Historia de Irlanda

Historia temprana

Lo escaso que se conoce sobre la Irlanda pre-cristiana proviene de referencias en escrituras romanas, poesía irlandesa y mitos además de la arqueología. Sus primeros habitantes, pueblos de una cultura de mediados de la Edad de Piedra, o mesolítica, arribaron poco tiempo después del año 8000 adC, cuando el clima se había tornado más hospitalario tras el retroceso de los hielos polares.

Entre tres y cuatro milenios más tarde la agricultura fue introducida desde el continente, llevando a una cultura neolítica caracterizada por la aparición de gigantescos monumentos de piedra, muchos de ellos alineados astronómicamente. La cultura resultó próspera y la isla se pobló más densamente.

La Edad de Bronce, la cual comenzó alrededor del 2500 adC, trajo consigo la producción de elaborados ornamentos y armas de oro y bronce. Vea Historia temprana de Irlanda para ampliar sobre este periodo.

Según una tradición razonable que aparece en el Libro de las invasiones irlandés, en el siglo XIII a.C. los milesios irlandeses de origen cretense huyeron a Siria pasando por Asia Menor y desde allí navegaron hacia el oeste hasta Getulia en el norte de África, y por fin llegaron a Irlanda pasando por Brigantium (Compostela, en el noroeste de España).

La Edad de Hierro en Irlanda es asociada con los celtas, un pueblo el cual se esparció por Europa y Gran Bretaña a mediados del primer milenio adC. Los celtas colonizaron Irlanda en una serie de oleadas entre los siglos VIII y I adC.

Los gael, la última ola de celtas, conquistaron la isla y la dividieron en cinco reinos, en los cuales, a pesar de los constantes conflictos, floreció una cultura rica. La sociedad de estos reinados fue dominada por druidas: sacerdotes quienes servían como educadores, médicos, poetas, videntes y legisladores.

Los romanos se refirieron a Irlanda como Hibernia. Ptolomeo en el 100 dC registró en detalle la geografía y tribus de Irlanda. Irlanda nunca fue parte formal del Imperio Romano, sin embargo la influencia romana se expandió ampliamente fuera de los límites formales del imperio.

Tácito escribió que una tribu irlandesa se encontraba en Bretaña y que regresaría a Irlanda para recobrar el poder. Juvenal nos dice que las “armas romanas han sido llevadas más allá de las costas de Irlanda”. De haber invadido Irlanda, Roma no dejó mucho detrás. La exacta relación entre Roma y las tribus de Hibernia permanece sin esclarecer.

La tradición dice que en el año 432 San Patricio arribó a la isla y que, en años sucesivos, trabajó para convertir los irlandeses al cristianismo. Patricio preservó los patrones tribales y sociales de los irlandeses, codificando sus leyes y cambiando únicamente aquellas que entraban en conflicto con las prácticas cristianas. Se le acredita también el haber introducido el alfabeto romano, el cual permitió a los monjes irlandeses preservar partes de la extensa literatura oral celta.

La tradición druida colapsó ante la introducción de la nueva fe y los eruditos irlandeses se especializaron en el aprendizaje del latín y las prácticas cristianas en los monasterios que pronto florecieron en la isla. Misioneros de Irlanda a Inglaterra y el continente esparcieron las noticias del florecimiento del aprendizaje y varios eruditos de otras naciones se acercaron a los monasterios irlandeses.

La excelencia y aislamiento de estos monasterios ayudaron a preservar el aprendizaje del latín durante la Edad Oscura. Los artes de la escritura, la metalurgia y la escultura florecieron y producieron tesoros tales como el libro de Kells, joyería ornamentaría y varias cruces talladas en piedra que pueblan la isla.

Edad medieval temprana

Esta edad dorada de cultura irlandesa cristiana fue interrumpida en el siglo IX por 200 años de guerras intermitentes con oleadas vikingas, las cuales saquearon monasterios y pueblos.

Thorgest (en latín Turgesius) fue el primer vikingo en intentar fundar un reino irlandés. Subió por los ríos Shannon y Bann y creó un reino abarcando Ulster, connacht y Meath, el cual duró desde 831 hasta 845. En 845 fue asesinado por Malachy (Maelsechlainn), rey de Meath.

En 848 Malachy, entonces alto rey, derrotó un ejército escandinavo en Sciath Nechtain. Sosteniendo que su lucha era aliada de la lucha cristiana contra los paganos pidió apoyo al emperador Carlos el Calvo, aunque sin resultados.

En 852 los vikingos Ivar Beinlaus y Olaf el Blanco desembarcaron en la costa de Dublín y establecieron allí una fortaleza, sobre la cual yace ahora la ciudad de Dublín (del irlandés gaélico Án Dubh Linn, lo que significa “piscina negra”). Este momento es generalmente considerado como la fundación de Dublín.

