Diez Mandamientos

En la Biblia (escritura sagrada de judíos y cristianos), el profeta Moisés (aprox. 1250 a. C.) recibió directamente de manos de Yahveh, una lista de órdenes o mandamientos que los israelitas debían respetar, los Diez Mandamientos. El nombre decálogo, con que suelen designarse, procede de la fórmula griega δεκάλογος (dekalogos: ‘diez palabras’) con que se citan en la Septuaginta, la versión griega tradicional, tanto en el Éxodo 34:28, como en el Deuteronomio 10:4.

De acuerdo con dichas escrituras, Moisés subió al Monte Sinaí y permaneció en su cima cuarenta días y cuarenta noches, al cabo de los cuales DIOS le entrego escritos en dos tablas de piedra los Diez Mandamientos. Cuando bajaba del monte, vio al pueblo que estaba adorando un becerro de oro y enfurecido las rompió. Posteriormente, pidió a DIOS que perdonase al pueblo y sellase con ÉL un «convenio» (pacto o alianza). Entonces, ÉL SEÑOR ordenó a Moisés que tomara dos lajas de piedra, y en ellas quedaron escritos los Diez Mandamientos del pacto, reconveniendole que «no deben tolerar la desobediencia».

Por tradición, los mandamientos han sido enumerados de acuerdo con tres criterios. La mayoría de los cristianos protestantes y ortodoxos dividen y enumeran los mandamientos del siguiente modo: (1) prohibición de adorar a cualquier divinidad que no sea Dios; (2) prohibición de la idolatría; (3) prohibición de tomar el nombre de Dios en vano; (4) observancia del sábado; (5) honrar a los padres; (6) prohibición de matar; (7) prohibición del adulterio; (8) prohibición de robar; (9) prohibición de prestar falso testimonio; (10) prohibición de codiciar la propiedad o desear a la mujer del prójimo.

Los católicos y los luteranos siguen la división utilizada por san Agustín de Hipona (siglo IV). El prólogo y las dos primeras prohibiciones están combinados, y el último mandamiento se divide en dos prohibiciones: desear a la mujer del prójimo y codiciar los bienes ajenos. Por ello, la enumeración de los demás mandamientos difiere en un número. En la tradición católica, los mandamientos rezan así:

Amarás a Dios sobre todas las cosas.
No tomarás el nombre de Dios en vano.
Santificarás las fiestas.
Honrarás a tu padre y a tu madre.
No matarás.
No cometerás actos impuros.
No robarás.
No dirás falso testimonio ni mentirás.
No consentirás pensamientos ni deseos impuros.
No codiciarás los bienes ajenos.

En la tradición judía el prólogo es considerado el primer mandamiento, las dos primeras prohibiciones se conjuran como segundo mandamiento, y el resto sigue el mismo orden que las tradiciones protestante y ortodoxa.

En realidad, los Diez Mandamientos engloban los principios comunes para toda la humanidad. Los filósofos y teólogos escolásticos del medioevo, como santo Tomás de Aquino y san Buenaventura, sostienen que todos los mandamientos son parte de la ley natural y, por consiguiente, aprehensibles para todos los seres racionales. Ambos alegaron que Dios reveló los mandamientos a Moisés para recordar a la humanidad sus obligaciones, olvidadas con facilidad por causa del pecado original. En realidad, se hacían eco de una idea similar expresada por los primeros padres de la Iglesia, como Tertuliano y Agustino, que manifestaron que los mandamientos ya habían sido grabados en el corazón humano antes de ser escritos sobre tablas de piedra.