La teología moral

Introducción, La Veritatis splendor y el desarrollo contemporáneo de la Teología Moral, Teología Moral, pluralismo y disenso, Teología Moral y pensamiento débil. Visitar

Extracto

El 6 de agosto de 1993 apareció una de las encíclicas más comentadas de Juan Pablo II: la Veritatis splendor, que versa, como indica el encabezamiento o subtítulo, “sobre algunas cuestiones fundamentales de la enseñanza moral en la Iglesia”. Ya desde el momento mismo de su publicación diversos comentaristas subrayaron que era el primer documento amplio, la primera encíclica, dedicada por un Romano Pontífice a la Teología Moral, signo claro de la importancia de los debates planteados en el seno de la Teología, Moral católica, en los que -venía a decir Juan Pablo II- estaban en juego no cuestiones accidentales o secundarias, sino la naturaleza misma de la enseñanza ético-moral católica.

Han transcurrido ya cuatro años desde la aparición de la encíclica: un lapso todavía breve, pero lo suficientemente extenso como para recordar la efemérides y esbozar una reflexión a ese respecto. Lo haremos en tres pasos consecutivos.

La Veritatis splendor y el desarrollo contemporáneo de la Teología Moral

La Veritatis splendor marca, sin duda alguna, un hito en la historia de la Teología Moral del siglo XX, en cuyo desarrollo ese documento aspiraba a incidir. Un breve panorama histórico permitirá documentar -y precisar- esa afirmación.

La Teología Moral de nuestros días presupone el impulso de los grandes proyectos renovadores que, nacidos durante el siglo pasado, encontraron eco y prolongación en el segundo tercio de nuestra centuria. Esos proyectos, muy diversos metodológicamente entre sí -pues apelan, en unos casos, a la vuelta a las fuentes bíblicas y patrísticas y en otros al recurso a maestros medievales o a filones antropológicos de signo personalista-, coinciden no obstante en promover una teología más viva, más atenta a la totalidad de las dimensiones del ser humano y, en consecuencia, más cercana a la realidad concreta, más capaz de incidir en la existencia. Esa fue la vía emprendida por la Teología Moral ya desde mediados del siglo XIX, dando lugar a una renovación que fue recogida y confirmada por el Concilio Vaticano 11, especialmente en la Constitución Gaudium et spes.

En ese proceso de desarrollo se produjo, en especial a partir de fines de la década de 1960, un momento de inflexión, que sería complejo describir ahora en toda su integridad. Digamos sólo que, por influjo de un existencialismo de cuño heideggeriano en unos casos, y de un pragmatismo consecuencialista en otros, algunos autores desembocaron en un planteamiento que, a juicio de muchos -y Juan Pablo II va a coincidir con ese diagnóstico-, no reflejaba con plenitud el ideal ético cristiano. Más concretamente, se trataba de un planteamiento que se hacía eco, sin duda, de la invitación a la autenticidad existencial, a la seriedad de vida, a la generosidad, que implica el mensaje evangélico, pero no, en cambio, del carácter absoluto que tienen algunos de los imperativos éticos que ese mensaje contiene. La invitación a la autenticidad corría así el riesgo, aun cuando fuera formulada con fuerza, de resultar meramente formal, genérica, y, en plazo más o menos largo, inoperante e incluso vacía.