Orden del Císter

La Orden del Císter, o abreviadamente el Císter, es una orden religiosa fundada por san Roberto de Molesme en 1098. Debe su nombre al de la abadía francesa de Cîteaux en que se originó (la antigua Cistercium romana, localidad próxima a Dijon).

Reseña histórica

Siendo Roberto abad del monasterio cluniacense de Molesme, él y un grupo de monjes de su comunidad se propusieron retornar a la observancia estricta de la primitiva regla de san Benito de Nursia, quien en 540 fundara la Orden de los Benedictinos.

Para ello erigió una nueva abadía en Cîteaux, donde los monjes blancos, así conocidos por el color de su hábito, dedicaron su vida al trabajo manual y a la contemplación ascética con igual empeño, poniendo en práctica el lema benedictino Ora et labora (reza y trabaja).

Su sucesor, san Alberico, obtuvo en 1100 el reconocimiento de la nueva orden por parte del papa Pascual II que otorgó al monasterio el “privilegio romano”, lo que equivalía a ponerlo bajo la protección de la Santa Sede ; pero no fue sino el tercer abad, san Esteban Harding, quien en 1119 dotó al Císter de una regla propia, la Carta de Caridad, en la que se establecían las normas comunitarias de total pobreza, de obediencia a los obispos, de dedicación al culto divino con dejación de las ciencias profanas, y demás estatutos de la orden. En 1113 ingresa como novicio Bernardo de Fontaine en unión de un grupo de familiares y amigos reunidos en Châtillon.

Cuando dos años después el abad Esteban decide expandir el ámbito monástico con nuevas fundaciones, erigiendo los cenobios de La Ferté , Pontigny, Morimond y Clairvaux [Claraval] (Champaña), envió a éste último a Bernardo y sus allegados, en parte por las dotes que el nuevo monje manifestaba para la dirección de una abadía como la que se le encomendaba, y en gran parte también para librar a Cîteaux de la excesiva presencia del “clan” de los Fontaine.

San Bernardo de Claraval dio un impulso considerable al crecimiento de la orden cisterciense que en 1153, tan solo 38 años después de que fundase la abadía de la que fue titular, contaba con 343 monasterios, de los que 68 se habían creado por irradiación de los monjes de Claraval.

Estos monasterios se solían asentar sobre terrenos yermos pero con abundancia de agua que los propios monjes, o por medio de hermanos conversos, roturaban y cultivaban. Si durante el siglo XI los monjes cluniacenses habían asumido un gran protagonismo dentro de la iglesia, ocupando sus más altos cargos y dignidades y ejerciendo su influencia sobre el poder civil, en el siglo XII ese papel les correspondió desempeñarlo a los cistercienses que elevaron la orden a las mayores cotas de prosperidad y expansión de su historia.

La primitiva austeridad y humildad se fue perdiendo en beneficio de un cada vez mayor esplendor y boato en la forma de vida y en la grandiosidad de sus abadías. Se hacia necesaria una nueva reforma que quiso llevar a cabo el abad de Fontfroide en 1335 pero que no contó con el apoyo de otros priores. Por fin, en 1664, el abad del monasterio de Nuestra Señora de la Trapa , Armand Jean le Bouthillier de Rancé, efectuó en su monasterio una renovación en profundidad de la que resultó una rama autónoma del Císter: la Orden de la Trapa o trapenses.

El Císter en España

Al empuje expansionista de san Bernardo de Claraval y al interés personal del rey Alfonso VII se debió la fundación en 1133 del Monasterio de Moreruela (Zamora), la primera abadía cisterciense de Castilla, a la que siguieron otras más. También fueron acogiéndose a la disciplina cisterciense una serie de comunidades benedictinas y cluniacenses ya existentes en España con anterioridad. En la constitución de las Órdenes Militares de Calatrava (1164) y Alcántara (1213) hubo asimismo intervención de la influyente orden del Císter. A continuación se relacionan algunos de los monasterios o abadías cistercienses más representativas de España:

