Cristología

Introducción General a la Cristología, Jesús en la Escritura, Las Fuentes de la Cristología, El Mistreio Pascual. Visitar

Extracto

Amados hermanos y hermanas en Cristo:
1. Estamos celebrando la misa del Santo Niño de Cebú, el niño Jesús, cuyo nacimiento en Belén la Iglesia acaba de conmemorar en Navidad. Belén significa el comienzo en la tierra de la misión que el Hijo recibió del Padre, la misión que es el centro de nuestras reflexiones durante esta Jornada Mundial de la Juventud. En la liturgia de hoy encontramos un magnífico comentario al tema de nuestro encuentro: «Como el Padre me envió, también yo os envío».
Isaías dice: «Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro» (Is 9,5). Este Niño ha venido del Padre como Príncipe de paz, y su venida ha traído al mundo la luz (cf. Jn 1,5). E1 profeta prosigue: «El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande. Una luz brilló sobre los que vivían en tierra de sombras. Acrecentaste el regocijo, hiciste grande la alegría» (Is 9,1-2). E1 feliz acontecimiento que el profeta anunció tuvo lugar en Belén; la Navidad que los cristianos celebran con gran alegría en todas partes: en Roma, en Filipinas, en todos los países de Asia y en el resto del mundo.
Amados hermanos y hermanas de la Iglesia en Filipinas; queridos jóvenes de la X Jornada Mundial de la Juventud aquí reunidos de diversos pueblos, lenguas, culturas, continentes e Iglesias locales: ¿Cuál es la razón más profunda de nuestra alegría común? La fuente más profunda de nuestra alegría es el hecho de que el Padre ha enviado a su Hijo para salvar el mundo. El Hijo carga con los pe
cados de la humanidad y, de este modo, nos redime y nos guía por el sendero que lleva a la unión con la Santísima Trinidad, con Dios. Esta es la fuente más profunda de nuestra alegría, de la alegría de todos nosotros, y también de mi alegría. Es mi alegría y vuestra alegría.
2. Cuando repetimos, en el salmo responsorial: «Aquí estoy, Señor, envíame», escuchamos un eco lejano de lo que el Hijo eterno dijo al Padre al venir al mundo: «He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad!» (Hb 10,7). «Aquí estoy, Padre, envíame». Cristo vino a cumplir la voluntad del Padre. E1 Padre tanto amó al mundo que dio a su Hijo único para la salvación de los hombres (cf. Jn 3,16). A su vez el Hijo tanto amó al Padre que hizo suyo el amor del Padre a la humanidad pecadora y necesitada. En este eterno diálogo entre el Padre y el Hijo, el Hijo manifestó su disponibilidad para venir al mundo a realizar, mediante su pasión y muerte, la redención de la humanidad.
El Evangelio de hoy es un comentario sobre cómo vivía Jesús la misión mesiánica. Nos muestra que, cuando Jesús tenía doce años
vosotros tenéis algún año más—quizá ya era consciente de su destino. Cansada por la larga búsqueda de su hijo, María le dijo: «Hijo, ¿por qué has hecho esto? Mira, tu Padre y yo, angustiados, te andábamos buscando». Y él respondió: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre?» (Lc 2,48-49).
Esa conciencia se ahondó y creció en Jesús con el paso de los años, hasta que se manifestó con toda su fuerza cuando comenzó su predicación pública. El poder del Padre que actuaba en él se fue revelando poco a poco en sus palabras y en sus obras. Y se reveló de modo definitivo cuando se entregó completamente al Padre en la cruz. En Getsemaní, la víspera de su pasión, Jesús renovó su obediencia: «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mí voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42).
Permaneció fiel a lo que había dicho cuando tenía doce años: «Debo ocuparme de las cosas de mi Padre. Debo hacer su voluntad». Vosotros tenéis más de doce años y podéis comprenderlo.
3. «Aquí estoy, Señor, envíame». Aquí estoy, en Filipinas, o en cualquier parte. Con la mirada fila en Cristo, repetimos este versículo del salmo responsorial como una respuesta de la X Jornada Mundial de la Juventud a lo que el Señor dijo a los Apóstoles y que ahora nos dice a todos: «Como el Padre me envió, también yo os envío (Jn 20,21), porque estas palabras de Cristo no sólo se han convertido en el tema, sino también en la fuerza orientadora de esta magnifica reunión en Manila. Después de la meditación y de la vigilia de anoche, este sacrificio eucarístico consagra nuestra respuesta al Señor: en unión con él, en unión eucarística con él, todos juntos respondemos: «Envíame».