso de la cuarta, el espíritu cruzado se había apagado casi por completo, pese al interés de algunos papas y reyes por reavivarlo.

Si los estados francos sobrevivieron hasta 1291 fue por la intervención de los mongoles que al acabar con el califato Abbasi en 1258 y conquistar la región de Oriente Medio, dieron un respiro a los latinos, al no ser los mongoles hostiles al cristianismo.

La convicción de que los reiterados fracasos se debían a la falta de inocencia de los curzados llevó a la conclusión de que solo los puros podrían reconquistar Jerusalén.

En 1212 un predicador de doce años organizó la llamada cruzada de los niños en la que miles de niños y jóvenes recorrieron Francia y enbarcaron en sus puertos para ir a liberar Tierra Santa. Fueron capturados por capitanes desaprensivos y vendidos como esclavos. Solo algunos consiguieron regresar al cabo de los años.

La V Cruzada fue organizada por Inocencio III y partió en 1218. Como la IV Cruzada tenía como objetivo conquistar Egipto.

Tras el éxito inicial de la conquista de Damietta en la desembocadura del Nilo, que aseguraba la supervivencia de los estados francos, a los cruzados les pudo la ambición e intentaron atacar El Cairo, fracasando y debiendo abandonar incluso lo que habían conquistado, en 1221.

La organización de la VI Cruzada fue un tanto rocambolesca. El papa había ordenado al emperador Federico II Hohenstaufen que fuera a las cruzadas como penitencia.

El emperador había asentido, pero había ido demorando la partida, lo que le valió la excomunión. Finalmente, Federico II (que tenía pretensiones propias sobre el trono de Jerusalén) partió en 1228 sin el permiso papal.

Sorprendemente, el emperador consiguió recuperar Jerusalén mediante un acuerdo diplomático. También obtuvo Belén y Nazareth.

En 1244 volvió a caer Jerusalén (esta vez de forma definitiva), lo que movió al devoto rey Luis IX de Francia (San Luis) a organizar una nueva cruzada, la Séptima.

Como la V , se dirigió contra Damietta, pero fue derrotado y hecho prisionero en Masura (Egipto) con todo su ejército.

Vuelto a Francia, el mismo rey emprendió la llamada VIII Cruzada (1270), contra Túnez, aunque en realidad era un peón en los intereses de su hermano Carlos de Anjou rey de Nápoles, que quería evitar la competencia de los mercaderes tunecinos. La peste acabó con el rey Luis y gran parte de su ejército.

Aunque algunos papas intentaron predicar nuevas cruzadas, ya no se organizaron más y, en 1291, los cruzados evacuaron sus últimas posesiones en Tiro, Sidón y Beirut con la caída de San Juan de Acre

Fuente: Wikipedia