Los vikingos fundaron varios otros pueblos sobre la costa de Irlanda y luego de varias generaciones surgió un grupo mixto de irlandeses y escandinavos (los así llamados Gall-Gaels, Gall siendo la palabra del irlandés para los escandinavos). Esta influencia escandinava se ve reflejada en los nombres escandinavos de muchos reyes irlandeses contemporáneos (por ejemplo Magnus, Lochlann y Sitric), así como en la apariencia de los residentes de estas ciudades costeras hasta la actualidad.

En 914 una paz inestable entre irlandeses y escandinavos culminó en una extensa guerra. Los descendientes de Ivar Beinlaus establecieron una duradera dinastía con base en Dublín, desde donde tuvo éxito para conquistar el resto de la isla. Este reinado fue finalmente roto por los esfuerzos conjuntos de Malachy, rey de Meath y el famoso Brian Boru, quien se convirtiera luego en alto rey de Irlanda.

A pesar de liberarse de invasiones extranjeras durante 150 años, las guerras interdinásticas continuaron agotando los recursos y energías de los irlandeses.

Intervención inglesa

Inicialmente Irlanda fue dividida políticamente en pequeños reinos. Durante la segunda mitad del primer milenio emergió un reino nacional como poder concentrado en las manos de tres dinastías regionales pujando por el control total de la isla.

Luego de perder la protección de Muirchertach MacLochlainn, un rey de Irlanda asesinado en 1166, una dinastía leinster llamada Diarmuid MacMorrough decidió invitar a un caballero normando para que lo asistiera contra sus rivales locales. Esta invitación a Richard de Clare provocó consternación al rey Enrique II de Inglaterra, quien, temiendo la creación de un estado normando rival, invadió Irlanda para establecer su autoridad.

Enrique desembarcó con una gran flota en Waterford en 1171, convirtiéndose en el primer rey inglés en pisar territorio irlandés. Tanto Waterford como Dublín fueron proclamadas ciudades reales.

Enrique otorgó sus territorios irlandeses a su hijo menor, Juan, con el título “lord de Irlanda”. Cuando Juan sucedió inesperadamente a su hermano como rey Juan, Irlanda cayó directamente bajo la corona inglesa.

Inicialmente los normandos controlaron gran parte de Irlanda, pero con el correr del tiempo los irlandeses nativos recobraron algo del territorio a las afueras de Pale, una región de autoridad inglesa rodeando Dublín.

Los señores normandos adoptaron el idioma y costumbres irlandeses, pasando a conocerse como “viejos ingleses” y, como dice el popular proverbio histórico irlandés, “más irlandés que los irlandeses”. Durante los siglos sucesivos se aliaron con los irlandeses indígenas en conflictos políticos y militares contra Inglaterra y permanecieron siendo en su mayoría católicos tras la reforma protestante.

La reforma protestante

La reforma protestante, durante la cual Enrique VIII de Inglaterra rompió con la autoridad papal (1536), cambió fundamentalmente a Irlanda. Mientras que Enrique VIII separó el catolicismo inglés de Roma, su hijo Eduardo VI de Inglaterra fue más allá, rompiendo con la doctrina papal definitivamente. Mientras que los ingleses, galeses y (luego) escoceses aceptaron el protestantismo, los irlandeses permanecieron siendo católicos, un hecho que determinaría su relación con el estado británico por los 400 años siguientes.

A principios del siglo XVII, los protestantes escoceses e ingleses fueron enviados como colonos al norte de Irlanda y los condados de Laois y Offaly. Una serie de leyes penales discriminaron toda fe cristiana con excepción de la establecida iglesia de Irlanda (protestante).

Las principales víctimas de estas leyes fueron los católicos romanos y, en menor grado, el presbiterianismo. Irlanda jugó un rol crucial en la Revolución Gloriosa de 1689, cuando el católico romano Jacobo II fue depuesto por el parlamento y reemplazado por Guillermo de Orange. Jacobo y Guillermo lucharon por los tronos inglesas, escocés e irlandés, enfrentándose en la batalla de Boyne en 1690.

Irlanda fue convertida de señorío en reino por Enrique VIII. Desde los tiempos del señorío original en el siglo XII Irlanda poseyó su propio parlamento bicameral, compuesto de una casa de comunes y una casa de lores. Sin embargo, este fue restringido durante la mayor parte de su existencia, tanto en términos de membresía (con exclusión de católicos) como en poderes, especialmente por la ley de Poyning de 1494, la cual prohibía la introducción de nuevos proyectos de ley al parlamento irlandés sin la aprobación previa del Privy Council (consejo privado de la realeza) inglés.

Hacia fines del siglo XVIII la mayoría de dichas restricciones fueron removidas, en parte a través de una campaña dirigida entre otros por Henry Grattan. Sin embargo, en 1800 el parlamento irlandés aprobó el acto de unión, el cual fusionó el Reino de Irlanda con el Reino de Gran Bretaña (en sí mismo una fusión de Inglaterra y Escocia en 1707) para crear el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda.

Fuente: Wikipedia