  • Monasterio de Valdediós en Villaviciosa (Asturias)
  • Monasterio de Las Huelgas en Burgos
  • Monasterio de San Pedro de Cardeña en Castrillo del Val (Burgos)
  • Monasterio de Viaceli en Alfoz de Lloredo (Cantabria)
  • Monasterio de Sobrado en Sobrado ( La Coruña )
  • Monasterio de Carracedo en Carracedo (León)
  • Monasterio de Carrizo en Carrizo (León)
  • Monasterio de Gradefes en Gradefes (León)
  • Monasterio de Sandoval en Sandoval (León)
  • Monasterio de Vallbona de les Monges en Vallbona de les Monges (Lérida)
  • Monasterio de Fitero en Fitero (Navarra)
  • Monasterio de Irache en Ayegui (Navarra)
  • Monasterio de Iranzu en Abárzuza (Navarra)
  • Monasterio de La Oliva en Carcastillo (Navarra)
  • Monasterio de Dueñas en Dueñas (Palencia)
  • Monasterio de Armenteira en Armenteira (Pontevedra)
  • Monasterio de Sacramenia en Sacramenia (Segovia)
  • Monasterio de Santa María de Huerta en Santa María de Huerta (Soria)
  • Monasterio de Poblet en Vimbodí (Tarragona)
  • Monasterio de Santes Creus en Aiguamúrcia (Tarragona)
  • Monasterio de Valbuena en Valbuena de Duero (Valladolid)
  • Monasterio de Moreruela en Granja de Moreruela (Zamora)
  • Monasterio de Piedra en Nuévalos (Zaragoza)
  • Monasterio de Rueda en Sástago (Zaragoza)
  • Monasterio de Santa Fe en Cuarte de Huerva (Zaragoza)
  • Monasterio de Veruela en Vera de Moncayo (Zaragoza)

La Arquitectura cisterciense

Si hubiera de definirse el estilo constructivo cisterciense con un solo vocablo, este sería “austeridad”. Precisamente en el origen de la orden estaba la denuncia de la suntuosidad de Cluny y, por oposición a ella, la adopción de la sencillez y la sobriedad en todos los aspectos de la vida monástica; también, por supuesto, en las edificaciones abaciales. En un principio las construcciones que componían las múltiples dependencias monacales, iglesia incluida, solían ser de madera, adobe o un humilde mampuesto. Las grandes realizaciones en sillería pétrea formando recios muros y amplias bóvedas que han llegado hasta nosotros son obras de la época más magnificente y, por lo mismo, más duraderas. Aun en éstas se advierte la falta de ornamentación, la carencia de elementos superfluos y la adusta desnudez de los paramentos; nada debía haber que pudiera distraer a los monjes: ni pinturas, ni esculturas, ni cromáticas vidrieras.

Las abadías cistercienses respondían a un vasto programa constructivo que comprendía instalaciones tan diversas como la hospedería, la enfermería, el molino, la fragua, el palomar, la granja, los talleres y todo aquello que prestara servicio a una comunidad autosubsistente. Obviamente, el núcleo monacal propiamente dicho lo componían las dependencias residenciales y la iglesia. Formaban todas ellas lo que denominaban el cuadrado monástico que solía estar integrado por:

La iglesia: De una o tres naves con planta de cruz latina, cubierta con bóveda de cañón u ojival; cabecera manifiesta al exterior y orientada al este, formando un espacio rectangular liso o, más adelante, un ábside circular; ancho transepto con capillas en el lado oriental de los brazos; santuario o presbiterio elevado algunos peldaños para realzar la posición del altar; coro de los monjes ocupando los primeros tramos de la nave central y, a veces, parte del crucero; coro de conversos o legos, ocupando los tramos más occidentales, es decir, los más alejados del santuario; pórtico o nártex al pie de la nave para dar entrada ocasional a la iglesia a visitantes ajenos a la comunidad.

El claustro: Galería de cuatro lados formando normalmente un cuadrado de entre 25 y 35 metros . Se adosaba siempre a la iglesia con la que tenía comunicación directa; preferentemente se disponía junto al lateral sur de la nave, aunque no es infrecuente encontrarlo anexo al lateral norte. Abarcaba en su interior un patio al que se abría por arquerías de medio punto u ojivales, según la época de su construcción.

La sala capitular: Espacio generalmente cuadrado en el que se celebraban las reuniones monacales bajo la presidencia del abad. Una puerta central y dos ventanales dispuestos a uno y otro de los lados de aquélla proporcionaban acceso a las personas y a la luz desde la galería oriental del claustro. En el perímetro interior de la sala se situaban los asientos de los monjes y en posición presidencial el del abad. La cubierta se resolvía con bóveda de arista o crucería sobre columnas exentas en el interior. Era el único recinto, además de la iglesia, en el que la arquitectura expresaba la solemnidad de su dedicación.

El dormitorio de los monjes: Se solía ubicar en segunda planta y no era sino una prolongada nave con separaciones de tabiquería baja. Dos escaleras proporcionaban el acceso: la escalera de día, que comunicaba con el claustro, y la escalera de maitines que lo hacía con el transepto de la iglesia para acudir directamente a la oración nocturna.

La sala de los monjes: Dotada de amplios ventanales, pues se utilizaba no sólo como estancia sino como scriptorium o lugar donde se escribían y copiaban los libros y documentos. Solía ser el único lugar calefactado por una chimenea, por lo que también recibía la denominación de calefactorium.

El dormitorio de los conversos: Similar al de los monjes pero sin acceso a la iglesia.

El refectorio: Comedor de los monjes en el que se disponía un púlpito para la lectura de obras piadosas durante la comida. Se encontraba en planta baja con acceso desde el claustro y en comunicación con la cocina.

Fuente: Wikipedia